Boris Spassky, un artista del tablero

Reykjavik, 1972. El “Match del Siglo” por el Campeonato Mundial de ajedrez se encuentra en pleno desarrollo, luego de varias vicisitudes que pusieran en riesgo su concreción. El campeón Boris Spassky, de Rusia, y su desafiante, el norteamericano Robert Fischer, disputan la sexta partida del encuentro, que se encuentra igualado. Fischer, con las blancas, ha desarrollado una apertura absolutamente inusual en él, sorprendiendo al campeón y desarrollando un juego de extraordinaria precisión y maestría, que lo coloca en una posición a todas luces victoriosa. El ruso opta entonces por abandonar, extendiendo su mano al rival. Los aplausos estallan entre el público. Y en ese momento, como muy pocas veces se vio en el ajedrez moderno, Boris Spassky tiene un gesto excepcional: impactado por la manera en que su adversario ha tratado la posición y su remate de exquisita elegancia, el campeón se suma a esos aplausos que llegan de la platea, como signo de su admiración por la obra de arte que se acaba de producir. Este gesto de algún modo retrata el alma de artista de Boris Spassky: aún en la derrota, no dudó en reconocer, abiertamente, la armonía y belleza que se había plasmado en el tablero
Por Horacio Olivera

Boris Vasilievich Spassky nació en Leningrado (actual San Petersburgo), Rusia, el 30 de enero de 1937. De pequeño sufrió los horrores de la guerra y en 1941, cuando los nazis comenzaban el asedio de su ciudad natal, fue evacuado junto a otros miles de niños a un albergue en los Urales. Allí, con tan solo cuatro años de edad, aprendió los rudimentos del ajedrez.

Al finalizar la guerra Boris retornó a una devastada Leningrado, ciudad en la que la lucha por la subsistencia era una dura tarea de cada día. En 1946 ingresó al Palacio de los Pioneros, donde dio rienda suelta a su pasión por el ajedrez  y, de la mano del entrenador Vladimir Zak, comenzó a efectuar rápidos progresos en el tablero. Poco después, su innato talento tuvo su premio, en la forma de un sueldo mensual abonado por el gobierno, siempre atento a la aparición de nuevos valores que fortalecieran el ajedrez soviético. De tal forma, siendo aún muy joven, pudo Spassky convertirse en sostén de su familia, acuciada por la falta de dinero.

A los 16 años obtuvo su título de Maestro Internacional y tuvo una espectacular actuación en el Torneo Internacional de Bucarest, donde ocupó el cuarto lugar entre varios maestros consagrados. En el mismo, alcanzó su primera victoria de gran resonancia, al derrotar al futuro campeón del mundo Vassily Smyslov en una brillante partida de ataque.

Para esta época, Boris había cambiado su entrenador y, en consecuencia, su estilo estaba mutando del juego excesivamente posicional hacia el de un jugador más dinámico, acorde con quien ahora tenía a su cargo la preparación del joven: el GM Alexander Kazimirovich Tolush, un ajedrecista experto, famoso por su juego de ataque.

En 1955 Spassky ganó el Campeonato Mundial Juvenil jugado en Amberes (Bélgica) y fue tercero (compartido) en el siempre fortísimo Campeonato de la URSS de ese mismo año, que ganó Geller y en el que jugaron, entre otros, Smyslov, Botvinnik, Petrosian y Keres. También en 1955 jugó en el Interzonal de Gotemburgo, en su primer ingreso al circuito de candidatos al título del mundo, quedando octavo entre 21 jugadores.

Ya titulado Gran Maestro, en el Torneo Internacional de Mar del Plata de 1960, compartió el primer lugar con el estadounidense “Bobby” Fischer, pero derrotándolo en la partida individual (la primera que jugaron), en un juego donde Boris demostró un gran temple en una posición inferior, para darlo vuelta ante un grave error de su rival.

Ya definitivamente instalado en la cúpula del ajedrez mundial, el Campeonato Soviético se le mostró esquivo (pese a haber realizado varias excelentes actuaciones), hasta que por fin logró ganarlo en 1961, delante de Polugaievsky, Bronstein, Tal y otros.

La década del 60 marca el inicio de un espectacular recorrido de Spassky hacia el Campeonato del Mundo. Ya había asimilado las enseñanzas de Tolush y su accionar en el tablero se había vuelto mucho más agresivo, lo que sumado a su experiencia en el juego posicional de sus inicios, le convirtieron en un jugador “universal”, capaz de desempeñarse con eficacia en cualquier tipo de partida. A esto contribuyó también un nuevo cambio de entrenador, que tendría lugar en 1965. El destacado teórico Igor Bondarevsky fue el elegido en esta ocasión, e influyó decisivamente sobre su repertorio de aperturas.

