Arthur Clarke, el ajedrez en el espacio exterior

Famoso por ser autor de “2001 – Odisea en el espacio”, libro y guión cinematográfico escritos simultáneamente aparecidos en 1968, Arthur Clarke fue además un prolífico narrador de historias de ciencia ficción. Sus títulos se multiplican por decenas: “Cita con rama”, “Rama II.”, “Las arenas de Marte”, “Islas en el cielo”, “Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco”, solo por citar una pequeña parte de su obra, hacen mención también del juego ciencia. Pero no sólo en novelas o en cuentos se dará el caso de que Clarke mencione al ajedrez. Lo propio acontecerá en algunos de sus libros de divulgación científica. Nació un día como hoy, pero de 1917.

Por Sergio Negri

arthur-clarkeEl escritor británico Arthur Clarke (1917-2008) es famoso por ser autor de 2001 – Odisea en el espacio, libro y guión cinematográfico escritos simultáneamente aparecidos en 1968,  que Stanley Kubrick (1928-1999), el prestigioso director de cine norteamericano (reconocido aficionado al ajedrez: se lo solía ver en el set de filmación jugando con diversos rivales), llevará a la pantalla grande con extraordinario suceso y excelsa calidad.

Allí se plantean profundos interrogantes sobre el origen y el destino del hombre, en un virtual viaje en el tiempo que va del futuro al pasado que conmueve por su realismo y por los inquietantes escenarios que se presentan. Si el libro fue muy reputado, aún más influyente será el film, que es considerado un objeto de culto e inevitable punto de referencia en lo que a cine de ciencia ficción se refiere.

Nadie podrá olvidar esa escena inicial en la que se observa un monolito girando en derredor de la Luna que, supuestamente, habría sido puesto en órbita por alguna civilización extraterrestre; o la final con la presencia de un feto cósmico observando desde el espacio exterior a la Tierra, como si de su madre se tratara. Nadie podrá olvidar los efectos especiales que se emplearon los que eran de avanzada. Nadie podrá olvidar la preciosa música que acompañaba a imágenes no menos hermosas. Nadie podría olvidar la precisión de un argumento que propone una trama tan atrapante como sugerente, en la que se tocaba el propio tema de la evolución humana, los probables alcances de la tecnología, la posibilidad de que no estemos solos, la colaboración, dependencia y peligros de servirnos de computadoras; en definitiva, los valores y la probable esencia de una Humanidad siempre en busca de su rumbo y destino.

A bordo de la nave nodriza Discovery, el ajedrez estará presente.  En principio, se lo aprecia siendo jugado en los ratos libres por  astronautas quienes, a su vez, enfrentan a la célebre supercomputadora HAL 9000, esa que tenía como cometido principal controlar las funciones vitales del artefacto lanzado al espacio en viaje a Júpiter.

Con el curso del relato, la computadora terminará ganando autonomía respecto de sus tripulantes y, en ese tránsito, comenzará a tener comportamientos inesperados, llegando incluso a matar a varios hasta que, uno de ellos, en una acción extrema de supervivencia, logrará desconectarla.

Clarke presenta en la novela al ajedrez del siguiente modo: “Para distraerse, siempre podía entablar con Hal un gran número de juegos semiautomáticos, incluyendo las damas y el ajedrez. Si se empleaba a fondo Hal podía ganar cualquiera de estos juegos, pero como ello sería malo para la moral, había sido programado para ganar el cincuenta por ciento de la veces y sus contendientes humanos pretendían no saberlo”.

Habrá una segunda y última mención, que ya no estará referida a una acción en la que se lo practica sino que se presenta al describir un paisaje asociándolo a la forma del tablero. En plan de exploración de un desconocido planeta, se dirá: “Luego, divisó formando una  giba en la lisa llanura a unos treinta kilómetros, una pila toscamente cilíndrica de restos que sólo podían ser el esqueleto de una gigantesca nave. Estaba demasiado distante de él para distinguir detalles, y desaparecieron de vista en unos segundos, pero  pudo percibir nervaduras rotas y láminas de metal opacamente relucientes, que habían sido parcialmente peladas como la piel de una naranja. Se preguntó cuántos miles de años debió yacer aquel pecio en aquel desierto tablero de ajedrez y qué especie de seres lo habían tripulado, navegando entre las estrellas…”.

