El dadaísta Tzara y una partida de ajedrez con Lenin en la que se pudo haber dirimido el destino del mundo

La vinculación con el ajedrez de Tristán Tzara (1896-1963), seudónimo con el que pasó a la posteridad el rumano-francés Samuel Rosenstoc, queda emparentada con un hecho que lo tiene de protagonista, en el que queda vinculado no sólo con el juego sino, también, con otro gran personaje de su tiempo.

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Por Sergio E. Negri.

Sabido es que Tzara se transformó en el emblema principal, junto al alemán Hugo Ball (1886-1927), de un nuevo movimiento cultural, el dadaísmo, que surgió en 1916 en el Cabaret Voltaire de Zúrich, Suiza.

Al hablar de dadaísmo, se alude a una suerte de “antiarte”, a una postura extrema, en la que el nihilismo impera, en el marco de una visión crítica acérrima respecto de la burguesía reinante.

Es que, y no habría que olvidarlo, estamos en plena Primera Guerra Mundial. Y desde la pacífica ciudad en la que surge el dadaísmo, se podía tener una perspectiva, una desde luego nada complaciente, de los extremos horrorosos a los que podía la Humanidad llegar.

En ese contexto, la razón positivista podía y debía ser interpelada y cuestionada. Desde el arte (y desde donde fuera). En eso el dadaísmo hará una notable contribución.

Por esas coincidencias del destino, enfrente del Cabaret vivía alguien llamado Vladímir Ilich Uliánov (en el nº 9 de la Spiegelgasse, mientras que el Voltaire estaba situado en el nº 1), que no es otro que Lenin (1870-1924), el futuro líder de la Revolución Rusa y de la URSS (una vez que sea establecida como Nación). Otra personalidad que, a su manera, en el plano de la geopolítica y de la ideología, iría también a poner en tela de juicio el estado de cosas imperante.

En el vecino Café  de la Terrasse de Zúrich, el exiliado ruso jugaba frecuentemente al ajedrez. También Tzara concurría a ese mismo reducto. Allí se habría producido al menos un encuentro en que se enfrentaron al milenario juego, del que se cuenta con el respectivo testimonio visual.

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Imagen de Tzara y Lenin jugando al ajedrez

Es más. No sólo que se conocieron sino que se llegó a especular que incluso un circunspecto Lenin frecuentaba el Cabaret Voltaire, ámbito en el que los dadaístas hacían de las suyas (sus perfomances eran provocativas y famosas). En ese contexto, más apoyado probablemente en la imaginación que en el rigor de los hechos, se exageró que hasta el propio término dadá se le debe atribuir al político.

En efecto, se ha sostenido que, en el contexto de una para muchos inimaginable juerga en la que habría participado el siempre ascético futuro líder soviético, éste habría dicho, muy contento él, en señal de aprobación de los hechos que estaba presenciando: “¡Da!-¡Da!”. O sea reiterando la afirmación, el Sí, en idioma ruso. En esta perspectiva, de allí el nuevo movimiento cultural habría hallado su denominación.

Así lo ha sostenido, sobre la base de algunos datos historiográficos y varias coincidencias cronológicas, exageradas convenientemente con propósitos ficcionales, el autor francés Dominique Noguez (nacido en 1942), cosa que hizo en el libro Lenin Dadá, que es de 1989 (año, quizás nada coincidentemente, en que se produjo la caída del Muro de Berlín).

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Imagen de la portada de The Posthuman Dada Guide: Tzara & Lenin play chess

En igual sentido, este encuentro entre ambos es recreado por el escritor rumano-norteamericano Andrei Codrescu (nacido en 1946) quien, en 2009 publica The Posthuman Dada Guide: Tzara & Lenin play chess, al que declaradamente se le asigna un valor metafórico que resulta muy sugestivo.