En 1964 ganó empatado el Interzonal de Amsterdam, accediendo así al Torneo de Candidatos. En el mismo derrotó en matches, en forma sucesiva y contundente, a Paul Keres, Effim Geller y, contra todo pronóstico, al ex campeón Mikhail Tal en la final. Se consagró así como el desafiante del Campeón del Mundo, el armenio Tigran Petrosian.

El match por el Campeonato se desarrolló en Moscú, en 1966, y fue una dura porfía del retador contra la sólida experiencia del campeón. Al cabo de 24 partidas, algunas de ellas de extraordinaria calidad, el “imbatible” Petrosian retuvo su título al imponerse por 12,5 a 11,5.

Decidido a obtener una nueva oportunidad, Boris ingresó (por derecho adquirido de “desafiante”) directamente al Ciclo de Candidatos de 1968 y sorteó nuevamente tres duras pruebas, esta vez derrotando a Geller, Larsen y Korchnoi, en todos los casos con resultados sumamente convincentes. Su juego se había ido perfeccionando aún más y el mundo ajedrecístico era consciente de que en el nuevo encuentro con Petrosian, las posibilidades de una victoria del leningradense se iban a acrecentar. En efecto, en 1969 se jugó un nuevo match en Moscú y Boris Spassky se consagró como nuevo Campeón del Mundo, al imponerse 12,5 a 10,5, después de 23 arduos combates en los que  desplegó un juego incisivo y por momentos brillante.

Frente a Najdorf

Durante su reinado jugó poco, aunque lo hizo con la gran categoría propia de su artística concepción del juego. Así, en Belgrado 1970, lideró al equipo de su país en el match “URSS vs. Resto del Mundo”, produciendo en el primer tablero, contra el danés Bent Larsen, una de las más bellas partidas de su carrera, refutando convincentemente un dudoso experimento de su rival en la apertura.(http://bit.ly/2kdLF4G)

Pronto, sin embargo, comenzó a comprender que seguramente le esperaba una misión compleja y difícil para el primer compromiso de defensa de su flamante título. El genio norteamericano Robert Fischer había comenzado en Palma de Mallorca 1970, una imparable racha de victorias con el objetivo final de desafiarlo. Boris comprendió de inmediato que una amenaza como esa tendría implicancias que iban mucho más allá de lo deportivo, cuando en plena Guerra Fría un estadounidense pretendía desalojar a los soviéticos de la cima ajedrecística mundial. Y era tan luego él, Boris Spassky, el último escollo para las ambiciones de Bobby. Así se confirmó en Buenos Aires 1971, cuando Fischer derrotó al ex campeón Petrosian en forma arrasadora y se proclamó el nuevo “challenger”.

Pero Spassky no solamente sentía el peso de la gran responsabilidad que caía sobre sus espaldas a partir de entonces (por otra parte, tenía

Junto a Petrosian

un score muy favorable con Fischer, quien nunca lo había derrotado y además, confiaba plenamente en sus propias fuerzas para retener su título). Las autoridades de la URSS, tan atentas o más que él al “fenómeno” Fischer, comenzaron a presionarlo para que no descuidada su preparación, le nombraron asesores, le dieron un programa de trabajo, lo investigaron y supervisaron. No obstante, Boris no era un hombre absorbido completamente por el ajedrez (gustaba de los deportes, las salidas, la buena vida en general) y comenzó a haber tiranteces con la Federación Soviética cuando la presión comenzó a ir en aumento, conforme se acercaba el match.

La organización del encuentro fue compleja y plena de incidentes provocados por los reclamos de mejoras en las condiciones ofrecidas por la FIDE, de parte del excéntrico genio norteamericano. Durante las largas y arduas negociaciones, Boris se mantuvo en una actitud expectante y, en más de una ocasión, condescendiente con las exigencias de su rival. La explicación es sencilla: él quería jugar, quería defender su título sobre el tablero y, como cabal deportista, ni por asomo deseaba retenerlo por incomparecencia de su retador.

Cuando finalmente comenzó el “Match del Siglo” en Reykjavik, no cesaron los reclamos de Fischer. Después de perder el primer juego, el “challenger” perdió por ausencia también el segundo, alegando que el ruido ambiente lo molestaba y exigiendo, para volver a jugar, cambiar el escenario donde lo hacían y jugar en una pequeña sala detrás del mismo, donde habitualmente se jugaba al tenis de mesa. La delegación soviética ordenó a Spassky rehusar semejante modificación de las condiciones de juego pactadas y hasta el mismo presidente de la FIDE, Max Euwe, le señaló su derecho a rehusar y dar por concluido el match. Pero lejos de hacerlo, Boris aceptó otra vez el nuevo requerimiento de Bobby: seguía empeñado en continuar la contienda, como un verdadero campeón, como un verdadero caballero.