La partida mostrada en el film sigue la secuencia de un encuentro real que disputaron en Hamburgo en 1910, en un campeonato en Alemania, A. Roesch vs. Wili Schlage. Las negras se impusieron, en apenas quince movidas, tras un furibundo ataque.  En la posición final Schlage, que acaba de entregar la dama,  da inevitablemente jaque mate en la jugada siguiente. Por supuesto que HAL 9000 en la película asumía las piezas negras y el humano que cae derrotado es el Dr. Frank Poole, uno de los tripulantes del Discovery (se puede apreciar el cotejo haciendo click aquí)

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Imagen de la partida jugada a bordo del Discovery en 2001 Odisea en el espacio

El de 2001 es en rigor el primero de cuatro relatos de una secuencia  denominada Odisea. En el siguiente, 2010 – Odisea dos, de 1982 y que también fue llevada al cine, se verá que la computadora HAL 9000 es reactivada por el Dr. Chandra con el objetivo de determinar la causa de su anterior conducta que había sido tan inesperada como aberrante.

Una de las misiones (habrá otra en manos chinas), será compartida por cosmonautas norteamericanos y soviéticos. Al conocerse entre sí, compartirán algunas de sus aficiones: “Mientras estrechaba su mano, Floyd comparó el rostro y el nombre con el conjunto de biografías de la tripulación que había estudiado: Maxim Andrei Brailovsky, treinta y un años, nacido en Leningrado, especializado en estructuras, aficionado a la esgrima, al aeromotociclismo y ajedrez”.

Nuevamente, era necesario hallar distracciones a bordo y, entonces:Habían terminado las interminables partidas de ajedrez, las horas de descanso se pasaban frente a los telescopios, o en conversaciones formales, o escuchando música, mirando generalmente el panorama exterior”.

Como sabemos, la computadora lo jugaba, por lo que desafiaba a los tripulantes en duelos que no necesariamente eran aceptados:Cada tanto, Hal proponía una partida de ajedrez, presumiblemente obedeciendo alguna instrucción de un programa establecido hacía mucho, y que no había sido cancelado. Floyd nunca aceptaba el desafío; siempre había considerado al ajedrez como una espantosa pérdida de tiempo, y nunca había aprendido siquiera las reglas del juego. Hal parecía incapaz de captar que hubiera humanos que no supieran —o no quisieran— jugar ajedrez, y seguía insistiendo, esperanzado”.

En los siguientes trabajos de esta serie no se mencionará al ajedrez. No aparecerá ni en 2061 – Odisea tres, que es de 1987; ni en 3001 –  Odisea final, que es de 1997.

Otra saga de novelas futuristas es la que se configura bajo el nombre de Rama. Son asimismo cuatro libros en todos los cuales, en este caso, se menciona el ajedrez. En ellos se va describiendo la evolución en la  interacción de la Humanidad con una civilización extraterrestre: la de los ramanes, bautizada con ese nombre en homenaje al dios de la religión hinduista.

En Cita con Rama,  obra multipremiada que fuera escrita en 1972 por Clarke en solitario, se plantea la problemática  de la detección de una raza alienígena. El primer contacto se establece cuando se explora un asteroride que resulta en realidad ser una nave espacial. En ese marco habrá una notable constatación: desde esa otra civilización simplemente nos ignoran, no parecen estar interesados en absoluto, por el momento, con lo que sucede en este lado de las cosas.

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Imagen de una de las ediciones de Cita con Rama

Al explorar el sitio, se suceden las peripecias. Jimmy, uno de los exploradores, debe evitar caer en aguas envenenadas. En ese contexto detectó, en cierto momento, la posibilidad de acceder a un lugar propicio, que es descripto del siguiente modo: “Ahora que podía estar seguro de la superficie sobre la cual debía descender, empezó a estudiarla con atención. Gran parte de esa región era un tablero de ajedrez de características contradictorias, tal como si a un jardinero loco se le hubiera dado vía libre para ejercitar su imaginación al máximo. Los cuadros del tablero tenían casi un kilómetro de lado, y aunque la mayoría eran planos, no se podía tener la seguridad de que fueran sólidos por la enorme variación de sus colores y textura. Jimmy decidió esperar hasta el último minuto posible antes de tomar una decisión, si es que en realidad tenía alguna alternativa…”.

