Buenos Aires, La Habana y Hollywood: un talento que cautivó al mundo con su ajedrez y su simpatía

En la colección HISTORIA DEL AJEDREZ OLÍMPICO ARGENTINO: LA GENERACIÓN PLATEADA (1950-1976), de: SERGIO E. NEGRI Y ENRIQUE J. ARGUIÑARIZ; Senado de la Nación, en proceso de publicación.

Rossetto nació el 8 de setiembre de 1922, en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Muy precozmente, a los cuatro años de edad, aprendió las reglas del ajedrez mirando jugar a su padre. Dos años más tarde, padre e hijo iban juntos a jugarlo a distintos bares de su ciudad natal. Y a los doce años Héctor era ya considerado el mejor ajedrecista de su ciudad natal.

Un hecho algo azaroso definiría el curso de su vida. Por motivos de trabajo, en 1935 un fuerte jugador de primera categoría de Buenos Aires, el Ingeniero Pedro Aguilar, se trasladó a Bahía Blanca y, al ser desafiado por el niño de doce años, se trenzaron en una increíble partida en la que el joven Héctor ofrece reiteradamente en sacrificio una dama que no se puede tomar por distintas redes de mate. Ese juego, que terminaría siendo ganado por el pibe, influyó tanto en su psiquis que marcaría un rumbo inequívoco. Rossetto nunca la olvidó; de hecho cuando en el 2006 el Club Jockey Club de Buenos Aires le rindió un homenaje, comentó el caso vívidamente en prueba de que era un imperecedero recuerdo de la época de sus comienzos.

Imagen de Rossetto en la tapa de El Gráfico

A los 14 años de edad se mudó, junto con su familia, a Buenos Aires. Aquí se hace muy amigo de Guimard. Se introduce en el circuito local. Se recuerda la oportunidad en que ambos estaban jugando ajedrez rápido en el Círculo de Ajedrez, Bartolomé Mitre 670, cuando apareció Alekhine, quien estaba en el país por el Torneo de las Naciones de 1939, a quien Guimard le pide: “Juegue con el chico”. Y lo hicieron. Fueron siete partidas, tres ganó el campeón mundial, una Rossetto y tres tablas. El chico no se privó de mostrarle a su rival aquella partida con Aguilar (en la que justamente se empleó la Defensa Alekhine) que causó la admiración del francés.

Al ritmo de su progreso, con apenas veinte años, obtuvo el cuarto puesto en el Torneo Mayor de 1941. Como quienes lo antecedieron eran extranjeros (el lituano Luckis Winz, el alemán –representante de Palestina en el Torneo de las Naciones de 1939- y el rumano Iliesco), al ser el mejor argentino clasificado (delante de Pilnik y el veterano Villegas), accede al match por la corona nacional en la que debió enfrentar precisamente a su amigo Guimard. Y lo vence convincentemente, por 8 a 5 por lo que, a los 19 años de edad, se consagra campeón nacional.

Ese logro lo repetiría en otras cinco oportunidades: 1944, 1947, 1961 y 1972. En los dos primeros, y en el último, termina invicto, 1944 superando a Pilnik y Guimard; en 1947 haciéndolo sobre Luckis y Pilnik y en la despedida anticipándose a Raimundo García, Emma y Hase. En 1961, por su parte, pese a registrar una caída, logró aventajar nuevamente a Luckis y a Cruz, Raimundo García y Bielicki.

En 1950 la FIDE le otorgó el título de Maestro Internacional, y diez años después, por su excelente 4º puesto compartido (con su compatriota Guimard, el norteamericano Evans y el soviético Taimánov) en el Torneo Sesquicentenario realizado en Buenos Aires, 1960, le valió alcanzar el título máximo de Gran Maestro.

En la mencionada prueba, en la que terminaron primeros Reshevsky y Korchnói, logró vencer a éste, y terminaría precediendo a fuertes grandes maestros de la élite internacional: Unzicker, Ólafsson, Gligorić, Uhlmann, Benkö, Pachman, Ivkov; y hasta al futuro campeón mundial Bobby Fischer. ¡Y eso que comenzó perdiendo cuatro partidas en forma consecutiva!

Conforme las mediciones de Chessmetrics, Rossetto tuvo lo mejor de su carrera hacia 1950 cuando, en el mes de abril, aparece en el puesto 24 con un ránking de 2.653 puntos. Para entonces en ese listín estaba muy cerquita del excampeón mundial Euwe y del mítico Bogoljubow, en una misma línea que el francés Rossolimo, y por delante de Taimánov y Bondarevsky, entre tantos notables.

