Leibniz, el filósofo alemán que imaginó a Dios jugando al ajedrez

Hace 371 años, nacía el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz, además de su simultáneo descubrimiento con Newton del cálculo diferencial, es considerado uno de los fundadores de las estadísticas y del cálculo en juegos. Tal vez lo conozcan por una frase genial que se le atribuye: “El ajedrez es demasiado juego para ser ciencia y demasiada ciencia para ser juego”. Pero su labor vinculada a nuestro juego ha ido más lejos. Si cuando Dios creó al mundo lo hizo de manera lúdica, jugando un juego, tal como Heráclito introdujo al describir al niño Aión, para Leibniz ese juego que practicaba la divinidad era el ajedrez.

Por Sergio Negri

Cuando se piensa en un sabio, uno de los nombres que surgen inmediatamente a la mente, es el de Gottfried Wilhelm Leibniz, filósofo, lógico, matemático, jurista, bibliotecario y político alemán, nacido en Leipzig el 1º de julio de 1646 y fallecido en Hannover el 14 de noviembre de 1716. En algunas visiones se lo ha sindicado como: “el último genio universal”.

Frente a tan vastos y diversos campos que abarcaron la inquietud de su saber, el ajedrez iba a poder ocupar un espacio. Y uno nada anecdótico, además. Es que lo empleará en un argumento central en el que aparece presente la propia Divinidad.

A la hora de discurrir en las clásicas cuestiones de esencia y de existencia, Leibniz considera que estamos en el mejor de los mundos posibles. Una muestra de optimismo que cuesta por momentos compartir.

Distinguirá las verdades de la esencia (2 más 2 siempre es igual a 4) de las verdades de la existencia (Julio César en cierta oportunidad cruzó el Rubicón). Si el hombre podría llegar a través de la experiencia a constatar estas últimas, las otras, que son de carácter analítico, sólo podían ser entendidas si se admite la presencia de un Dios que pueda llevar la idea del necesario análisis infinito.

Por ende, las verdades de la existencia quedan gobernadas por el principio de la continuidad, cuando las de la esencia corresponden al seguimiento del principio de identidad.

En la mirada de Leibniz, detrás de todo, está en todo caso la mano de Dios. En un debate que de alguna manera comenzó desde tiempos fundacionales de la propia filosofía, especuló que el mundo se creó jugando: Dios calcula y, así, crea al mundo, mediante un cálculo, mediante un juego.

El griego Heráclito (535-484 a. de C.),  ya había introducido la idea de que Dios jugaba un juego indeterminado: “El Aión, niño que juega con los cubiletes, de él es el reino”. Aión remite a los conceptos de tiempo y de eternidad, ergo, a la Divinidad, en la visión del nacido en Éfeso.

Leibniz, por su parte, aproximándose mucho a ese enfoque, llegó a considerar que el juego que practicó Dios al crear al mundo no es otro que el ajedrez. En cualquier caso, cuando Él juega, estamos en presencia de una acción de bienaventuranza. 

Así lo entiende y transmite el pensador francés Gilles Deleuze (1925-1995), a la hora de dictar unos cursos sobre filosofía en los que incluyó una conferencia específica sobre Leibniz que fue pronunciada el 22 de abril de 1980.

Leibniz, además de su simultáneo descubrimiento con Newton del cálculo diferencial, es considerado uno de los fundadores de las estadísticas y del cálculo en juegos. Siendo así, dada la clásica vinculación que tiene con las matemáticas, su puesta en foco del ajedrez no debería sorprender. Tampoco lo será por el hecho de que, en su tiempo, era el juego de mesa más popular y prestigioso de entre todos.

Imagen de la calculadora inventada por Leibniz
Imagen de la calculadora inventada por Leibniz

 

Con todo, llama poderosamente la atención, y desde luego conmueve, que Leibniz planteara la mencionada posibilidad de que Dios jugara al ajedrez. Más al constatar que: “…el juego sólo es tomado explícitamente como modelo en la medida que él mismo tiene modelos implícitos que no son juegos: el modelo moral del Bien o de lo Mejor, y el modelo económico de las causas y los efectos, de los medios y los fines” (Fuente: La filosofía de Gilles Deleuze: del empirismo trascendental al constructivismo pragmático, Universidad Santiago de Compostela, 2006). Podríamos llegar a inferir que, nada mejor que el ajedrez para posibilitar esa clase de representaciones.

Volviendo a la conferencia que le dedicó Deleuze, visitable en este enlace, se puede interpretar que Leibniz concibe al tablero de ajedrez como espacio y a las piezas como nociones. Considera además que, en este juego, el mejor movimiento o combinación de movidas está dado cuando se deriva una situación en la que un número determinado de piezas controlan u ocupan el máximo espacio posible.

