Napoléon Bonaparte, el ajedrecista

Napoleón Bonaparte nació el 15 de Agosto de 1769 en Córcega y falleció en Santa Elena, el 5 de Mayo de 1821. Arduo y ocioso para el objeto de estas páginas de ajedrez, sería el presentar al personaje en toda la dimensión que tuvo en su desempeño público, tanto militar como político; bastará remitirse para ello a cualquiera de las miles y miles de páginas que se han escrito sobre su controvertida y apasionante personalidad, sus campañas militares, su arrolladora conquista de Europa y en fin, sobre su dominio de la escena política mundial durante algo más de una década, a principios del Siglo XIX. Por lo que aquí nos referiremos solamente a la afición que Bonaparte cultivó con pasión a lo largo de su vida: el ajedrez.

 

Por Horacio Olivera

Desde principios del Siglo XVIII, el Café de la Regence, en París, era famoso por ser el centro de reunión de gran cantidad de intelectuales, políticos, literatos, filósofos y destacadas personalidades de la “cultura” francesa y europea. En sus salones, aparte de la realización de tertulias y debates, se jugaba a las cartas, billar, damas y sobre todo, ajedrez. Allí confluyeron, en distintos períodos, muchos de los más destacados ajedrecistas de esos tiempos, tales como Philidor, La Bourdonnais, Saint Amman, Anderssen, Janowksy y Kieseritzky. Allí también, el genio estadounidense Paul Morphy, de gira por Europa, protagonizó el célebre match que lo enfrentó con Daniel Harrwitz, considerado uno de los mejores jugadores de su época. Hacia fines de siglo, el joven teniente Napoleón Bonaparte comenzó a frecuentar el café, quizá más por razones políticas y sociales necesarias a sus ambiciones, que por otras más ajedrecísticas, pero lo cierto es que alternó entonces en los tableros aunque, según cuentan cronistas de la época, sin buenos resultados deportivos ni progresos en el desarrollo como jugador.

No obstante, el interés que en él se despertó por el juego fue tal, que continuó practicándolo aún cuando, una vez concretados sus planes de llegar al poder de Francia y convertirse en Emperador, ejercía con mano firme su gobierno y planeaba con detalle sus futuras conquistas. Así, era frecuente verlo delante del tablero, jugando con sus oficiales o miembros de la corte, incluso en campaña o en momentos críticos de la vida política. Justamente, una de las partidas de Napoleón que han quedado anotadas, la que jugó con Madame de Remousat (una de las Damas de Honor de Josefina, su esposa), tuvo lugar horas antes de la ejecución del Duque de Enghien, uno de sus más acérrimos enemigos, lo que no fue impedimento para que el “corso” se concentrara en su entretenimiento habitual y ganara el juego. Si bien es hecho comprobado que la partida efectivamente se jugó (Remousat fue también su biógrafa y así lo declaró), varios historiadores han puesto en duda que las jugadas anotadas sean las verdaderas; lo mismo ocurre con otra de las partidas que han quedado para la historia, que es la sostenida con uno de sus generales, Henri Bertrand.
El episodio ajedrecístico más difundido con el Emperador como protagonista es, sin duda, el de la máquina que jugaba al ajedrez: “El Turco”. En 1809, finalizada la batalla de Wagram, Bonaparte viajó hasta el castillo de Schonbrunn con el sólo objeto de medirse con el “ingenio mecánico” creado años atrás por Von Kempelen y que derrotaba a casi todos sus rivales. Napoleón perdió las tres partidas que jugó y se retiró, parece que bastante alterado. Nunca supo, pues el secreto se reveló muchos años después (cuando ya los diferentes dueños del artefacto habían hecho fortunas con el fraudulento aparato), que dentro de la máquina se escondía un fuerte jugador de ajedrez de carne y hueso, que en ese caso resultó ser nada menos que Johann Allgaier (conocido seguramente por muchos ajedrecistas actuales afectos al Gambito de Rey…)
Según la unánime opinión de biógrafos e historiadores, Napoleón fue un apasionado del juego de ajedrez. No obstante, todo indica que no fue un ajedrecista de buen nivel, sino un entusiasta aficionado que ejercía esa posibilidad casi única que nuestro querido juego plantea y que es poder jugarlo sin restricción de edades, fuerza o talento. Es más, se estima que en su caso, lo ayudó a hacer más llevadera su estadía en Santa Elena donde, derrotado, fue confinado desde 1815 hasta su fallecimiento en 1821.
Napoleón Bonaparte es considerado acaso el más grande estratega militar que haya existido. Será pecar de vanidad para nosotros, ajedrecistas, suponer que el ajedrez, su pasión, contribuyó de alguna manera a la formación de ese particular talento?

Napoléon Bonaparte, el ajedrecista
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