Nabókov y su pasión por el ajedrez


Por el investigador argentino y Maestro FIDE Sergio Ernesto Negri.

Jorge Luis Borges creó un universo propio con el ajedrez planteando, a partir de su metafísica mirada, una partida infinita en la que se los puede apreciar al jugador (moviendo las piezas), a un Dios (virtual titiritero del ajedrecista) y a sucesivos otros Dioses que se posicionan, uno detrás del otro, en una secuencia que necesariamente es infinita. Por su lado Lewis Carroll imaginó, para su Alicia, la posibilidad de que pudiera asumir el rol de trebejo de algún juego en disputa en un tablero a escala real, bajo la influencia de una experiencia onírica impar que la condujo a una notable aventura. Mucho antes Alfonso X “el Sabio”, dando cuenta de la creciente difusión que tenía en la Edad Media y en Europa el pasatiempo que había ingresado a ese continente desde el mundo musulmán, supo tempranamente contribuir a su codificación y difusión al darle un rol prominente en su recordado libro. Stefan Zweig, en un siglo XX tan amenazado por totalitarismos que condujeron a cruentas guerras, podrá por su parte mostrar, en su icónica novela, el beatífico escapismo que el ajedrez brindará a un hombre recluido por el nazismo quien, no obstante, una vez en libertad, caerá bajo su peligroso y obsesivo influjo. Para completar el pentágono virtuoso de escritores que cayeron rendidos a la magia metafórica del ajedrez, se debe imprescindiblemente agregar ahora a Vladímir Vladímirovich Nabókov (1899-1977).

El escritor ruso, además de darle como sus colegas un papel central al juego ciencia en sus trabajos literarios, tiene una cualidad que lo torna en un caso del todo especial: su conocimiento de su práctica a nivel técnico fue tan profundo, y su pasión por los escaques tan prototípica que, incluso, se dedicó a componer estudios de ajedrez con producciones de notable calidad.

Nabókov, tras la Revolución Bolchevique de 1917, se trasladará junto a su familia desde la ciudad de San Petersburgo natal hasta Crimea,  donde permanecerá hasta 1919. Allí, a la par de comenzar a desarrollar sus habilidades de compositor de estudios de ajedrez, escribe una obra lírica en un acto llamada Vesnoy (En la primavera), en la que aparecen cuatro personajes uno de los cuales es ajedrecista.

Luego de ese fugaz paso por la península rusa, Nabókov habrá de exiliarse en el exterior habiendo de residir, sucesivamente, en Alemania, Inglaterra y los EEUU (aquí obtendrá la nacionalidad norteamericana), siendo su morada definitiva la ciudad de Montreaux en Suiza. Al comienzo de ese devenir, cuando aborda el Nadezhda, un pequeño barco griego rumbo a Estambul y el Pireo ateniense, surcando la bahía de Sebastopol, mientras se verificaba un bombardeo del Ejército Rojo, el futuro escritor estaba jugando al ajedrez con su padre en el curso de una partida sobre la que tiempo después aportará el siguiente detalle: “uno de los alfiles había perdido su cabeza, y una ficha de las que se usan para hacer apuestas en el póker ocupaba el lugar de una torre”.

Como integrante de una familia aristocrática (uno de sus abuelos fue ministro del zar Alejandro II), Nabókov recibió una exquisita educación que incluyó el perfecto dominio del inglés (idioma en el que en una segunda etapa de su carrera ofrecerá su obra) y del francés. Dentro de esa formación, también se lo introducirá en el conocimiento del socialmente muy difundido y respetado ajedrez. En ese sentido su tío paterno Konstantin le regaló, cuando niño, un hermoso juego Staunton que lo habrá de acompañar al escritor de ahí en más, como compañero del exilio.

Dentro del tratamiento de la problemática del ajedrez Nabókov debe ser reconocido por La Defensa (La Defensa Luzhin), novela en la que su protagonista será un jugador de renombre mundial, en la que describirá con fruición las características especiales del personaje y el mundo del juego ciencia en el que habría de desenvolverse.