Los jugadores de esa partida, en la mirada de Codrescu, compartían un profundo sentido de las injusticias. Sin embargo, discrepaban en el enfoque de cómo enfrentar la situación. Por un lado, en Tzara imperaba el caos, la libido, la creatividad y el absurdo mientras que, en Lenin, prevalecía la energía de la razón, el orden, las estructuras sociales.

En esta mirada dilemática, el autor se pregunta quién habría ganado el juego entre el “hombre Dada” y el “hombre nuevo”. ¿La sátira y la improvisación o la filosofía y la economía? ¿El actor o el trabajador? ¿Tzara o Lenin?

Para el autor rumano el ajedrez es óptimo para dirimir esta clase de disputa ya que, el milenario juego: “…provee el máximo de pensamiento en un reducido cuadrado”. 

Además lo considera subversivo ya que, debajo de él, esconde una fuerza demoníaca que se opone al lenguaje (el ajedrez no necesita de palabras). En este contexto Lenin y Tzara: “¡No obedecían las reglas de la sociedad sino las leyes del ajedrez!”.  

Al cabo el dadaísmo (Tzara), en sus valores de ruptura de los tabúes y en su relajación dionisíaca, sucumbiría en ese match ante el modelo eficiente tecno-racionalismo del comunismo (Lenin).

Por lo que, a partir de esa partida disputada en 1916, a un año de la Revolución Rusa, Codrescu sostiene que todos nos convertimos en “posthumanos”, como consagra en el título de su trabajo. Ese, el día en que jugaron la partida, fue el momento en que se definió el destino de la Humanidad.

Concordantemente, el escritor español Enrique Vila-Matas (nacido en 1948), en su novela Doctor Pasavento de 2005, también alude a este mítico encuentro, entre Lenin, el cerebral líder comunista, y el poeta Tzara quien, antitéticamente, consideraba que: “todos los pensamientos se forman en la boca”.

Lo hace en este pasaje: “Pero abandoné pronto cualquier idea transgresora y comencé a subir lentamente por la Spiegelgasse, una calle breve pero bien intensa, y pasé por delante del número 12, por delante de la casa donde vivió Lenin antes de la revolución rusa. Y me acordé de esa leyenda que dice que un día, al aire libre, jugaron Tristán Tzara y Lenin al ajedrez en esa calle, y conjeturé allí mismo lo que pudo ser aquel encuentro entre un representante de la vanguardia de la agitación cultural y uno de la de la agitación a tiro limpio…”.

Pero quedémonos ahora exclusivamente con Tzara, el hipotético perdidoso, al menos en ese juego (no tal vez en la vigencia de su planteo y legado). Apreciamos que, en algún poema de la fase temprana de su creación, incluyó unos versos que decían: “Jugaremos al ajedrez/Como dos viejos farmacéuticos/Y mi hermana leerá el periódico en una hamaca…”.

Retrato de Tristán Tzara
Retrato de Tristán Tzara

Asimismo, en alguna otra oportunidad, y siempre recordando al juego en su faceta narrativa, muy poéticamente expresó: “Un cristal de grito angustioso chilla sobre el tablero de ajedrez ese otoño”.

Tzara y el ajedrez. El dadaísmo a través de Tzara y el ajedrez. El dadaísmo como fuente imprescindible para que surgiera poco después el surrealismo.

Un surrealismo que, ya lo sabemos, de la mano de Duchamp, y también de Éluard, García Lorca, Picasso, Man Ray, Ernst y tantos otros, más no Breton (enojado porque Duchamp lo prefería al propio desarrollo del arte), no hesitaron en que el juego apareciera, en algunos casos deslumbrantemente, en sus respectivos trabajos.

Con lo que el ajedrez, como fenómeno cultural, acompaña los diversos ciclos de la historia, en su vigencia y en su evolución. Por lo que estuvo presente, también, en el contexto del dadaísmo a través de la figura crucial de Tzara. Con lo que el ajedrez siempre, de una u otra manera, sabe decir  presente.

 
El dadaísta Tzara y una partida de ajedrez con Lenin en la que se pudo haber dirimido el destino del mundo
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