Fue un momento crucial. A partir de allí, de esa partida en “la salita de atrás”, en la que fue derrotado por primera vez en su vida por el norteamericano, Spassky se derrumbó psicológicamente, comenzó a cometer errores impropios de su alta categoría y Fischer, en su mejor momento, hizo gala de su genialidad sin par y pasó a dominar claramente el match, convirtiéndose en Campeón del Mundo al cabo de 21 partidas.

Muchos años después de terminado el match, Spassky, más allá de reconocer la enorme fuerza ajedrecística de su oponente, declaró que creía firmemente que Fischer y sus colaboradores habían urdido un plan para desestabilizarlo emocionalmente y que, visto desde la perspectiva que dan los años, debería haber aceptado las sugerencias y rehusar continuar con los juegos. Pero evidentemente en esos momentos primó su caballeresco sentido deportivo, con el resultado de haber sido destronado sin remedio. (http://bit.ly/2bVTn18)

De regreso a su país, el ahora ex campeón recibió severas críticas. Las autoridades del ajedrez soviético lo acusaron de no haberse preparado escrupulosamente y no haber opuesto ante el estadounidense una resistencia digna.

Pero Boris no se iba a rendir a las críticas y volvió a demostrar su enorme calidad de Gran Maestro al ganar, en 1973, uno de los Campeonatos de la URSS más fuertes que se recuerden. ¡Y lo hizo venciendo con un punto entero de ventaja sobre Karpov, Petrosian, Polugaievsky, Korchnoi y Kuzmin y relegando a otros extraordinarios ajedrecistas tales como Geller, Keres, Taimanov, Tal y Smyslov! Estaba de vuelta, con su talento intacto y dispuesto a recuperar la corona…

En ese mismo 1973 jugó en el Torneo de Candidatos, pero el ascendente prodigio soviético Anatoly Karpov lo derrotó en las semifinales, eliminándolo.

En 1977, ya en sus cuarenta años, alcanzó luego de duras luchas la final del Candidatos, correspondiéndole jugar con el exiliado Viktor Korchnoi, considerado un traidor por los líderes soviéticos. Así que nuevamente Spassky obró como escollo, esta vez para evitar que su paisano Korchnoi (que había nacido también en Leningrado) obtuviera el derecho a desafiar al campeón mundial, título que ostentaba en esos momentos Karpov, luego de la defección de Fischer en 1975. Pero Boris no logró oponer resistencia al empuje de Korchnoi y fue claramente derrotado.

Otra vez objeto de críticas, Spassky abandonó la URSS y se trasladó a vivir en Francia.

A partir de entonces, su estrella se opacó. Si bien continuó participando en torneos de primer nivel hasta finales de los ’90, era evidente su falta de combatividad y su exceso de prudencia; solamente en algunas ocasiones mostraba destellos de sus tiempos de esplendor.

En 1992 volvió a las primeras planas de los medios del mundo, cuando jugó contra su viejo rival Robert Fischer un match “revancha”, obviamente no oficial, que se jugó en Sveti-Stefan (Montenegro) y en el que terminó siendo derrotado. (http://bit.ly/2ky4z3V)

En adelante, jugó esporádicamente y hacia finales del siglo participó en algunos torneos de veteranos con suerte diversa.

En la actualidad, ya de vuelta residiendo en Moscú, después de superar dos ACV que redujeron notablemente su capacidad motora, aquejado de una crónica dolencia renal y jaqueado (vale el término) por un divorcio contencioso de su esposa francesa, aún tiene el ánimo para, en la medida que su físico se lo permite, hacerse presente como observador en algunos torneos de importancia o en actos públicos relacionados con el ajedrez, ámbitos donde, obviamente, se lo venera como a una leyenda viviente de nuestro juego.

Si bien su nombre, lamentablemente, es recordado más por su famosa derrota en el “Match del  Siglo”, que por sus logros de muchísimo años en el más alto nivel mundial, Boris Spassky fue no solamente un jugador de excepción, sino también un consumado artista del tablero. Muchas de sus partidas memorables han sido reproducidas una y otra vez por varias generaciones de ajedrecistas, como verdaderos ejemplos de arte y de belleza.

 

Boris Spassky, un artista del tablero
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