Como le sucediera a la figura central de Novela de ajedrez de Zweig, Luzhin verá como el pasatiempo será primero una vía de escape de una realidad acuciante para terminar por convertirse en una incómoda  obsesión. Pero, en este caso, se redobla la apuesta ya que, lejos de plantearse la necesidad de cierto autocontrol como había concebido el escritor austriaco, Nabókov terminará por colocar a su personaje central en un camino de extravío personal que culminará con su suicidio.

Ya no como literato, sino en tanto problemista de ajedrez, faceta que denota su profundo conocimiento técnico de sus reglas y alcances, debe resaltarse que algunas de sus creaciones obtuvieron incluso premios, entre ellos uno otorgado por The Problemist, órgano oficial de la British Chess Problem Society, entidad a la que se incorporó el ruso. Para más, en 1970 lo invitarán a participar en el equipo norteamericano de problemas de ajedrez, aunque declina de la propuesta.

Manuscrito de un problema de ajedrez de Nabókov (McGraw-Hill, 1969). Foto: Open Culture, The best free cultural & educational media on the web, en http://www.openculture.com/2015/07/vladimir-nabokovs-hand-drawn-sketches-of-mind-bending-chess-problems.html

Algunas muestras de esta afición son incluidas en Poemas y Problemas, un libro que aparece en los EEUU en 1969 que, por su propia concepción, constituye toda una expresión de motivos al agrupar en un mismo texto problemas de ajedrez con obras poéticas. En efecto, en el texto se presentan 39 poesías en ruso y 14 en inglés y, junto a ellas, 18 problemas de ajedrez de su autoría, en un maridaje original que es fiel a sus expresiones en el sentido de que “los problemas son el arte en el ajedrez”.

En la Introducción al texto el autor rechaza que deba disculparse por incluir en el libro al ajedrez ya que: “Los problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas virtudes que caracteriza a todo arte que valga la pena: originalidad; inventiva; concisión; armonía; complejidad, y una espléndida falta de sinceridad”.: es que los considera enigmas o acertijos. Si bien reconoce su futilidad, entiende que esa misma condición puede ser extendida a todas las expresiones artísticas.

Poemas y Problemas tuvo su germen en unos escritos de fines de la segunda década del siglo XX llamado Stijy i Sjemi (Problemas y Esquemas) en el que se recogen trabajos  incluidos en álbumes familiares. En aquél se publican fundamentalmente creaciones que corresponden a la segunda mitad de la década del 60 aunque aparecen asimismo algunas anteriores, entre ellas una dedicada a Yevgueni Znosko-Borovski (1884-1954), jugador ruso autor de un libro sobre Capablanca y Alekhine, habiendo Nabókov efectuado una reseña del mismo en 1927, el mismo año  en el que el cubano pierde la corona en el recordado encuentro disputado en Buenos Aires.

El trabajo sobre Znoslo-Borovski fue originalmente publicado el 17 de noviembre de 1932 en el diario Poslednie Novosti de la ciudad de París, bajo autoría de un tal Vladimir Sirin, un alias que usaba por entonces Nabókov, el que estuvo mucho tiempo perdido hasta que fue rescatado por  la revista londinense News Statesman la cual lo presentó el 12 de diciembre de 1969. Se trata de un problema que corresponde al curioso modelo “las blancas vuelven atrás un movimiento y dan mate en una” que debe ser resuelto a partir de la siguiente posición:    

 

Estudio de Nabókov dedicado a Yevgueni Znosko-Borovski, 1932.

La solución implica que la última jugada del blanco fue la coronación de torre en c8 al tomarse con un peón posicionado en d7 un caballo negro y, al retrotraerse la jugada, se asesta el mate cuando ese mismo peón captura a la torre negra ubicada en e8 coronando caballo. Un problema de una concepción sencillamente espectacular.

Otra gema en la materia está constituida por el cuarto de los estudios presentados en el libro bajo el requerimiento “mate en tres jugadas”, en el que la característica principal de la solución exige que la torre negra se mueva y que, al regresar a su casilla de origen, sea capturada con mate. De hecho esa secuencia de movimientos en la literatura especializada se la denomina “el tema Nabókov”.

Imagen de dos de los problemas que Nabókov incluye en Poems and Problems. Foto tomada por Sergio Negri de un libro de su biblioteca personal.