En cualquier caso el espacio total es el contenido en el tablero de ajedrez. Por eso, por ejemplo, hay que colocar los peones de manera tal de que dominen el espacio máximo.

Pero Deleuze observa un problema en este planteo: en el origen del mundo no hay un receptáculo (no hay un tablero de ajedrez) antes del momento inicial de la Creación.

Gilles Deleuze
Gilles Deleuze

 

Lo que en todo caso se verifica, más luego, es la existencia de un máximo de continuidad, que contiene la mayor cantidad de realidad o esencia.  Y, en ese marco, la vigencia de un proceso de análisis que resulte infinito. En el que reaparece la idea de Dios. Un Dios que, ya sabemos, juega al ajedrez.

En otro orden apreciamos, de la lectura de Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, trabajo publicado en forma póstuma que abarca sus escritos del periodo 1663-1690 que, al reflexionar Leibniz sobre la cuestión del “lugar”, asegurará: “No hay que tomar nuestras definiciones al pie de la letra; pero sigamos adelante y pasemos de la figura al lugar. Cuando encontramos todas las piezas en los mismos escaques del tablero de ajedrez donde las habíamos dejado, decimos que están en el mismo sitio, aun cuando el tablero haya sido movido. Asimismo, decimos que el tablero está en el mismo lugar de la habitación cuando permanece en la misma parte del camarote del buque, aun cuando el buque se haya hecho a la mar. Asimismo se dice que el buque está en el mismo lugar cuando mantiene la misma distancia respecto a las costas de los países vecinos, aun cuando la tierra haya girado”.

Inmediatamente aludirá a la tradición árabe en cuanto a las evidentes habilidades ajedrecísticas de ese pueblo, al decir: “Y si en el universo no hubiere nada fijo, no por ello el lugar de cada cosa dejaría de estar determinado por medio del razonamiento, si hubiese medio de llevar al registro de todos los cambios, o si la memoria de una criatura pudiera bastar para ello, como se dice de los árabes, que juegan al ajedrez de memoria y a caballo. No obstante, aquello que no podemos comprender no por ello deja de estar determinado en la realidad de las cosas”.

Más allá de todo lo expresado, los amantes del ajedrez seguramente recordarán a Leibniz por una célebre frase que se le suele atribuir: “El ajedrez es demasiado juego para ser ciencia y demasiada ciencia para ser juego”.

No obstante la posibilidad de ver en esa sentencia un atractivo argumento, que como tal merece ser difundido, no podemos menos que plantearnos la siguiente cuestión: ¿Cuánto nos gustaría saber a ciencia cierta en qué contexto, en qué obra, en qué oportunidad Leibniz la habría pronunciado? ¿Lo habrá realmente hecho? En ausencia de constatación documentada, nos permitimos en principio dudar de su formulación real, al menos en lo que respecta a la producción intelectual del sabio alemán.

Una sentencia de Leibniz que está emparentada con el significado propuesto en esa frase, es la siguiente: “La lógica increíble y exactitud matemática puso al ajedrez a la par con cualquier ciencia exacta, mientras que la belleza y la intensidad de su expresión, en el marco de la imaginación artística, se puede poner a la altura de todas las otras artes(“Die erstaunliche Logik und die mathematische Exaktheit stellen das Schachspiel auf eine Stufe mit jeder exakten Wissenschaft, während Schönheit und Bildhaftigkeit seiner Ausdrucksform in Verbindung mit künstlerischer Phantasie es in einer Reihe mit allen anderen Künsten rücken lässt.Fuente).

Por lo pronto, quedémonos con otro concepto que sí certeramente Leibniz pergeñó, tal cual Deleuze se ha encargado de puntualizar, que es incluso de una índole aún más sugestiva: la idea de que Dios creó al mundo jugando al ajedrez.

Nos preguntamos, únicamente, quién habría podido ser el rival en esa iniciática partida. En la clara sospecha del personaje que podría estar sentado del otro lado (ya sabemos, blancas vs. negras, el Bien vs. El Mal), preferimos creer que será en todo caso la Divinidad quien termine por imponerse en ese hipotético encuentro.

Para los que amamos el juego, no se nos ocurre nada más precioso que esa mística idea, la de una partida jugada por la Divinidad a la hora de crear el mundo. Un nuevo motivo que nos acerca a la creencia y a la Creación. Que se la debemos a Leibniz. Y que refuerza nuestra pasión impar por el ajedrez.

Leibniz, el filósofo alemán que imaginó a Dios jugando al ajedrez
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