 Jimmy sobrevivirá. Ahora tendrá otros problemas, el agua que se le agotaba, el acantilado que debía superar para proseguir su marcha. Debía elegir el camino correcto. Uno se presentaba muy brillante, como si se tratara de una exhibición de joyas. Eran cristales de cuarzo engarzados en un lecho de arena. Estupendo. Con todo:El adyacente cuadrado del tablero de ajedrez era más interesante. Estaba cubierto de columnas huecas  de metal, colocadas muy cerca una de otra y de alturas que iban desde un metro a cinco…”. Debía tomar una decisión sobre el curso de la marcha. Y muy pronto.

En cada cruce de caminos deberá tomar una decisión. La ruta era un verdadero rompecabezas. El paisaje era redundante por momentos y, siempre, del todo extraño a los ojos terráqueos: “Durante las próximas horas caminó más de diez kilómetros a lo largo de la orilla del mar, y los cuadrados del tablero de ajedrez comenzaron a confundirse en su memoria”. Así seguirá su compleja marcha en busca de un regreso que le sirviera de protección.

Las otras tres novelas de la serie corresponden a la pluma de Clarke y a la de su compatriota Gentry Lee (nacido en 1942) quien, a sus dotes de escritor, suma las de científico (es ingeniero en Jefe de la Dirección de Sistemas Planetarios de vuelos en el Laboratorio de Propulsión a Chorro).

La primera de ellas es Rama II., publicada en 1989,  en la que se verificará el contacto físico entre ambas civilizaciones, en episodios que se desencadenan a partir de la segunda nave que llega al sistema solar procedente de esa extraterráquea cultura.

Dentro de la tripulación de Newton, nombre de la nave, la expedición científica (había otra de índole militar que los acompañaba) que se envía para investigar a los extraños, se podía jugar al ajedrez para permitir que transcurrieran las horas: “—¿Realmente espera de mí —estaba diciendo Janos— que haga intercambio de alfiles y deje a sus caballos al mando del centro del tablero? Oh, vamos, Shig, puede que no sea un maestro, pero aprendo de mis errores. Caí en esa trampa en una partida anterior. Tabori y Takagishi estaban enfrascados en su habitual partida de ajedrez de después de cenar. Casi cada “noche” (el equipo seguía rigiéndose por un día de veinticuatro horas que coincidía con la hora del meridiano de Greenwich), los dos hombres jugaban durante una hora más o menos antes de irse a dormir. Takagishi era un maestro reconocido en ajedrez, pero también era de corazón blando y deseaba animar a Tabori. Así que, virtualmente en cada partida, tras establecer una sólida posición, Takagishi dejaba que sus flancos se fueran erosionando”.

 Algo después, siempre en el marco de la misma escena: “Puck no vuela —dijo Richard Wakefield, entrando en la habitación—. Apenas es capaz de flotar, y sólo por períodos muy cortos. —Parecía azorado. —No sabía que estaba usted aquí —le dijo a Nicole—. A veces entretengo un poco a esos dos en medio de su partida de ajedrez”. Puck era un robot. Personas y artefactos conviviendo a bordo.

Experiencias y juego unidos en el episodio relatado: “—Una noche —añadió Janos mientras Nicole seguía sin habla—, acababa de concederle la derrota a Shig, cuando oímos lo que creímos era un estruendo en el pasillo. Un momento más tarde, Tybalt y Mercutio entraron en la habitación, maldiciendo y haciendo entrechocar sus espadas. —¿Es esto un hobby suyo? —preguntó Nicole al cabo de unos segundos, señalando hacia los robots con un gesto de la mano. —Mi señora —interrumpió Janos antes que Wakefield pudiera responder—, nunca, nunca confunda una pasión con un hobby. Nuestro estimado científico japonés no juega ajedrez como un hobby. Y este joven de la ciudad natal del Bardo, Stratford-upon-Avon, no crea estos robots como un hobby”.

