Alejo Carpentier, el barroco escritor cubano incluye al ajedrez en su relevante obra

 Por Sergio E. Negri.

La obra cumbre de Alejo Carpentier (y Valmont; 1904-1980), uno de los más importantes escritores cubanos (aunque, en rigor, nació en Suiza y falleció en Francia, donde estaba cumpliendo una misión diplomática), fue El siglo de las luces, novela publicada en México en 1962 (escrita algunos años antes, en el largo periodo en que estuvo exiliado en Venezuela).

Sus padres franceses, creyendo advertir la decadencia europea, y siendo admiradores de la cultura hispana, optaron por radicarse en Cuba, en la que el futuro hombre de letras crecería, se forjaría y hallaría plenitud vital.


Alejo Carpentier


En el Carpentier literato hay dos conceptos que centralmente lo representan: el neobarroquismo y el realismo maravilloso cualidad ésta que, por momentos, se solapa con el realismo mágico, tan en boga en la literatura latinoamericana. Su mirada personal deviene en rigor del surrealismo al que adscribió el cubano en una de sus largas estadías en Francia.

Uno de los puntos culminantes de su carrera se dio en 1978 cuando recibe de manos del rey Juan Carlos la más alta distinción literaria de España, el Premio Miguel de Cervantes, que había obtenido el año anterior. En 1979, en Francia, su segundo hogar (parte de la producción escrita de Carpentier fue hecha en idioma francés), se le confiere otro relevante galardón: el Premio Medicis al representante de una expresión extranjera del mundo de las letras.

Quizás por influencia de sus orígenes, El siglo de las luces está basado en un personaje real de nombre Víctor Hughes, un galo que era amigo del temible Robespierre. Hughes busca la liberación de Guadalupe, otra isla caribeña, que estaba en manos de los ingleses, para adscribirla al terreno de las ideas de la Revolución Francesa, tan radicalmente sostenidas por su mentor.

 En este relato supremo, y del todo decisivo en su obra integral, no podía dejar de alumbrar el ajedrez.

Primero, aparece entremezclado en el insular territorio, con un elemento que había sido tan central en la vida de su famoso amigo europeo: la guillotina.

Es que:“…la guillotina empezó a centralizar la vida de la ciudad. El gentío del Mercado se fue mudando a la hermosa plaza portuaria, con sus aparadores y hornillas, sus puestos esquineros y tenderetes al sol, pregonándose a cualquier hora… En un día se elevaban, el mostrador de hortalizas, el escaparate de buhonerías, a la categoría de tienda mixta —tremendamente mixta— donde aparecían baterías de cocina, salseras armoriadas, cubiertos de plata, piezas de ajedrez, tapicerías y miniaturas. El patíbulo se había vuelto el eje de una banca, de un foro, de una perenne almoneda. Ya las ejecuciones no interrumpían los regateos, porfías ni discusiones. La guillotina había entrado a formar parte de lo habitual y cotidiano…”.

El ajedrez podía aparecer, por otra parte, de buen marco para que el revolucionario de tierras nuevas se ufanara de su condición y de los avances de su personal gesta: “Víctor Hugues hablaba ahora de su gobierno, de su ejército, de su escuadra. Vuelto a la arrogancia de los primeros tiempos, el Investido de Poderes se otorgaba a sí mismo, a la hora del ajedrez y de los naipes, el papel de único Continuador de la Revolución…”.

Para otros, en cambio, el ajedrez, que en cualquier caso siempre podía estar presente, era una buena alternativa a la lectura de libros o una entretenida actividad social; o podía ser una alegoría del estorbo que significaba el tablero en la decoración de pequeños hogares (a diferencia de lo que podía acontecer en lujosas mansiones).

