Edgar Allan Poe y su diatriba que enriqueció al ajedrez

El gran escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), que descolló tanto en poesía como en cuentos, tuvo una mirada muy crítica sobre el ajedrez, al que le dedicó un trabajo específico en el que se refirió a un supuesto autómata que lo jugaba, y al que aludió en el probablemente más relevante e influyente de sus cuentos.

Por Sergio E. Negri*
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Edgar Allan Poe

El omnipresente Jorge Luis Borges, que tanto lo admiraba, alguna vez dijo de él: “Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo- Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis”. Pues no nos privemos entonces de caer en esas prevenciones borgianas.

Comencemos por señalar un hecho que resulta incontrastable: no debe ser considerada una cuestión menor que un intelectual de este fuste le haya dedicado tanta atención al juego. Ello no debe pasar inadvertido, a pesar de la por momentos brutal interpelación que evidenció. Por lo que, en las siguientes líneas, intentaremos desentrañar los alcances de la que podríamos considerar una virtual diatriba sobre una materia que nos es tan querida.

Su primer abordaje sobre la cuestión, que podría haber sido crucial para su definitiva vinculación, no precisamente agradable con el juego, tuvo como telón de fondo una farsa: la del autómata ajedrecístico. Se trataba de un dispositivo que, se suponía, así además se lo aseguraba en las presentaciones teatrales que fueron furor en su tiempo, las que tenían por supuesto un fin comercial, podía jugarlo.

Poe habrá de comprobar que todo se basaba en un gigantesco engaño. Y así lo consignará en Maelzels´s Chess Player (El jugador de ajedrez de Mäezel), ensayo publicado en abril de 1836 en Southern Literary Messenger, una revista literaria que se editaba en  la ciudad de Richmond, en el estado de Virginia de los EEUU.

El escritor habrá de suponer, y lo demostrará con toda justeza que, dentro del atractivo elemento, que interactuaba con quienes se animaban a enfrentarlo, y a los que habitualmente vencía (una de sus pocas caídas en tierras americanas será con una mujer de apellido…Fischer; toda una premonición), se escondía un jugador que, desde luego, era muy dotado para el juego, por lo que podía afrontar sin dificultad alguna esas partidas que eran motivo de tanto asombro.

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Imágenes de sendas ediciones del libro que Poe le dedicó al autómata ajedrecístico

Al artefacto se lo conocía como “El Turco”, en mérito al aspecto de la figura no humana que, sólo en teoría, lo accionaba. Aunque también se lo referenciaba como  “El ingenio de Mäelzel” nombre que corresponde al ingeniero austriaco que lo dio a conocer.

La alusión es a Johann Nepomuk Mäelzel (1772-1838) quien, en rigor de verdad, estuvo lejos de inventarlo, sino que se apropió del mismo.  Se ha especulado que se lo birló al hijo de quien lo había realmente inventado, el barón húngaro Wolfgang von Kempelen (1734-1804), una vez que éste falleciera. Aunque, desde ya, Mäelzel, que era ingeniero, y que ya había antes tomado para sí otro invento de un colega (el de un metrónomo que fue relativamente popular en su tiempo), le introdujo algunas modificaciones mecánicas que lo habrán de mejorar.

Este autómata había originalmente irrumpido como asombroso y lucrativo espectáculo en la Europa Central, en la corte vienesa, hacia fines del siglo XVIII. Su debut se verificó en 1770 en el precioso palacio  Schönbrunn en la capital del Imperio Austro-Húngaro.

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Caricatura del enfrentamiento entre Napoleón y El Turco

Ante su suceso, continuará presentándose en distintos puntos del continente. Llegará a jugar contra muchas personalidades notables, como la Emperatriz María Teresa de Austria, Federico el Grande de Prusia, el rey Luis XVIII de Francia, Napoleón Bonaparte, Benjamin Franklin. Más tarde cruzará el Océano Atlántico, con presencias en los EEUU y en Cuba, lo que hará en el siglo XIX, oportunidad en la que lo conocerá Poe.