Imagen de una de las ediciones de Rama II
Imagen de una de las ediciones de Rama II

Más adelante el juego reaparecerá en el contexto de una discusión entre compañeros de viaje: “—Oh, vamos, Shig, ¿ustedes los orientales nunca pueden ir de acuerdo con el resto del mundo? La Newton está estacionada encima de Rama y usted está encima de la escalera. Si no podemos ponernos de acuerdo en el arriba y el abajo, ¿cómo podemos esperar llegar a comunicarnos alguna vez nuestros sentimientos más íntimos? Y mucho menos jugar al ajedrez juntos”.

Como aficionado, Takagishi lo tenía presente, no sólo cuando lo practicaba, sino también a la hora de hacer descripciones: “—Le dije a usted entonces que se trataba de un sonido nuevo. —Miró fijamente hacia la distancia, a través de los inexplicados campos metálicos de la Planicie Central. —Ésta es una Rama distinta. Lo sé. Los cuadrados como un tablero de ajedrez en el sur están dispuestos de una forma completamente distinta, y no se extienden hasta la orilla del Mar Cilíndrico. Las luces se encienden ahora antes que el mar se funda. Y luego se apagan bruscamente, sin disminuir durante varias horas como informaron los exploradores de la primera Rama…”.

Por fin, siempre en aras de la exploración del suelo se asegurará: “La última vez que siguieron uno de esos caminos entre las particiones en tablero de ajedrez hasta que llegaron a un agujero —respondió Francesca desde el otro extremo de la mesa—. Entonces dejaron caer su basura en él. No han recogido nada en este nuevo territorio, de modo que cualquiera puede imaginar lo que harán cuando terminen”.

En el segundo trabajo conjunto de los autores, El jardín de Rama, que es de 1991, prosigue el relato anterior ubicándose en la línea temporal nueve meses más tarde. Sólo se presenta este párrafo respecto de nuestro específico campo de interés: “Max Puckett alzó la vista del tablero de ajedrez, y advirtió la presencia de Eponine—Hola, hola —dijo—. Usted debe de ser la profesora de la que oí hablar tanto. —Ése es Max —dijo Ellie acercándose con Eponine—. Es galanteador, pero es inofensivo. Y el hombre mayor que no nos presta atención es el juez Pyotr Mishkin… ¿Lo pronuncié bien, juez? —Sí, por supuesto, señorita —contestó el juez Mishkin, sin desviar la vista del tablero—. Maldita sea, Puckett, ¿qué diablos estás tratando de hacer con ese caballo? Como siempre, tu juego es estúpido o brillante, pero no sé con qué adjetivo quedarme.”.

Con Rama revelada, que es de 1993, se completa la saga; y se revelarán todos los misterios, nuevamente hay una exclusiva referencia al juego: “—A fines del primer mes —terció Max— jugué ajedrez con tu amiguita, Doctora Azul… Me dio una ventaja de una torre y dos peones para empezar el juego y, aun así, me pasó el rastrillo… Fue muy desmoralizador….”. Realmente, como para no jugar de nuevo, como para que no reaparezca entonces una situación de juego en el relato.

Las primeras menciones de Clarke al ajedrez se darán en sendas novelas que son de 1951.  En Preludio al espacio dirá: “Maxton se trasladó a la habitación de al lado, que pertenecía a Taine. Allí encontró a Leduc y al joven astrónomo profundamente absortos en una partida de ajedrez. Observó sus tácticas críticamente por un tiempo, con el resultado esperado de que lo acusaran de arruinar su juego. Desafió al ganador y lo barrió del tablero en una treintena de movimientos”.

Más exhaustivo se mostrará Clarke en Las arenas de Marte donde se vislumbra que, además del ajedrez, hay otros juegos que pueden ser practicados en el espacio exterior: “Hay pocos juegos de ingenio que puedan practicarse en el espacio; por mucho tiempo las cartas y el ajedrez representaron la clásica elección, hasta que un ingenioso inglés descubrió lo interesante que era arrojar dardos sin la acción de la gravedad”.