 

Al trazar su biografía publicada en 1967 bajo el nombre Habla, Memoria, un parágrafo completo, el capítulo XIV, se lo dedica a su pasión por la composición ajedrecística. Con la precisión del entomólogo (habría que recordar que otra de sus mayores aficiones se vinculaban al estudio de las mariposas), el autor describe la metodología utilizada para alumbrar sus estudios de ajedrez, estableciendo una analogía con la forma de concebir sus relatos de ficción, en buena parte de los cuales, por cierto, el ajedrez estará presente.

Para el ruso “Los problemas son como espejismos o ilusiones de una sutileza diabólica” sosteniendo, en igual sentido, que se puede establecer la existencia de “…un vínculo real e íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro de los problemas de ajedrez”, en claras señales de la alta consideración que profesaba por un juego que supo poner al nivel de su amor por la literatura. Abunda sobre el tema diciendo que, para su invención “requiere una inspiración de tipo casi musical, casi poética, o, para ser absolutamente exacto, poético-matemática”. Sólo se lamenta, más seguramente no demasiado, de que durante sus años más prolíficos en la materia se le “…engulló una importante parte del tiempo que hubiese podido dedicar a las aventuras verbales”. En el arte de componer aprecia que “El engaño, hasta sus extremos más diabólicos, y la originalidad, llevada a lo grotesco, eran las bases de mi estrategia”; una estrategia que certeramente sabría también aplicar Nabókov, y con amplio suceso, al terreno literario.

¿Por qué le fascinaban tanto los estudios de ajedrez? Veía en ellos que: “La tensión intelectual es formidable; el elemento del tiempo desaparece completamente de la conciencia: la mano constructora tantea en busca de un peón de la caja, lo toma, mientras la mente sigue meditando en torno a la necesidad de utilizar alguna añagaza o recurso provisional, y cuando se abre el puño una hora entera, quizá, ha transcurrido, se ha quemado hasta quedar reducida a cenizas en la incandescente cerebración del urdidor de la intriga”. En términos agonales considera que, en los problemas de ajedrez, la batalla no se libra entre blancas y negras sino entre el compositor y el solucionista.

Respecto del tablero de ajedrez imagina que puede ser considerado “un campo magnético, un sistema de marcas y abismos, un firmamento estrellado” y, en cuanto al movimiento de piezas, por ejemplo dice que los alfiles se desplazan como proyectores y los caballos actúan como si fueran palancas. En el texto autorreferencial se aportan muchos elementos de la conexión vital que siempre tuvo con el juego, comenzando por el hecho de que resolvía problemas de ajedrez y los practicaba junto a su padre, en una demostración temprana del vínculo. Ilustra, además, sobre la existencia de un escudo de armas familiar, el que se encargó de reconstruir reemplazando los leones por osos, a los que ubicó posando sosteniendo un gran tablero.


Imagen de Nabókov jugando al ajedrez con Vera Slónim Nabókova, su compañera de vida. Foto publicada en 1951 en la revista Life Magazine.

En lo que respecta a un episodio central y trágico de su etapa de crecimiento no dejará de describirlo en clave ajedrecística. Al referirse al asesinato de su progenitor, hecho del que fue testigo, muy conmovedoramente lo relata diciendo: “…cierta noche de 1922 (…) durante una conferencia que se celebró en Berlín, mi padre protegió con su cuerpo al orador (su viejo amigo Milyukov) de las balas de dos fascistas rusos y, mientras derribaba vigorosamente a uno de los asaltantes, fue fatalmente alcanzado por un disparo del otro. Pero ninguna sombra fue proyectada por ese acontecimiento futuro sobre la luminosa escalera de nuestra casa de San Petersburgo; la ancha y fría mano que reposó sobre mi cabeza no tembló, y varias jugadas posibles de un difícil problema de ajedrez no se habían combinado aún en el damero”.

Estando en 1940 en una París amenazada por el nazismo que ya había ingresado a los Países Bajos, en tren de buscar sosiego a la dureza del contexto, supo dibujar en una hoja de papel un diagrama de la posición de un problema con la siguiente disposición de piezas: Blancas: Ra7; Db6; Tf4; Th5; A4; Ah8; Cd8; Ce6; peones en b7 y g3; Negras: Re5; Tg7; Ah6; Ce2; Cg5; peones en c3, c6 y d7, al que le asignó el mandato de Juegan blancas y hacen mate en dos movimientos.