La primera vez que se presenta en tierras americanas se dará en 1826, en el Hotel Nacional ubicado en Broadway, Nueva York, con un éxito inusitado de público que colmó la sala en cada una de sus diarias apariciones. La gira nacional proseguirá su curso, teniendo oportunidad el escritor de personalmente conocerlo cuando arriba a Richmond.

Si bien siempre se sospechó de su auténtica naturaleza, será en Baltimore, en mayo de 1827, cuando se comience a conocer definitivamente la verdad. En esa ocasión dos niños, que estaban espiando desde una puerta en la sala de espectáculos, descubrieron a Schlumberger, el ajedrecista escondido en su interior, que oficiaba supuestamente de secretario de Mäezel, emergiendo del cajón después de la representación.

Sin embargo el caso rápidamente se olvidaría por lo que el timador continuará con sus aventuras por América, engañando a muchos, como lo venía haciendo desde hacía tanto tiempo, aún en las cortes europeas. Más no pudiendo con la mente brillante de Poe.

Si bien el escritor no logrará develar con total exactitud cuál era el mecanismo que impulsaba al dispositivo desde su interior, habrá de demostrar, en forma concisa e irrefutable, que la máquina solo podía ser operada por una persona ubicada en su interior. Con lo que la conceptualización de autómata era del todo farsesca.

Comienza con su argumentación de este modo: “Tal vez ninguna exhibición de esta clase haya llamado tanto la atención general como el Jugador de Ajedrez de Maelzel. En cualquier parte donde haya sido visto ha sido objeto de gran curiosidad para todas las personas que piensan. Sin embargo, la cuestión de su ´modus operandi´  está aún sin aclarar. No se ha escrito nada sobre este tema que pueda considerarse como decisivo; y, de hecho, encontramos en todas partes hombres dotados del genio mecánico, de una gran sutilidad general y de inteligencia discriminativa, que no tiene escrúpulos en afirmar que el autómata es ´une pure machine´ cuyos movimientos no tienen relación alguna con la actividad humana, y que, por consiguiente, es incomparablemente el más asombroso de los inventos de la humanidad”.

Poe se sustenta en algunas interesantes analogías basadas en el caso de otros sistemas automatizados, mencionando la carroza inventada por Camus para diversión de un Luis XIV aún niño, en Francia; al Mago construido por Maillardet que se especializaba en responder ciertas preguntas; al pato de Vaucanson, de volumen natural, que imitaba perfectamente a esos animales vivos, y la máquina de Babbage que, aparte de poder calcular las tablas astronómicas y de navegación, podía certificar la verdad matemática de sus operaciones y corregir sus posibles errores. Siguiendo estos paradigmas Poe en principio pone a prueba la tesis de que la máquina de ajedrez de Mäezel  puede llegar a ser, como se sostenía, otra clase de autómata. Cosa que habrá de desvirtuar completamente, como ya se adelantó.

En ese contexto hace una primera evaluación sobre el ajedrez, estableciendo su comparación con las matemáticas, la que desde luego resulta favorable a esta última. Al respecto al comentar el proceso de evidencia científica, asegura que en el ajedrez, a diferencia de las matemáticas: “…no hay una progresión determinada. Ninguna jugada en ajedrez es un resultado necesario de otra anterior. De ninguna disposición particular de las fichas en un determinado momento del juego podemos deducir la disposición en otro momento futuro. Pongamos el primer movimiento, en el juego de ajedrez, en justa posición con los datos  de una cuestión algebraica, y percibiremos inmediatamente su enorme diferencia. En los datos, el segundo paso de la cuestión depende, absoluta e inevitablemente, del último. Es creado por los datos.  Es necesario que sea el que es y no otro”.

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Imagen de “El Turco” la supuesta máquina que jugaba al ajedrez

Inversamente, en el juego, observa que: “… del primer movimiento no se sigue necesariamente el segundo (…)la certeza de la jugada siguiente está proporcionada al progreso de la partida. Se han hecho algunos movimientos, pero ningún paso es cierto…”.