Con todo, será el nuestro el que podrá reaparecer en el argumento: “Se sentía capaz de apostar una fuerte suma a que estaba en lo cierto; por fortuna no había nadie para aceptar su apuesta pues iba muy desencaminado. En aquellos instantes, Hadfield se hallaba a tanta distancia de Phobos como de Marte: estaba incómodamente sentado en una pequeña nave espacial, atestada de científicos y de piezas pertenecientes a un equipo desmantelado a toda prisa. Jugaba al ajedrez con uno de los físicos más destacados del sistema solar y no le iba muy bien. Tampoco su contrincante estaba haciendo un buen juego; cualquier observador habría descubierto en seguida que sólo trataban de pasar el tiempo mientras esperaban; como todo Marte. Sin embargo, había una diferencia: sólo ellos sabían, en realidad, qué esperaban…”.

Un año después, en 1952 el autor ofrecerá Islas en el cielo en la cual, como actividades a las que define como “no ásperas”, se podía jugar al ajedrez, sobre un tablero magnético. O, ante la impericia en el mismo, ¡nadar!: por supuesto que, tratándose del espacio exterior, se lo hacía en el aire más no sobre el agua.

En El fin de la infancia, que es de 1953, se postulará que un Supervisor podía fácilmente regentear el planeta: “Y Stormgren sintió una vez más que los verdaderos intereses del supervisor estaban en otra parte, y que gobernaba la Tierra con sólo una fracción de su mente, con tan poco esfuerzo como el que un maestro del ajedrez tridimensional emplea en jugar una partida de damas”.

Aquí mismo, luego se dirá: “Casi una cuarta parte de la actividad total de la carrera humana que se había calculado, ahora se gasta en los deportes de diversos tipos, que van desde ocupaciones sedentarias como el ajedrez a búsquedas letales como el esquí deslizándose a través de los valles de montaña”.

De 1955 es Claro de Tierra en la que, en cierto momento, se asegurará: “Ahora se encontraba allí, en la Luna, modesto peón de un juego de ajedrez interplanetario. Estaría muy satisfecho cuando aquella desagradable expedición hubiese terminado…”.

En La luz de otros días, trabajo escrito en el 2000 con su compatriota Stephen Baxter (nacido en 1957), aparecerá esta referencia: “Antes de la GusanoCámara  el negocio era un juego cerrado (…) Es una cuestión de postura. Puedo minimizar mis debilidades, hacer publicidad de mis fortalezas, sorprender a la competencia con una nueva estrategia, lo que sea. Pero ahora las reglas han cambiado. Ahora el juego es más como el ajedrez…, y lo mío es el póquer”. Habrá que saber adaptarse. Y aprender el desarrollo de otra clase de estrategias.

De ambos autores es El ojo del tiempo, narración de 2007 donde se habla de una frontera de intensos conflictos entre diversos países, con enfrentamientos múltiples y recíprocos que son definidos como: “un ajedrez internacional (…) más bien desconcertante”.

 

El último teorema es la postrera novela de Clarke, en este caso con el escritor norteamericano Frederik Pohl (1919-2013), en  la que se menciona una partida de ajedrez tridimensional disputada por uno de sus personajes contra una computadora.

 Clarke, además de en el género novelado, incluye reiteradamente al ajedrez en su producción cuentística.

Varios relatos de Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco, publicado en 1957, tienen al ajedrez como parte presencial. Y comprobamos en ellos que lo de Clarke no necesariamente siempre transcurrió en el espacio exterior.

Imagen de una de las ediciones de Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco
Imagen de una de las ediciones de Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco

En Silencio, por favor,  se mencionará que los miércoles era un día especialmente concurrido por hombres de letras y científicos que podían contar muy interesantes historias. Una vez se produce una fuerte discusión entre dos de los presentes: “…y los gritos de la pelea habían interrumpido a los jugadores de ajedrez sentados en la parte de atrás del salón. Como de costumbre, los dos jugadores estaban rodeados de mirones, y todos nos levantamos sobresaltados cuando el bramido de Bert restalló sobre nuestras cabezas”.

