Entrevista a Abelardo en La Patriada

Por Sergio Gusenko y Luciano Ciruzzi para el programa Pateando el Tablero, Radio FM La Patriada

 

¿Cómo nació tu historia con el ajedrez?


Bueno, desde muy chico, tendría 8 años cuando descubrí el juego y, a partir de ese momento, me cautivó. Después, todo lo demás fue el proceso que se sigue cuando se quiere ser ajedrecista, que es lo que yo quería ser en una época, que es ser autodidacta del ajedrez. Es una de las pocas disciplinas que se aprenden solas, lo decía Unamuno y Martínez de Estrada. Martínez de Estrada se asombraba de la cantidad de buenos ajedrecistas que había en Argentina, un país cuyo deporte nacional es el fútbol, que no ha tenido apoyos económicos, vale decir que el que juega ajedrez lo hace por su cuenta y riesgo. Él sostenía que el argentino es esencialmente autodidacta y que el ajedrez, al ser un juego para autodidactas, ha tenido buena recepción.  Los grandes ajedrecistas argentinos aprendieron a jugar solos. Por supuesto después, naturalmente a través de los libros y de otros grandes maestros, pero en países muy adelantados como en Rusia, un ajedrecista ha tenido además el apoyo pedagógico de otros ajedrecistas, algo que ni en Argentina ni en Latinoamérica ocurre.

– En tu caso particular, ¿tenías libros?


– Si, te llegan como una cuestión natural. Yo aprendí a jugar al ajedrez con un libro de Damián Reca, que no era un tratado de ajedrez sino un estudio sobre la defensa Caro-Kann. Todo lo que aprendí de la táctica y estrategia en aquel tiempo lo aprendí con ese libro. Tiempo después accedí al tratado general de ajedrez de Roberto Grau, El Final de Czerniak, son cosas que van sucediendo porque te rodeas de ajedrecistas

– ¿Que tipo de jugador te consideras? ¿Táctico, posicional?


– Cuando jugaba mis primeras partidas era más posicional y cauteloso, porque tenía miedo de perder, y hacía muchas tablas. Hasta que pasado cierto tiempo me di cuenta que no era el mejor estilo para mí y me transformé más en una especie de jugador de ataque.  Me sirvió mucho mi formación, ya que aprendí con un libro de estrategia ajedrecística y con un libro de finales. Tenía una base estratégica muy grande pero por mi temperamento  en realidad era un jugador de ataque, lo que me servía mucho cuando quedaba mal parado en apertura o medio juego, para defenderme muy bien en los finales.

– Fuiste campeón en San Pedro

Yo dejé de jugar a los 18 años, en 1953, cuando se hizo la selección para el mundial juvenil que ganó (Oscar) Panno. En esa época jugué mis últimas partidas, ya me había clasificado para jugar los otros zonales y el Nacional, pero ya había decidido que me radicaría en Buenos Aires para dedicarme a la lectura y a la literatura y hasta mucho tiempo después no volví a jugar. Ahí fue cuando pagué una vieja deuda que tenía conmigo que era ganar el torneo mayor de San Pedro que también te habilita a jugar el Nacional. Pero yo quería ganar porque me lo debía a mí. Nunca he sido un jugador ferviente de torneos. He jugado en el equipo de San Pedro, en el primer tablero de San Pedro, pero para decir la verdad fui un diletante del ajedrez. Yo soy escritor, porque para dedicarse al ajedrez, tenés que dedicarte exclusivamente al ajedrez. No podía ser medio ajedrecista y medio escritor. Freud dejó de jugar al ajedrez para profundizar el psicoanálisis.

ANÉCDOTA
Recuerdo que cuando jugaban Spassky y Fischer, mis preferencias estaban con Spassky, estaba convencido que el ruso era más completo que Fischer, por su dominio en las aperturas, su dominio del medio juego y  porque era un gran finalista. Pensaba que era el ajedrecista total, mientras que Fischer no me entusiasmaba por su carácter y por su evidente locura. Hasta que le hicieron un reportaje a los dos, donde les hacían la misma pregunta: ¿Qué es el ajedrez para usted?
Spassky dijo “el ajedrez es como la vida”, y Fischer dijo “el ajedrez es la vida”… ahí dije: gana Fischer

– Qué lugar ocupa el ajedrez en su literatura?
-Yo escribí un ensayo largo sobre ajedrez en “Las palabras y los días”, y uno de mis cuentos más famosos se llama “La cuestión de la dama en el Max Lange” y alguna referencia lateral. En mi última novela, “El Evangelio según Van Hutten”, el personaje es un profesor de historia medieval que se autodeclara jugador de ajedrez por correspondencia y autor de finales artísticos

– Podría establecer algún paralelismo en la forma en que se construye una partida de ajedrez y la construcción de sus ficciones?
– No tienen casi nada que ver, sería una frivolidad, pero del mismo modo que un cuento u obra de teatro en tres actos, tiene tres instancias bien definidas, en el ajedrez hay algo evidente que puede jugar entre 11 y 20 jugadas que es la apertura. Allí se decide qué medio juego se va a elegir, y el momento en el que el ajedrecista decide cómo pasa del medio juego al final, que es el momento esencial del gran jugador de ajedrez, en que momento debe liquidar las piezas, en que momento debe quedarse con los caballos o con los alfiles.