Tras estas digresiones, entrando ya de lleno en la cuestión del autómata, realiza una precisa descripción de sus características, a partir de lo que observó y de lo que investigó sobre su historia, por lo que contextualiza sus presentaciones en Norteamérica asegurando: “Durante los últimos años ha visitado las principales ciudades de EE. UU. En todas partes donde lo han visto ha excitado la más intensa curiosidad ante su operación, y han sido muchas las tentativas realizadas por hombres de muchas clases para desentrañar el misterio de sus movimientos…”.

Muy descriptivamente apunta: “A la hora designada para la exhibición, se corre una cortina o se abre una puerta de dos hojas, y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquélla (la máquina) se tiende una cuerda. Se ve una figura vestida a estilo turco y sentada, con las piernas cruzadas, ante una gran caja que parece ser de madera de arce y que le sirve de mesa. El exhibidor, si se lo piden, rueda la máquina a cualquier rincón del salón, o también la cambia varias veces de sitio mientras se desarrolla el juego. El fondo de la caja está a una considerable altura del suelo, gracias a ruedecitas o cilindros de cobre sobre los que se mueve, y así los espectadores pueden ver toda la parte de espacio que hay debajo del autómata. La silla en que está sentada la figura se halla fijada permanentemente a la caja. Sobre el remate de esta última hay un tablero también fijo permanentemente. El brazo derecho del jugador está extendido en toda su longitud hacia adelante y forma un ángulo recto con su cuerpo, apoyándose con una indolencia aparente en el borde del tablero. La palma de la mano está vuelta hacia arriba. El tablero es un cuadrado que tiene dieciocho pulgadas de lado. El brazo izquierdo de la figura está doblado por el codo y sostiene con la mano una pipa. Un cortinaje verde esconde la espalda del turco y tapa parcialmente la parte anterior de los hombros. La caja, a juzgar por su aspecto exterior, está dividida en cinco compartimientos: tres armarios de iguales dimensiones y dos cajones situados debajo de los armarios…Maelzel anuncia entonces a los reunidos que va a mostrarles el mecanismo de la máquina. Sacando un manojo de llaves, con una de ellas abre la puerta… y presenta el armario abierto de par en par al examen de los presentes. Aparentemente está lleno de ruedas, piñones, palancas y otros mecanismos amontonados unos contra otros, de tal modo que el ojo no puede penetrar más que una pequeña distancia en esa máquina. Dejando abierta esa puerta completamente, Maelzel pasa entonces por detrás de la caja, y levantando la tela que cubre los hombros de la figura, abre otra puerta situada precisamente detrás de ella. Teniendo una luz encendida ante esta puerta, y cambiando al mismo tiempo varias veces la máquina de sitio, hace penetrar así una viva luz dentro del armario, que aparece entonces repleto hasta los bordes de mecanismos. Satisfechos los espectadores, Maelzel cierra la puerta posterior, saca la llave de la cerradura, deja caer la tela de la figura y se coloca otra vez delante…”.

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Imagen de la publicidad de la presentación del autómata

Al seguir puntualmente esta narración, nos parece haber viajado en el tiempo y en el espacio y estar nosotros mismos apoltronados en algunas de las butacas de la sala en la que el autómata hacía una de sus regulares presentaciones. La fuerza de convicción de una pluma impar, como la de Poe, logró ese mágico efecto.

Con todo Poe, que en principio quedó fascinado, como todos los espectadores, siguiendo puntualmente los movimientos de El Turco, saldría del plano de las sensaciones para ubicarse en el de las razones y tratará de hallarle respuesta al portento. Quería saber a ciencia cierta si había sido objeto de un engaño, de un mero acto de prestidigitación o se estaba, como podía suponerse, frente a uno de los máximos descubrimientos que había sabido generar la Humanidad.

