Ramón y Cajal, el Nobel de medicina que enloquecía por el ajedrez

En tiempos donde se escogen a los ganadores de los Premios Nobel, queremos recordar a Santiago Ramón y Cajal, médico español que en 1906 compartió el Nobel de medicina por la nueva y revolucionaria teoría conocida como la “doctrina de las neuronas”, fundamental hasta nuestros días, que postulaba, entre otras cosas, que las neuronas son células individuales (no conectadas para formar un tejido) metabólicamente distintas. Ramón y Cajal era, además, un gran aficionado del juego ciencia y aprovechando el aniversario de su nacimiento, repasamos su excelente historia junto al ajedrez. En su libro“Recuerdos de mi vida”, dice sin más “haberse curado del vicio tenaz e inveterado del ajedrez”. A continuación, una frenética y risueña historia de amor odio, donde se revela la pasión que despierta nuestro juego, y las locuras que encarnan algunos genios, para librarse de su atractivo, a pleno placer.

 


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Ramón y Cajal (IZQ) jugando una partida.

El médico y Premio Nobel de medicina en 1906 Santiago Ramón y Cajal, luego de haber desarrollado una intensa carrera en la ciencia, escribió su autobiografía, y en ella, le dedica un párrafo a sus increíbles vivencias junto al ajedrez.

Compartimos a continuación un fragmento del libro “Recuerdos de mi vida”, publicado en el sitio del Instituto Cervantes, la institución pública creada por España en 1991 que promueve universalmente la enseñanza, el estudio del español y la difusión de la cultura hispánica.

El científico más importante de la historia española distendía así uno de sus capítulos donde repasaba su historia de vida: “Para distraer un poco al lector, a quien juzgo empachado con las anteriores lucubraciones, deseo contar aquí cómo me libré de un vicio tenaz e inveterado, el ajedrez, que amenazaba seriamente mis veladas.

Conocedores de mi afición al noble juego de Ruy López y Philidor, varios contertulios del Casino Militar me invitaron a hacerme socio.

Tuve la flaqueza de acceder; me estrené con varia fortuna midiéndome con aficionados de alguna talla; creció un tanto mi destreza y con ella el afán morboso de sobrepujar a mis adversarios. En mi necia vanidad, llegué a jugar cuatro partidas simultáneas, defendidas por sendos campeones, amén de numerosos mirones que discutían prolijamente las consecuencias de cada jugada. Partida hubo que duró dos o tres días. En mi empeño de lucirme a toda costa y confiando en mi pasadera memoria visual, llegué a jugar sin mirar al tablero.

Excusado es decir que adquirí cuantos libros del aristocrático recreo llegaron a mis manos y hasta caí en la inocencia de enviar a las ilustraciones extranjeras soluciones de problemas. Arrastrado por la creciente pasión, mis sueños eran interrumpidos por ensueños y pesadillas, en las cuales armaban frenética zarabanda peones, caballos, reinas y alfiles. Derrotado la víspera en una o varias partidas, ocurríame a menudo despertarme sobresaltado durante las primeras horas matinales, con el cerebro enardecido y vibrante, prorrumpiendo en frases de irritación y despecho. «¡Torpe de mí! —exclamaba—; había un jaque mate a la cuarta jugada y no supe verlo.» Y, en efecto, puesto el tablero sobre la mesa, comprobaba apenado la tardía clarividencia de mi inconsciente que había laborado por mí durante las escasas horas de reposo.

Esto no podía continuar. La fatiga y la congestión cerebral casi permanentes me enervaban. Si en el juego del ajedrez no se pierde dinero, se pierde tiempo y cerebro, que valen infinitamente más.Y se despolariza nuestra voluntad, que corre por cauces extraviados. En mi sentir, lejos de ejercitar la inteligencia, como se ha dicho por muchos, el ajedrez la descentra y la gasta. Consciente del peligro de mi situación, temblaba ante la desconsoladora perspectiva de convertirme en uno de esos tipos amorfos, sedentarios y ventripotentes que envejecen infecunda e insensiblemente en torno de una mesa de tresillo o de ajedrez, sin suscitar un afecto sincero, ni provocar, cuando llega la inevitable apoplejía o la terrible uremia, más que un sentimiento de fría y ritual conmiseración. —¡Lástima de Pérez!… ¡Era un buen punto! Habrá que pensar en reemplazarlo—. Porque el jugador de Club o de Casino no es más que un pie de mesa, algo así como el cuadro vulgar que ocupa un lugar en la sala, para hacer pendant con los demás.

Pero ¿cómo curarme radicalmente? Sintiéndome incapaz del inexorable «no juego más», patrimonio de las férreas voluntades; acuciado constantemente por el ansia de desquite —el genio maléfico de todo jugador—, sólo se me ocurrió como recurso supremo un remedo del similia similibus de los homeópatas: estudiar a fondo los tratados de ajedrez, y reproducir las más célebres partidas; y además, disciplinar mis nervios harto impresionables, aumentando al sumo la tensión imaginativa y reflexiva. Era inexcusable también abandonar mi estilo de juego, consistente en ataques románticos y audaces, para atenerme a las normas de la más cautelosa prudencia.

De esta suerte y gastando en mi empeño toda mi capacidad de inhibición, alcancé al fin mi codiciado propósito. El cual consistía —lo habrá adivinado el lector— en lisonjear y adormecer mi insaciable amor propio con la derrota, durante una semana, de mis hábiles y ladinos competidores. Demostrada, eventual o casualmente, mi superioridad, el diablillo del orgullo sonrió satisfecho. Y temeroso de reincidir, dime de baja en el Casino, no volviendo a mover un peón durante más de veinticinco años. Gracias a mi ardid psicológico, emancipé mi modesto intelecto, secuestrado por tan rudas y estériles porfías, y pude consagrarle, plena y serenamente, al noble culto de la ciencia”.

Ramón y Cajal, el Nobel de medicina que enloquecía por el ajedrez