Lo que lo hace parecer al cuento, así como hay posiciones de ajedrez, como el Ruy López, después del Alfil 5 Caballo, con blancas, cuando juegan las negras peón 3 torre dama, está la famosa variante de cambio alfil por caballo y peón dama por el alfil. En ese momento, Capablanca sostenía que si se sacan todos las piezas del tablero y quedan solo los peones, ganan las blancas porque con ese final de peones está ganado, los tres peones del flanco dama contienen a los cuatro peones negros y nos queda un peón de más por el flanco rey. (Por otra parte, algo que probó en varias partidas).

Vale decir que en la jugada 4ª o 5ª de una partida de ajedrez el jugador puede saber el tipo de final que se va a producir. Lo mismo en la variante de cambio del Caro-Kann, en el Gambito de la dama con el ataque de las minorías. El paralelismo está en que cuando un escritor comienza a escribir un cuento, la palabra que escribe como primera palabra, indica que ya sabe a dónde va. Pero es en lo único que se parece. Lo que pasa es que las reglas estrictas del ajedrez no existen en la literatura


Cómo se te ocurrió la idea de  “La cuestión de la dama en el ataque Max Lange”?
Yo jugué en la realidad una partida en la que en la jugada 11 no hice lo que recomiendan los libros sino que jugué peón 4 Caballo Rey. Se creó una cohesión muy curiosa, gané la partida. Luego analicé la partida y me di cuenta que era una jugada muy buena. Hay un hecho que está en el cuento y es evidente en cada torneo: tu rival desaparece. El rival se puede ir media hora, estar paseando y vos ni te diste cuenta que este hombre desapareció del mundo. Yo pensé una historia en la que alguien comete un crimen mientras está jugando una partida de ajedrez, que está en una posición muy complicada y hace una jugada que sabe que va a dejar al otro pensando una media hora, cuarenta y cinco minutos. Se va y comete un crimen, y vuelve, mientras está jugando una partida. Pero lo hace en este análisis previo del Max Lange.

Lo divertido de esto es que yo creí que había inventado una jugada, pero resulta que un día voy a un librito famoso y antiquísimo, “el sentido común en el ajedrez” de Emanuel Lasker y esa jugada la tiene considerada Lasker como ganadora.

Vos tenes un pasado religioso y en tus obras está muy presente la religión. ¿Considerás el ajedrez como un acto religioso?
El famoso lema del ajedrez “somos una familia” es un poco mítico. Yo conozco clubes de ajedrez donde dos tipos pueden estar todo el día jugando, pueden ser grandes rivales, grandes rivales amigos y no saben si el otro está casado, si tiene hijos. Es un juego tan absorbente que lo único que importa está en el tablero, no si el otro está resfriado o se le murió la madre.

Hoy el juego está muy estudiado en su pura “tacticidad”, desde el punto de vista de las máquinas. ¿Qué valoración haces?
Yo creo que es un error. El otro día estuvo en casa García Palermo, que está muy preocupado por la computadora, él pertenece, aunque le llevó muchos años, a la generación de los libros y el análisis en los libros. Él decía que hoy no se juega al ajedrez, los chicos quieren jugar como la computadora y la computadora no juega como un hombre sino como una máquina. El problema es que la invención de la computadora y su perfeccionamiento no impiden para nada jugar al verdadero ajedrez. Del mismo modo que nadie corre descalzo contra una locomotora, o un boxeador no juega, si lo inventaran, un rival de litio que te llena la cara de dedos, en ese sentido, que las computadoras le gane al hombre no demuestra absolutamente nada. Que se hagan match entre computadoras. El ajedrez es un juego humano, interviene el error, no es sólo cálculo, está el concepto posicional. De eso hablamos en el ataque de las minorías. Ahí no hay ningún cálculo. Se sabe que esos peones detienen a los peones del flanco dama y que esa partida se va a resolver en el peón rey. Eso no se resuelve calculando. He comprobado que muy buenos programas de ajedrez, hay cosas que las ignoran completamente.

El valor de las piezas no es siempre el mismo, depende de la posición, es relativo. Un alfil es mejor que un caballo a veces. Hay un hecho que da una sensación en la que nadie reparó. En un torneo de ajedrez está tan prohibido tener un libro en la mesa como anotar antes la jugada que vas a hacer porque no podes tener ninguna cosa escrita que te ayude a memorizar nada. La máquina que juega al ajedrez es de hecho una base de datos. La máquina está recurriendo a una base de datos que el hombre no puede acceder, por lo tanto esa partida es despareja.