Imagen de la tapa de una de las ediciones de El siglo de las luces
Imagen de la tapa de una de las ediciones de El siglo de las luces

Los párrafos atinentes son los siguientes: a) “…mientras unos se daban a cabalgar por los caminos, otros iban de caza o de paseo en tanto que los demás se dispersaban, quién con un tablero de ajedrez, quién con un libro, en la vastedad de los parques…”. b) “…Aquella noche, mientras Esteban y Carlos se entretenían en llevar al jaque una desvaída partida de ajedrez…”. c) “Había silenciosas mansiones, ocultas en la espesura, que alzaban columnas de templo griego hacia frontones borrados por la yerba, cuyas ventanas se abrían sobre el fausto de salones habitados por retratos cuyos barnices relumbraban en el exceso de luz; había casas cubiertas de tejuelas, tan pequeñas que cuando un niño se asomaba a una ventana, ocultaba, con su presencia, el cuadro de vastas familias reunidas para cenar donde hubiese sido enorme el estorbo de un tablero de ajedrez…”.

Ya en una etapa oscura de su vida, oscura en varios sentidos por cierto ya que lo alcanzará la física ceguera, el revolucionario caribeño se podía llegar a comparar con el autómata ajedrecístico: “Víctor, cada vez más hundido en su butaca, buscando objetos en la noche de la ceguera, hablaba ya el lenguaje de los moribundos: «Quiero que me entierren —decía—con mi traje de Comisario de la Convención.» (…) Desde entonces no trato de explicarme nada. Soy semejante a esos autómatas que juegan al ajedrez, andan, tocan el pífano, repican el tambor, cuando les dan cuerda. Me faltaba representar un papel: el de ciego. En él estoy ahora.»…”.

Carpentier, en su primera novela, Écue-Yamba-Ó, que es de 1933, había también sabido introducir al ajedrez.

Al aludir a una prisión, decía que en ese espacio, toda noción de redondez debía ser suprimida. Por eso, la parábola “Tablero de ajedrez en gris unido”, en la comprobación de la perpencularidad del receptáculo del juego, podía ser muy apropiada.

Menos explícita, y decididamente más barroca (¡vamos, estamos en presencia de Carpentier!), se nos hace el siguiente pasaje en que se describe una acción musical: La percusión se hizo furiosa, apremiante. Entonces un tremendo cucurucho negro surgió de la casa, seguido por un cuerpo en tablero de ajedrez. Ente sin rostro, con una alta cabezota triangular, fija en los hombros, en cuyo extremo miraban sin mirar dos pupilas de cartón pintado, cosidas con hilo blanco”.

En otro trabajo novelado correspondiente a su etapa tardía, El recurso del método, que es publicada en 1974, aunque está ambientada en los años 20, alude a una realidad que bien conoció: la vigencia de un régimen dictatorial en su país. Allí el ajedrez es mencionado en sendas oportunidades.

Comenzando, se aprecia al Primer Magistrado que, al referirse a un general alemán que quería no sólo la victoria militar sino también la destrucción de los recursos materiales y morales del enemigo, recordará: “Von Schlieffen quería que las batallas se dirigieran sobre el tablero de ajedrez de los mapas…”.

Por fin, al describir un momento previo a la batalla, especificará: “Transcurrieron los días entre partidas de naipes, de dominó, de ajedrez…”. Siempre el juego asociado, de una u otra forma, a las situaciones bélicas. Como desde su propia génesis.

En su penúltima trabajo del género, La consagración de la primavera, que es de 1978, al hablar de Marcel Duchamp (1887-1968) advierte algo por todos conocido: “…parecía exclusivamente entregado al juego del ajedrez…”.

Carpentier, ahora en cuento, en su muy reconocible Viaje a la semilla, que es de 1944, muestra a Marcial, su protagonista, hacer un viaje en el tiempo en sentido inverso, desde la muerte hasta la juventud y la infancia, en un recorrido que halla su culminación al regresar al vientre materno.

Allí retoma el tema del ajedrez, lo que concretará en el siguiente pasaje: “Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa (…) Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo…”.