Un hombre de ciencia, al relatar una historia sobre un colega, les consulta a los circunstantes si conocen el fenómeno de la interferencia. Otro, algo entrometido, dirá: “-¡Eh!— dijo uno de los jugadores de ajedrez, que había abandonado todo intento de concentrarse en el juego (probablemente porque iba perdiendo)—“. Yo no”. El narrador terminará por mirar: “…un tanto despectivamente al jugador de ajedrez, que estaba muerto de vergüenza”. Más conocimientos del juego que de física, por lo visto.

En Patente en trámite, se aclarará que la taberna es un lugar en el que incluso se podía encontrar pareja. Una clase de situaciones que podía contrariar lo que en apariencia era esperable. Aclarando el punto se consignará: “Menciono esto porque no quisiera que creyeran que todas nuestras conversaciones son terriblemente eruditas y científicas, y todas nuestras actividades puramente cerebrales. Aunque predomina el ajedrez, los dardos y los chinos también prosperan…”.

Instalados siempre en el mismo bar vemos, en Carrera de armamento, que se quería garantizar no caer en actividades antiamericanas teniendo en cuenta la presencia de un: “… rojillo de la casa, que en esos momentos se encontraba en un rincón estudiando apaciblemente el tablero de ajedrez”.

Finalmente, en El pacifista, cuando el narrador ingresa nuevamente al bar, al echarse un vistazo al lugar se apreciará: “Sobre la mesa había una caja metálica plana del tamaño de un tablero de ajedrez, dividida en cuadrados de una forma similar a éste. En el ángulo de cada cuadrado había un conmutador de dos posiciones y una pequeña luz de neón; el artefacto estaba conectado…”.

En el extremo de cada cuadrado había un conmutador de dos posiciones y una pequeña luz de neón; el artefacto estaba conectado. Se trataba de una forma algo más sofisticada del clásico juego de las cruces y los círculos.

En Cuarentena (Quarantine), que se publica en 1977, se aprecia una Tierra amenazada por un ataque exterior de entes que habían logrado alcanzar una “Inteligencia de Tercer Orden”. Bastaba hacer contacto con esas fuerzas orgánicas para infectarse. Y ello le había ya sucedido irremediablemente a cinco unidades. Ahora se hallaba amenazada una sexta.

En todos esos casos, existían Circuitos de Reconocimiento que procuraban analizar obsesivamente la situación antes de autodestruirse. Pero no pudieron arribar a ninguna conclusión dada la complejidad de la situación. Sólo pudieron conocerse los nombres de sus operadores: Rey; Reina; Alfil; Caballo; Torre; Peón.

En Los nueve mil millones de nombres de Dios (billions es el número correspondiente citado en el original en inglés), se dirá: “La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar…”.

En Antes del Edén se lo empleará al juego en el siguiente diálogo: “–Bien –dijo Coleman –. Ya conoces las ordenanzas: no se puede ir solo, y alguien ha de quedarse aquí para mantener contacto con la nave. ¿Cómo lo zanjaremos esta vez: ajedrez o cartas?/–El ajedrez lleva demasiado tiempo –dijo Hutchins –, especialmente cuando lo jugáis vosotros dos.Tendió la mano a la mesa de juego y tomó un naipe muy usado. Córtalo, Jerry…”.

Más de Clarke y el ajedrez. En El camino hacia el mar, incluido en el libro de 1991 Cuentos del planeta Tierra,  obra este parlamento: “Haz lo que te parezca —respondió el herrero, sin brusquedad—. Supongo que si todos hubiésemos sido tan previsores, la humanidad se habría extinguido hace un millón de años. ¿Por qué no jugáis una partida de ajedrez como personas sensatas, para decidir quién la tendrá primero? —Brant haría trampa —respondió Jon, apareciendo de pronto en la entrada y llenándola casi por completo…”.

No sólo en novelas o en cuentos se dará el caso de que Clarke mencione al ajedrez. Lo propio acontecerá en algunos de sus libros de divulgación.

En 1962 escribió Los secretos del futuro trabajo con el que intentó desentrañar los límites con los que podría enfrentarse la Humanidad, en cierto momento se expone sobre la capacidad de mímesis de insectos y animales. Al referirse a un pez, la platija, se especula que: “…posada sobre un tablero de ajedrez reproducirá el mismo modelo de cuadros blancos y negros en su superficie superior”.