Por lo que, al cabo de todo, al terminar por evidenciar que dentro del autómata se escondía una persona de carne y hueso que era responsable material y mentalmente de accionar el dispositivo y, en definitiva, de jugar al ajedrez, lejos de poder ser considerado un truco de magia, deberá ser adscripto al campo del engaño y de la  manipulación de los espectadores. Poe, que no podía ni quería permitir que la mentira siguiera instalada, al desentrañar el misterio, daría a sus contemporáneos, a la vez, una lección de racionalidad junto a otra de índole moral.

Poe conocía el contenido de un extenso documento impreso en París en 1785 en el cual el autor planteaba la hipótesis de que fuera un enano quien manipulara la máquina, cosa que el norteamericano sin embargo considera absurda.

Siguiendo con los antecedentes, alude luego a un libro publicado en 1789 en Dresden, Alemania, donde Freyher expone que: “… un muchacho inteligente, muy delgado y alto para su edad (lo suficiente para introducirse en un cajón colocado debajo del mismo tablero), jugaba la partida de ajedrez y efectuaba todos los movimientos del autómata”. Esta idea será también descartada por Poe.

Aceptará, aunque parcialmente, la explicación contenida en un semanario de Baltimore, bajo el título: Un intento de análisis del Jugador Autómata de Ajedrez  de Mr. Maelzel, en el sentido de que podría darse la posibilidad de que, cambiando los compartimientos de la caja, se permitiera a un ser humano oculto en el interior moverse durante la presentación, librándose así de la atención de los espectadores.

Tras analizar puntualmente los pros y los defectos de las distintas hipótesis, Poe afirma, contundentemente, que lo único que es enteramente cierto, es que hay una persona escondida en el interior de la caja durante todo el tiempo de la exhibición. Se basa en las siguientes minuciosas observaciones:

  1. Los movimientos de El Turco no tienen intervalos regulares de tiempo, sino que están de acuerdo con los movimientos del adversario. Dado que la regularidad no es importante a la acción del autómata, se concluye que no es pura máquina.
  2. Cuando el autómata va a mover una pieza puede observarse un claro movimiento que agita levemente el paño que oculta la parte delantera del hombro izquierdo. Este movimiento precede, invariablemente, en dos segundos, más o menos, al movimiento del brazo; y el brazo nunca se mueve sin este movimiento preparatorio en el hombro. Está claro que hay un hombre al interior.
  3. El autómata no gana invariablemente la partida. Si la máquina fuera una pura máquina, tendría que ganar siempre. Descubierto el principio por el que una máquina puede jugar una partida de ajedrez, la extensión de tal principio tendría que conseguir que ganase; y una extensión mayor tendría que hacer que ganara todos los juegos; es decir, vencer a cualquier contrincante.
  4. Cuando la situación del juego es difícil o compleja, nunca vemos a El Turco mover la cabeza o los ojos. Únicamente lo hace cuando su movimiento próximo es muy claro, o cuando la partida se encuentra en tales circunstancias que el hombre escondido dentro del autómata no tiene necesidad de reflexionar. Queda evidenciado que quien está dentro del dispositivo, cuando está sumido en la meditación, no tiene tiempo para pensar en mover el mecanismo del autómata mediante el cual mueve la cabeza y los ojos.
  5. Cuando se da vuelta a la máquina para permitir a los espectadores que examinen la espalda de El Turco, y cuando se levanta el paño y se abren las puertas del tronco y de los muslos, el interior del primero aparece lleno de mecanismos. Examinándolos, mientras el autómata estaba en movimiento (es decir, cuando la máquina entera era movida sobre sus cilindros), se ha podido ver que ciertas partes del mecanismo cambiaban de posición y forma en un grado demasiado grande para tener una explicación conforme las leyes de la perspectiva.
  6. La apariencia exterior, y especialmente la actitud de El Turco, son imitaciones muy imperfectas, si se las considera bajo el ángulo de imitaciones de la vida. La fisonomía no da a entender ningún ingenio. Los ojos giran en la cabeza sin naturalidad y sin armonía, con los movimientos de los labios y las cejas. El brazo realiza sus operaciones con demasiada rigidez y de una forma convulsiva y rectangular. Ello es intencionado ya que, si el autómata imitase la vida en sus movimientos, el espectador se inclinaría a atribuir sus operaciones a su verdadera causa (es decir, a un ser humano escondido dentro), más que lo está ahora, cuando las poco graciosas y rectangulares maniobras hacen pensar en la idea de una pura máquina exclusivamente.
  7. Cuando, un poco antes del comienzo de la partida, el autómata es presentado por el exhibidor, un oído medianamente acostumbrado a los sonidos descubrirá inmediatamente que el eje que hace girar la llave en la caja del jugador de ajedrez no puede estar unido a un peso ni a un muelle ni a cualquier mecanismo.
  8. Cuando se pregunta directamente al ingeniero: “¿El autómata es una pura máquina, o no?“, su respuesta es invariable: “No quiero decir nada en torno a eso.” La notoriedad del autómata, y la enorme curiosidad que ha excitado en todas partes, se deben especialmente a la opinión más general de que es una pura máquina, y no a otra circunstancia. Por supuesto, entonces, el interés del propietario es presentarlo como tal. Y ¿de qué manera más obvia y eficaz puede hacer impresión en los espectadores con esta idea deseada que mediante una positiva y explícita declaración a tal efecto? Al no hacerlo, queda claro que no se trata de un verdadero autómata. No quiere mentir con sus palabras, aunque lo haga con sus representaciones.