No hablo de las supercomputadoras que analizan todo, y que es un problema grave.

Lo malo es que, el otro día lo leí, sorprendieron en el baño a un jugador de ajedrez que estaba analizando la partida. El problema ahí no es el mundo moderno, ni de la computadora, sino de la ética del hombre, porque ganar una partida de ajedrez significa ganarle al otro, no que te digan cual es la mejor jugada.

¿Cómo te llevás con las derrotas en el juego?
Y casi como todo el mundo. Mal. A nadie le gusta perder. Cuando jugaba descubrí que es preferible perder a hacer tantas tablas. Recuerdo el día en el que le dije a Papá que cambiaba mi estilo de juego, porque en partidas que estaban ganadas, no me animaba a ganarlas porque lo que no quería era perder.  Después prefería ganar a hacer tablas, entonces entre perder por tratar de ganar y hacer tablas para no perder, prefiero perder.

Tengo dos recuerdos muy lindos del ajedrez en mi vida. Una vez Borges, hablando de literatura, me ha dicho “¡qué gran memoria que tiene usted!”, y él es el hombre de la memoria casi perfecta. Otra vez, jugando con Larsen, unas simultáneas en las que yo era uno de los tantos oponentes, una partida que terminamos jugando solos mano a mano, un final de torres, en el que yo le había propuesto tablas 15 jugadas antes y Larsen, que no le da tablas a nadie, fiel a su propio libro, “yo juego para ganar”, terminamos jugando mano a mano hasta que me ofreció tablas y reconociendo lo que yo le había dicho. Una vez finalizada, analizando, me preguntó en un momento, por qué había hecho tal jugada, una jugada aparentemente no posicional, que era para mí la correcta. Le expliqué y terminó diciéndome: “usted juega muy buenos finales de Torre”. Que Larsen te diga eso, es más o menos que Borges te diga “qué gran memoria que tiene usted”.

En el ajedrez hay jugadores que parecen que juegan como grandes maestros pero copian a grandes maestros, que no saben por qué juegan así. Najdorf daba la impresión de estar improvisando siempre. El problema, como decía Fischer, es que fue una lástima que Najdorf tuvo que trabajar y no pudo dedicarse exclusivamente al ajedrez. La materialización en todos los niveles de la cultura, de los juegos y el deporte que es perjudicial no solo para el deporte sino para la condición humana.



Se dice que el ajedrecista y escritor comparte la vanidad. ¿Cómo se lleva usted con la vanidad?
Yo trato de no tenerla. Por eso mi participación en torneos no es muy vasta. A mí me interesa más la belleza de una partida, que ganar una partida mal ganada. A veces te da odio que se equivoque el rival y te arruine tu propia partida, aunque la ganes. Digamos que, en ese sentido, no soy un competidor nato. Aunque ganar no me molesta, y perder sí (risas). En cuanto a la vanidad, escritores y ajedrecistas son los más vanidosos del mundo.

¿Es usted de los que piensa que el ajedrez es un lenguaje?
Sí. Es el juego más hermoso que existe y está a caballo entre el juego y el arte. No llega a ser arte porque el código del ajedrez no es compartido por todos. Vos podes ver un cuadro de Van Gogh, no saber nada de pintura y opinar sobre ello. Vos colgás en una pared, la partida que Fischer le gana a Evans, o la partida inmortal de Andersen, y no pasa nada. Inclusive, aunque la veas en un tablero, si no conoce los códigos del ajedrez, eso no significa nada para él espectador.

Recuerdo un análisis de Nimzovich, que dijo alguna vez que “un peón pasado tiene alma”. Eso lo dijo un ajedrecista y lo puede entender solo un ajedrecista. Quien no conoce el código del ajedrez, no sabe de qué está hablando. En cambio, sin saber nada de música podés escuchar la sinfonía número 40 de Mozart.

Para que una partida sea perfecta, tu rival también tiene que jugar bien. Es una cosa que se hace de a dos, y eso también lo diferencia del arte, que en general lo hace uno solo.


Antonio Carrizo decía que el cambio de la escritura ajedrecístca perjudicó a cierta generación. No es lo mismo G2 G4 que peón 4 caballo rey. Es como que lo estás viendo, el peón de la casilla del caballo está avanzando dos pasos. La otra es puramente algebraica,  está en el aire. Antes que se inventara la escritura ajedrecística, te lo contaban como una novela. El libro de Philidor por ejemplo. La escritura que nosotros usábamos era mucho más visible y más querible que esta que es más fría.

Entrevista a Abelardo en La Patriada