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Imagen de la tapa de una de las ediciones de Viaje a la semilla

Habrá de producir numerosos ensayos el autor. En uno de ellos, cuando se refiere al gran Goethe (Johann Wolfgang von Goethe; 1749-1832), dirá que en su casa: “…nos esperan las monstruosas réplicas de esculturas griegas ejecutadas en dimensiones heroicas, dignas de alzarse en el ámbito de un templo, pero que el autor de `Fausto` colocó en habitaciones tan pequeñas que, en ellas, un tablero de ajedrez obligaría a los visitantes a soslayarse”.

Al referirse al poeta y cineasta francés Jean Cocteau (1889-1963), alude a una confesión de ese artista para quien su modelo en prosa es el trabajo del norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) El jugador de ajedrez de Maelzel (Tema al que nos referimos en el siguiente link ).

En cuanto a otro poeta galo, Jean Desbordes (1906-1944), al referirse a su relación con Cocteau y a su específica obra J´adore, expresará muy hermosamente que la misma: “…fue el fruto de una primera partida de ajedrez entablada con el misterio interior”; para de inmediato agregar: “Una por una, las piezas fueron arrancadas al contendiente enmascarado, y alineadas a lo largo de este libro, cuyo impudor resultaba de una calidad casi divina”.

Otro de los temas de interés de Carpentier fue el de la música. Al referirse a Edgar Varèse (Edgard Victor Achille Charles Varèse; 1883-1965), aludiendo a una propia colaboración en el libreto de una ópera que hizo para ese compositor francés se observa a un personaje encarnado por un astrónomo que, desde lo alto de la torre, contempla el cielo, sin reparar demasiado en lo que sucede en el plano terrenal. En ese contexto asegurará: “En alguna parte los amantes siguen amándose. Hay gente que juega al ajedrez con piezas gigantescas. En la escena (…) el sol se levanta…”.

Más tarde, vinculado a este mismo punto precisará: “Sólo cinco personajes siguen impasibles o perdidos en sus ensueños: un astrónomo que gesticula en el tope de una torre  (…), dos enamorados que cantan en una buhardilla, y dos jugadores de ajedrez –un aristócrata y un artista-, que no han querido mezclarse a la vida de la urbe”.

Respecto del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos (1887-1959), a quien mucho admiraba, dirá que “hará prodigios de habilidad para sostener conversaciones con todo el mundo, como esos jugadores de ajedrez que entablan (Sic) veinte partidas simultáneas”. 

Al describir los coloridos mercados de La Habana en su texto muy bien denominado Amor por la Ciudad, más precisamente a los herbolarios, describe la albahaca, la hierbabuena (tan preciada en ese trago emblemático que es el mojito), el tomillo, los musgos, las algas. Por lo que advertirá que, si bien en algunos casos las raíces medicinales yacen en tierra, en otros: “…a veces interviene la voz del océano, representado por abanicos de mar, tomates de mar, e hipocampos con silueta de piezas de ajedrez”.


Imagen de un mercado callejero de La Habana ubicada en los años 50
Imagen de un mercado callejero de La Habana ubicada en los años 50

Muchos de los temas en las obras de Carpentier se ubican alrededor de la idea del mestizaje cultural. Siempre quedó particularmente prendado de las luchas asumidas por los negros en la región, causas  que adoptaría como propias. Es más,  cuando se refiere al hombre blanco, parece más bien preferir vincularlo con prácticas opresivas.

En ese pensamiento tan profundo, nos parece creer que, un Carpentier que jugara eventualmente al ajedrez, con toda certeza iría a preferir que se imponga quien no ejerce la iniciativa, quien condujera las negras, las relegadas piezas que siempre, históricamente, casi como una letanía, han sido postergadas por otros a quienes el destino les asignó el rol de principiar, de predominar, mayoritariamente por prevalecer, en el milenario juego.

 
Alejo Carpentier, el barroco escritor cubano incluye al ajedrez en su relevante obra
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