No conforme con estas precisas comprobaciones producto de la observación, aportará el autor otros argumentos para demostrar el fiasco. Con los que llega a demostrar que una persona de talla mediana, o incluso algo alta, podría estar encerrada en la caja, diferenciándose de las teorías sostenidas previamente en cuanto a que sólo un enano o un niño pudiera ser el autor de las jugadas de las partidas que disputaba el autómata.

En definitiva Poe especula, y acierta perfectamente, que el hombre adentro del artefacto era un integrante del equipo de Mäezel que no tenía, al menos en forma evidente, otra ocupación conocida que la de ayudarle a empaquetar y desempaquetar el autómata.

Esa persona era de estatura más o menos mediana y sus hombros están notablemente encorvados. Hoy sabemos perfectamente que se trata de William Schlumberger (1800-1838), un jugador alemán que frecuentó el Café de la Regénce en París, donde jugó con Louis-Charles Mahé de La Bourdonnais (1795-1840), el mejor ajedrecista de su tiempo y tuvo de alumno suyo a Pierre Charles Fournier de Saint-Amant (1800-1872) quien, con el tiempo, se habrá de convertir en otro eximio jugador.

El teutón será contratado para actuar dentro de El Turco, trabajo por el que cobraba unos cincuenta dólares por mes más gastos, que ejerció sin solución de continuidad hasta que falleció en 1838 en La Habana, afectado de fiebre amarilla, en el marco de una gira del autómata por Cuba. Esa muerte, un incendio del dispositivo, y las elucubraciones de Poe, fueron el comienzo del fin para una farsa que había durado demasiado tiempo.

Poe, entonces, logrará descorrer un velo. Su raciocinio le llevará a romper una fantasía que venía desde lejos, medida en tiempo y distancia. Ya nos propondrá el escritor otras fantasías, con sus trabajos en poesía y con sus cuentos, los que corresponderán al plano de la ficción. Y no al de una supuesta realidad, como la que proponía un autómata ajedrecístico que, en definitiva, no era otra cosa que un gigantesco engaño.

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Imagen de una de las ediciones de Murders in the Rue Morgue

Poe en su obra de ficción en 1841 presenta The Murders in the Rue Morgue (Los Crímenes de la calle  Morgue) que es considerado el primer relato detectivesco de la época moderna por lo que resultará precursor de todo un género. Allí el ajedrez tiene un notable protagonismo.

Al autor le interesa distinguir la diferencia existente entre calcular y analizar. Sostiene la preeminencia de esta última, con consideraciones en las que el ajedrez irrumpe, aunque no demasiado triunfalmente en su valoración: “Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados (…) Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente”.