En su nutrida participación en torneos a lo largo del tiempo, en el país y en el exterior, Rossetto cosechó numerosas destacadas actuaciones, entre las que pueden mencionarse su primer puesto en Mar del Plata en 1949 (delante de Guimard, Eliskases, el israelí Czerniak y Luckis), el que repitió en 1952, en este caso en compañía de Julio Bolbochán (aventajando a  Cuéllar y Trifunović).  En ese 1952 se impone en una fuerte prueba en Río de Janeiro donde saca una ventaja de medio punto respecto de Trifunović y Eliskases, viéndoselos más atrás al también yugoslavo Rabar, a Julio Bolbochán y al alemán, radicado en Brasil, Engels.

Fue parte en 1945 del Primer Torneo Panamericano disputado en Hollywood, EEUU, quedando sexto entre doce participantes, y donde conoció a Marlene Dietrich, Humphrey Bogart y Charles Boyer. Fascinado por su experiencia en el Norte, permaneció por esos lares unos seis meses. De hecho llegaría luego a participar en pequeños papeles en películas. Se estaba incubando en él una pasión por el arte que luego explotaría en su hija Cecilia.

Imagen de un seductor Héctor Rossetto acompañado por la bella y talentosa artista Marlene Dietrich en el torneo Panamericano de Hollywood de 1945

Aunque su actuación fue deslucida, el campeonato más relevante que lo tuvo como partícipe fue el Torneo Interzonal de Portorož de 1958, en el que se ve a un jovencísimo Fischer irrumpir en la escena internacional al salir sexto, detrás de Tal, Gligorić, Benkö, Petrósian y Ólaffson. En esa oportunidad el argentino empató con el gran Bobby.

A nivel colectivo Rossetto participó en seis Olimpíadas, incluyendo las tres del subcampeonato de los años 50.

Su despedida fue en 1972 debutando para entonces en un primer tablero que, para sus 50 años, lo excedía. Por su rendimiento menor al promedio en esa última competencia se afectó su perfomance olímpica global la cual, no obstante, es interesante: jugó un total de 61 partidas con 27 victorias, 18 empates y 16 derrotas, por lo que redondeó un 59%.

Lo mejor en lo individual fue en su etapa primera, obteniendo la medalla de bronce al mejor cuarto tablero en 1950 y una de oro al mejor suplente en 1952 cuando hace nada menos que el 80% de los puntos (superando en el marcador, por ejemplo, al soviético Boleslavsky).

Su aporte fue decisivo en la era dorada, la etapa más sublime de la generación plateada. Además, fue integrante del elenco que salió tercero en Varna´62.

La simpatía natural de Rossetto pronto le permitió cultivar amistades con encumbrados jugadores soviéticos, como Smyslov, Bronstein, Tal o Spassky. “-Me llevaba muy bien con todos ellos. Y también les mostré a ellos mi partida con Aguilar. Ellos, entonces, me tomaban el pelo: -¡Jugabas mejor antes!- me decían”.

Con respecto a sus medios de sustento personal de toda su vida un Rossetto muy divertido se ufanaba en asegurar: “Estas manitos, nunca trabajaron” –mientras agitaba sus manos ante su eventual interlocutor.  Con esto manifestaba su condición de hombre que hacía del juego su medio de vida. Y “juego”, para él, era ajedrez o póker (también era experto en billar, bridge y a los dados). En ese sentido, su historia tenía puntos de contacto con la de Pilnik. Es que, con un ajedrez lamentablemente tan poco profesional: ¡De algo había que vivir!

Su vida se apagó en la ciudad de Buenos Aires, de la que había sido declarado Ciudadano Ilustre, el 23 de enero de 2009, a los 86 años, siendo velado en salones del Club Argentino de Ajedrez.

Además de su legado ajedrecístico, nos dejó a esa gran artista que luce en los escenarios del país y del exterior: la personalísima Cecilia Rossetto quien, en su despedida, entonó los versos de la hermosa Canción de las simples cosas, que comienza así: “Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,/Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas/Al fin las tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,/Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón…”.

Pero, como continúa diciéndose en esa poesía, “Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida”, en el caso de Rossetto  quedémonos con la alegría de ese muchachito bahiense que vino a las luces de la ciudad para desplegar todo el potencial de su vida apasionada. Quedémonos con la alegría por sus triunfos obtenidos en los campeonatos nacionales. Quedémonos con la alegría generada a partir de su presencia y aporte en los mejores equipos olímpicos argentinos de la historia. Quedémonos con la alegría encerrada en su picardía al desplegar sus artes en otros juegos que le sirvieron de sustento material. Quedémonos con la alegría de una Hollywood que lo deslumbró. Quedémonos con la alegría del legado que va de un artista-ajedrecista hacia una artista integral como lo es su hija Cecilia. Quedémonos con la alegría de saber que, seguramente en donde se encuentre, estará desplegando su simpatía y su seducción jugando con los notables con los que compartió el ajedrez y la vida. Y, seguramente, dándole la revancha a ese tal Aguilar que, en edad temprana del futuro maestro, le hizo quizás descubrir la potencia de una afición que marcaría toda su existencia.

 

Buenos Aires, La Habana y Hollywood: un talento que cautivó al mundo con su ajedrez y su simpatía