El ajedrez de Abelardo Castillo

 

Por Luciano Ciruzzi

 

Vaya uno a saber qué se pretende cuando con prolijidad escribanil se lista la cantidad de apariciones de la palabra ajedrez en la obra de tal o cual autor. Como si con esa minuciosa datación se alcanzara algo más que un mero informe de registro enciclopédico, como si se certificara una verdad que, naturalmente, no puede importarle más que a espíritus que buscan en la literatura la comprobación de su propia erudición.

Si es cierto que el ajedrez sobrevuela la obra de autores importantes de la literatura argentina, entonces este milenario juego tiene algo para decirnos sólo si hacemos de él una clave para pensar los desplazamientos, las continuidades y discontinuidades, respecto de sus usos y significados. Sólo en la captación del modo en el que al repetirse se distorsiona tiene sentido registrar la persistencia del ajedrez en las letras nacionales. No vale la pena registrar como colección y sí, en cambio, como si se tratara de un hilo inesperado que puede, tal vez, atar en un mismo nudo textos diversos, lejanos, contrarios, vivos. Qué ajedrez, de eso se trata, es el de Borges. Cuál el de Walsh. El de Martínez Estrada. Cómo se incorpora a este ajedrezado entramado de voces un personaje como Tardewsky, el polaco de Respiración Artificial, de Piglia.

Cuando se habla del ajedrez en la obra de Abelardo Castillo se suele citar inmediatamente el cuento La cuestión de la dama en el Max Lange, del libro Las Maquinarias de la Noche, publicado en 1992. Y no se hace mal: es un breve relato que halaga la inteligencia del lector que conoce de ajedrez. La apreciación justa de la trama depende de la capacidad del lector para seguir el caminito de jugadas, sutilmente programadas, que hacen del protagonista un frío asesino al mismo tiempo que un dedicado estudioso de variantes subalternas de la Giucco Piano.  El ajedrez de este cuento no es ni metafórico, ni funciona como cifra de un orden cósmico, ni acarrea una reflexión en torno a la naturaleza de la política, ni comporta un significado que trascienda la escenografía en la que se presenta. No, nada de eso. Es el ajedrez de un ajedrecista, de un amante del juego. Pero para saber lo que es un ajedrecista en la obra de Castillo hay que ir a otro texto, a ese otro gran texto escrito algunos años después que es la novela El Evangelio según Van Hutten.

La literatura, los viajes, y el ajedrez son tres formas posibles de la reclusión. Así lo siente el protagonista -otra vez innominado- de la novela en cuestión. La cosa ocurre en La Cumbrecita. Nuestro narrador es jugador de ajedrez y profesor de historia medieval. Llega a las sierras de Córdoba huyendo de los problemas que la ciudad y acaso una mujer le han producido. El imperioso silencio de la naturaleza le permite reproducir en su cuarto de hotel “una de esas partidas de Tahl cuya belleza puede reemplazar, al menos para mí, la lectura de cualquier novela, policial o no.” En el curso del relato algunos acontecimientos inesperados van configurando una historia de aventuras que termina por constituirse en el juego principal: una aureola misteriosa rodea la personalidad de Van Hutten, un arqueólogo octogenario que vive escondido en lo alto de las sierras y que guarda secretos que podrían cambiar, según dice, la historia del cristianismo.

Paul Valery escribió en algún ensayo – ¿o acaso fue Huizinga? – que para un jugador siempre es preferible el tramposo al que no quiere jugar, ya que aquel es siempre, en última instancia, un confirmador del sistema, alguien que con picardía admite la existencia de la regla, mientras que este, el verdadero aguafiestas, al desestimar el conjunto de relaciones en el que cobra sentido la existencia del jugador termina por revelar, con su brusca indiferencia, la naturaleza absurda las cosas. Si en El Evangelio según Van Hutten hay aventura es porque el narrador decide -y esta decisión es explícita- contar las cosas concediéndoles cierta sistematicidad lúdica. Es la novela sobre alguien que decide aceptar los códigos misteriosos de un mundillo inverosímil y simplemente jugar. Juega el jugador de ajedrez el juego del otro tablero, el de la aventura que se va tejiendo, movimiento tras movimiento.

Todo, sin embargo, puede sucumbir. El ajedrecista que ha encontrado en la tranquilidad de su tablero una forma cómoda de preservarse del mundo siente repentinamente una perturbación. Por la ventana del cuarto del hotel ve a una muchacha hermosa, sentada en el puente, con los pies en el agua. Esa visión y no otra es la única que puede hacer tambalear la estabilidad de un conjunto de reglas. Escribe Castillo: “Ella todavía lleva, triunfalmente, la juventud en el cuerpo. Pero no la siente. No puede sentirla. Ella pone un pequeño pie en el agua, luego el otro. Habla con los gansos, les tira miguitas. ¿Eso es una manifestación espiritual de la juventud? No señor, eso sencillamente se llama vivir. ¿Sabe qué es, o mejor, qué hubiera sido un interesante rasgo de juventud del alma?: dejarse de jugar al ajedrez solo como un marmota y haber trotado hacia ese puente para iniciar una conversación con la jovencita corporal del pie alternativo y los gansos. Ahora ya es tarde. Se levanta y se va. Se aburrió.”  Allí, en la novela, la chica se llama Christiane, pero tal vez sea la misma que con distintos nombres aparece en cada uno de los relatos de Castillo. Siempre irrumpe desde el fondo de la trama una mujer que, además, suele ser muy joven, extrovertida, y, sobre todo, incomprensible. La contrapartida del seguro arco de relaciones muertas que ofrece un tablero es la belleza irracional, la vida insegura, las mieles del sexo y el amor.

Cualquiera que haya pisado un club de ajedrez ha tenido la percepción de que allí el tiempo no pasa. Un grupete de habitués respetan, como si todo estuviera fríamente pautado, un libreto previsible, día tras día. Se trata de un lugar espantoso donde da igual si es primavera o invierno. Cada cual suele llevar un apodo que lo ubica en un sistema de jerarquías delirante pero seguro. Así, puede encontrarse uno al “profesor”, al “Dalai”, a “Tucho”, a “jardín zoológico”, a “Gardelito”. El jugador de ajedrez de la novela de Castillo está muy cerca de reflejar el tipo de existencia enclaustrada e intemporal de gente así. Algo, sin embargo, lo diferencia. Hay un momento en el que el juego se suspende y se estremecen todos los contenidos de su conciencia. La última imagen de la novela es la lluvia. Y si llueve, sabemos, no se trataba entonces de una novela de aventuras. Las reglas se deshicieron. Sencillamente llueve.

El ajedrez de Abelardo Castillo