¡Una bofetada para quienes amamos el juego! Y sin anestesia alguna. Es posible contra argumentar especulando que Poe no hubiera llegado a profundizar sobre el juego debidamente. O decir, como irónicamente planteará Jorge Luis Borges, que Poe simplemente no era un buen jugador de ajedrez.

Lo que llama la atención es que no haya sabido ver en el ajedrecista, en particular en el que compite en la práctica magistral, la posibilidad y necesidad de análisis. Que es connatural al complejo juego. Donde interviene el cálculo, desde luego; pero donde esa actividad no lo explica todo. Muy por el contrario, el cálculo es necesario aunque no suficiente. El ajedrecista no sólo calcula, ya que también analiza, razona, imagina, inventa, memoriza. Muchos trabajos científicos así lo han demostrado, desde la psicología, desde las neurociencias, desde  diversos campos del saber.

Si esta caracterización sobre el ajedrez surge desafortunada: ¡Qué decir sobre la idea de Poe que ubica al ajedrez por debajo del juego de las damas! Esa comparación disvaliosa, que también resulta intuitivamente incorrecta, en tiempos posteriores será debidamente constatada: específicos análisis computacionales han evidenciado la mayor complejidad del ajedrez respecto de todos los otros juegos de mesa tradicionales (a excepción del go).

Por lo demás, y como es bien sabido, la influencia del ajedrez ha sido más poderosa que cualquier otro pasatiempo que se dispute sobre un tablero, teniendo en cuenta su milenaria historia, el nivel de interés que ha despertado a lo largo del tiempo, la existencia de competencias sistemáticas en todo el mundo de vastas proporciones, los alcances de su bibliografía especializada, el tratamiento que ha merecido en los medios de comunicación masivos, los estudios científicos que se le dedicaron y su permanente inserción en la sociedad y en la cultura de la que forma parte y a la que enriquece.

Poe, que no pudo o no quiso ver todo ello, contrariamente habrá de asegurar: “…el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez”. “Frivolidad del ajedrez”. Un concepto injusto y doloroso. Todo un cachetazo para quienes amamos al juego.  Conforme la traducción que hizo Julio Cortázar al trabajo del norteamericano, en realidad lo que éste dijo sobre el punto puede interpretarse como “estudiada frivolidad”. Concepto que, siendo algo más condescendiente que aquél, tampoco nos llega a consolar.

Más sobre su desmesurada valoración del juego de damas:En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior”. Contrariamente, sobre el ajedrez asegura: “…donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante”.

Que  pudiera confundirse lo complejo con lo profundo y que el jugador más concentrado lograra prevalecer sobre el más penetrante, podríamos llegar, en ciertos casos, a admitirlo, como una posibilidad que se verifique en el campo del ajedrez. Con todo creemos, en todo caso, que al asegurar ello, Poe confundió la excepción con la regla; el caso concreto con el sistema; lo posible con lo necesario; una parte respecto del todo.

Si Poe pudo haber sido, seguramente sin proponérselo, humillante al colocar a las damas en una escala superior respecto del ajedrez, habrá que ser aún más tolerantes a la hora de recordar que esa supuesta situación de supremacía también la elucubró respecto de otro juego, uno meramente de cartas: el whist. Y al hacerlo vuelve a apostrofar contra el ajedrez: “Hace mucho que se ha reparado en el whist  por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas”. Siendo irónicos, y mejor condescendientes frente al genial escritor, nos queda al menos un consuelo: Poe parece recomponerse con los ajedrecistas al sostener, vía hipótesis que, uno que se muestre concentrado, podrá jugar eventualmente bien al whist.

La obsesión del norteamericano gira en derredor de si era posible diferenciar el poder analítico del simple ingenio. Entiende que, mientras que el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. En este marco constató que el ingenio podía darse en individuos cuyo intelecto lindaba con la idiotez.  Creía que el hombre ingenioso posee fantasía cuando el hombre verdaderamente imaginativo siempre es un analista. En cualquier caso Poe estaba preocupado en que no se cometiera la torpeza de caer en los riesgos de la profundidad. Poéticamente (¡Poe-ticamente!), dirá: La profundidad corresponde a los valles, donde la buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra”.