Sobre el lenguado, aprecia que es muy listo ya que para escapar de sus enemigos nada por encima de ellos; de esa necesidad de invisibilización es que muchos peces son obscuros por la parte superior y claros por la inferior; podría intentar reproducirse el caso desde las leyes de la óptica lo que sería: “el equivalente electrónico de lo que el lenguado intenta hacer cuando es colocado sobre un tablero de ajedrez”.

Cuando analiza el tema de los programas de radio y TV, en un efecto anticipatorio dice que habrá una abundancia de canales disponibles. Algo condescendientemente considera que ello hará posibles servicios de una calidad y naturaleza especializada que serán inéditos por lo que, con toda probabilidad: “hay suficientes televidentes en la Tierra para lograr que los canales no den más que obras griegas, discursos de lógica simbolista, o partidas de campeonato de ajedrez, y que económicamente salgan bien parados”.

Al referirse a la aparición de los primeros computadores electrónicos en gran escala, cuestiona la denominación de ´cerebros gigantes´; es que en ese tiempo sus avances eran sólo experimentales, aunque valora  que: “en su actual estado de evolución, han hecho ya cosas que hace poco se habrían creído imposibles, como la traducción de un idioma a otro, la composición de música, y el jugar una buena partida de ajedrez”.

En El mundo es uno, obra de 1992 sobre la historia de las telecomunicaciones, al hablar de la gutapercha, una sustancia que en el siglo XIX se utilizaba como termoplástico natural, se dice que, por su poderosa maleabilidad, era utilizada en numerosos artículos, como muñecas, tinteros y: “piezas de ajedrez ´que no se romperán ni siquiera cuando se las arroje con violencia contra el suelo´”. Un producto especialmente apto para perdedores  que no pueden reprimir sus pulsiones de violencia a la hora de deber inclinar su rey ante la derrota irremediable.

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Imagen de una de las ediciones de El mundo es uno

Refiriéndose a trabajos que realizó en los años 70, y hay que recordar que Clarke amén de escritor fue un científico (como tal se recuerda una sentencia de su autoría, llamada «Tercera Ley de Clarke»: “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”),  estuvo destinado en estaciones espaciales en las que los suministros no eran necesariamente los más deseables.

En ese marco, que hubiera una ducha era todo un privilegio. También que se obtuviera: “…una biblioteca en microfilms, una mesa de billar magnético, tableros de ajedrez flotantes, y novedades similares para los astronautas aburridos”.

Al hablar de las gestas que rodearon la invención del telégrafo, aludiendo a una en particular en la que un telegrafista logró memorizar numerosos mensajes que le habían enviado, asegurará: “Tal hazaña memorística puede ser tal vez comparada con jugar una docena de partidas de ajedrez simultáneas…y contrarreloj”.

Clarke vio en el ajedrez la posibilidad de un uso generalizado, en ensayos, cuentos y novelas.

Fundamentalmente, puso los trebejos en órbita, para que pudieran ser conducidos en batallas desplegadas en los tableros ubicados en el espacio exterior; además lo empleará como la clásica parábola topográfica, en este caso comparando la morfología de la superficie escaqueada con las nuevas geografías que se iban descubriendo.

Las partidas que la tripulación de la nave con la computadora de 2001 – Odisea en el Espacio constituyen un recurso narrativo tan expresivo desde lo argumentativo como posiblemente simbólico en cuanto al desarrollo de la trama y su futuro desenlace, máxime teniendo en cuenta que nada podía hacerse frente a la poderosa fuerza de HAL 9000.

Podría creerse que, en la evidencia de que un dispositivo no humano juegue tan bien al ajedrez, en el hecho de que sea tan ´inteligente´ (si se permite el uso en este caso de la expresión), siempre se corre el riesgo de que una supercomputadora se torne incontrolable para quienes la diseñaron.

¿En ello hay que ver una metáfora o, tal vez mejor, una premonición de hacia qué mundos inquietantes se pueda estar conduciendo una Humanidad excesivamente creída en sus fuerzas?

Arthur Clarke, el ajedrez en el espacio exterior
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