Luego de discurrir sobre estas cuestiones, entrará el autor de lleno en la trama de un bello relato, al que se considera el primero de esta índole de misterio de la historia moderna, al que podremos sumergirnos tras haber debido tolerar la diatriba que Poe descerrajó hacia el ajedrez en sus líneas iniciales.

En él se apreciará a un francés, August Dupin, quien más tarde aparecerá una y otra vez en relatos de Poe, interactuar con el narrador en tono investigativo, en una dialéctica en la que se aprecia a cada uno tratar de anticiparse al pensamiento del otro que podría haber sido vista desde una perspectiva ajedrecística.

Dupin, producto del análisis (y no del denostado cálculo), llegará a descifrar, a diferencia de una policía que se muestra impotente, sendos crímenes que se cometieron en la calle Morgue. Se nutrirá de las noticias de prensa que se publicaron sobre el caso y de sus personales constataciones al merodear en la escena de los asesinatos obteniendo información que será crucial para el derrotero exitoso de la investigación.

An orangutan attacks a woman and pulls her hair in an illustration for the murder scene in Edgar Allan Poe's short story 'The Murders in the Rue Morgue,' early 1840s. A victim lies on the floor, and a witness watches through a window. (Photo by Kean Collection/Getty Images)
Ilustración de una escena de “Los crímenes de la calle Morgue”

Como se había sostenido que la simpleza era la forma más pura y elevada de racionalización, y es a partir de esa mirada que podía caber que se considerara superior al juego de damas respecto del ajedrez, causará entonces extrañeza que, al cabo de todo, se termine por descubrir que el autor de los crímenes no será otro que… ¡Un orangután salvaje proveniente de Borneo!).  

Aún con esta sorpresiva derivación, habrá que reconocer que Poe despliega, en Crímenes en la Rue Morgue, toda su potencia de análisis. Esa que a partir de ahora es tan típica de los relatos de misterio. Esa que siempre fue tan proverbial en el ajedrez. Aún en desconocimiento del autor norteamericano.

Es que muchos de los escritores que habrán de seguir la senda trazada por Poe, a partir de este relato, en sus respectivos trabajos habrán de saber utilizar al ajedrez como recurso narrativo. En ese sentido Poe fue muy beatífico para el ajedrez, a pesar de su relación con el más influyente de los juegos.

En esa galería de notables plumas habrá que incluir a numerosos nombres aportados por la lengua anglosajona, que incluyeron al ajedrez en sus respectivos relatos, como los de  Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930);  Raymond Chandler (1888-1959); Agatha Christie (1890-1976); William Faulkner (1897-1962); Truman Capote (1924-1984). La lista podría extenderse notoriamente.

Lo propio sucederá si reparamos en otras latitudes y con base en diversos idiomas, incluyendo desde luego el nuestro, el castellano, con figuras para aportar tan prestigiosas, por citar sólo dos, como la del argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) y la del español Arturo Pérez-Reverte (nacido en 1951).

Si el ajedrez venía apareciendo en la literatura vinculada a la historia de las guerras y las batallas, a los relatos mitológicos, a los cantos de gesta y otros vinculados al mundo del amor, a los relatos de caballería, a los escritos que pusieron el acento en su paralelismo con la evolución de las sociedades, a otros vinculados con el mundo espiritual y de la trascendencia, y no estamos siendo del todo exhaustivos, ahora se abrió una nueva posibilidad: la de que el ajedrez apareciera en los relatos de misterio. Por lo que tenemos entonces que agradecerle a Poe, y mucho, al haber  generado un nuevo espacio literario en el que el  ajedrez podrá incursionar y desplegar toda su fuerza metafórica.

Por lo que el norteamericano, al marcar este nuevo sendero a recorrer, estuvo bien lejos, quizás a su pesar, de haber sido contraproducente para el ajedrez. Muy por el contrario. Tampoco lo estuvo con el contenido específico de su diatriba sobre el juego ya que, con ella, abrió un espacio de reflexión que también es preciso recorrer. Los intelectuales permiten, con sus agudos análisis, generar debates, extendiendo los márgenes de la consciencia.

Sólo podría reprochársele a Poe que no hubiera indagado un poco más profundamente en el milenario juego. Que no hubiera sabido detectar en él esa poder de representación que ningún otro de los denominados pasatiempos supo alguna vez ostentar. También falló al no haber sabido advertir que, la propia lógica de sus relatos de misterio, y este género literario aún en ciernes integralmente como tal, podía ser vislumbrada desde la perspectiva analítica que es consustancial al ajedrez.

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Borges en la tumba de E. A. Poe, en Baltimore

 

Borges, ¡siempre Borges!, que fue uno de quienes con más fuerza y predicamento sostuvo la tesis de que su admirado Poe había creado el género policial, y con quien compartiera la pasión por los espejos, los laberintos, los dobles, habrá de poner en este punto las cosas en su lugar al asegurar que, esta clase de historias, las que el norteamericano nos legó, pueden ser concebidas y resueltas siguiendo la estricta lógica de una partida de ajedrez.

En reportaje que le hiciera el experto en juegos Jaime Poniachik, concretamente expresó: “Poe en Los crímenes de la calle Morgue ataca al ajedrez, y dice que prefiere el juego de damas; eso es absurdo”. Aunque luego parece darle algo de razón al norteamericano cuando refiere un hecho de su vida: “Él dice ´el mejor ajedrecista de la cristiandad no es otra cosa que el mejor ajedrecista de la cristiandad´. Claro, tiene una capacidad y nada más. Yo conozco una señora, una mujer de mundo, muy, muy frívola. Jugaba con mi padre, jugaba con muy buenos jugadores, hablaba sobre sombreros, sobre modas con mi madre, movía las piezas y ¡ganaba siempre! No era nada inteligente. Muy encantadora, muy linda, muy frívola, muy boba, pero yo no sé cómo tenía esa habilidad, y me hizo recordar lo de Poe: era muy buena ajedrecista y nada más”.

Adicionalmente, ahora en diálogo con Fernando Sorrentino, Borges, en cuanto a la comparación con las damas y el whist, apuntará: “…no creo que sean comparables al ajedrez, por ejemplo“. En su perspectiva sólo le asigna valor al juego de naipes del truco, tan típico de la argentinidad, aunque siempre en menor escala que el ajedrez: “…creo que el truco tiene una superioridad sobre otros juegos. Desde luego, no sobre el ajedrez...”; ni tampoco con relación al bridge, otra actividad a la que respetaba Borges, como de inmediato se encargará de aclarar.

Edgar Allan Poe, no sólo fue un notable escritor sino que también hizo contribuciones en su calidad de intelectual, siendo la más importante de todas la de haberse constituido en el iniciador de una nueva escuela literaria.

Su diatriba hacia el ajedrez, aunque se nos ocurre del todo mal orientada, generó no obstante un espacio de reflexión que enriquece al juego. Allí puede haber un reconocimiento a un autor que supo proponer un  eje de debate que siempre es necesario recorrer a la hora de crecer.

Habría que decir que también, en forma subyacente, hay que hacerle otro agradecimiento, al haber creado un nuevo género en el campo de las letras, el de los relatos de detectives, el género policial, el del misterio.

Es que en ellos, en tiempos sucesivos, se apreciarán tramas sumamente interesantes e influyentes, procedentes de otras plumas, que sabrán proponer al ajedrez como importante recurso narrativo en la descripción de las historias y en su poder metafórico.

Por eso podríamos concluir diciendo que Poe, acaso sin saberlo, no sólo que fue un gran escritor: también se convirtió, y estamos lejos de pretender ofenderlo, en un ajedrecista de toda laya.

*Maestro FIDE e historiador

 

 

Edgar Allan Poe y su diatriba que enriqueció al ajedrez