Si bien en su autobiografía no lo menciona específicamente, se sabe que durante sus años de residencia en Alemania Nabókov, además de jugar partidas simultáneas en Berlín frente al futuro campeón mundial Alexander Alekhine (1892-1946) y ante el creador de la escuela hipermoderna Aron Nimzowitsch (1886-1935),  frecuentó a muchos de los más renombrados maestros locales del juego ciencia en los cafés de Berlín, particularmente a Curt von Bardeleben (1861-1924).

Sobre este último, y dado que La Defensa Luzhin es de esos tiempos, se ha especulado que su personaje central pudo haber sido concebido con rasgos del jugador teutón, siendo un punto a favor de esta teoría el hecho de que, habiendo sido de una familia muy acaudalada, su situación se tornó desesperada al perder todo producto de la hiperinflación por lo que terminaría sus días suicidándose, como Luzhin. Pero las características personales de ambos no coinciden en lo esencial: no hay correspondencia en las  edades, por ejemplo, ni tampoco parecen compartir rasgos de personalidad y un mismo acervo cultural.

Imagen de Curt Carl Alfred von Bardeleben. Foto de dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=308717.

Nabókov, no obstante, deja abierta la puerta a la posibilidad de la existencia de cierto grado de vínculo entre ambos ya que, cuando prologa la versión inglesa de Gloria, otra de sus novelas, al mencionar los tiempos en los que vivía en Berlín en la casa a un pariente del ajedrecista, señala en tono autorreferencial: “Sin hijos todavía, mi esposa y yo alquilábamos un recibidor y un dormitorio en Luitpoldstrasse, Berlín Oeste, en el triste y amplio piso del cojo General Von Bardeleben, un señor de edad que sólo se dedicaba a resolver su árbol genealógico; su frente despejada tenía un toque nabokoviano, y, en efecto, estaba emparentado con el conocido ajedrecista Bardeleben, cuya muerte se parecía a la de mi Luzhin”.

 

El investigador Boris Shipkov advierte mayores rastros de similitudes de Luzhin con Alekhine, teniendo en cuenta que ambos son rusos, pertenecen a un mismo círculo social y sugestivamente comparten varias letras  de los apellidos; sin embargo reconoce que existe una gran diferencia en el nivel de educación de ambos. También especula con que Akiba Rubinstein (1880-1961) pudiera haber sido  la fuente de inspiración apoyándose para ello en un pasaje de la novela en el que la suegra de Luzhin asegura que éste debería ser un seudónimo especulando que “Su verdadero nombre es Rubinstein o Abramson”. El jugador polaco, a quien se suele considerar como el primer campeón mundial sin corona, en cuanto a cualidades personales en efecto guarda más similitudes con Luzhin: en debilidades en la formación cultural; en la obsesión por el ajedrez; en la enajenación de la realidad. Pero hay un punto divergente, Rubinstein no habrá de suicidarse.

Volvamos a La defensa la contribución más importante que hizo Nabókov al campo del ajedrez. Esta obra fue escrita originalmente en idioma ruso entre los años 1929 y 1930; cuando fue traducida al inglés el editor estadounidense de la obra pretendió que Luzhin fuera reconvertido de ajedrecista en un violinista demente, a lo que Nabókov desde luego se opuso con firmeza. Ulteriormente se elaborará el respectivo guión cinematográfico a los fines de llevarla al cine, en película que dirigirá la inglesa Marleen Gorris en el 2000, contándose con la participación en los roles estelares de los notables John Turturro y Emily Watson y la asesoría ajedrecística del GM inglés Jonathan Speelman.

El eje del relato es Alexander Luzhin quien, en su época de escolar, al  descubrir el ajedrez, halla una vía para escapar de un estado de cosas que no le era propicio, por lo que el juego será una tabla de salvación aunque, en el devenir, se transformará en una obsesión que, al cabo de todo, lo llevará a la perdición. En el balance general podría creerse que el juego se le presentó sin posibilidad de matices, en su aspecto más profundamente agonal, un recurso que, por momentos lo salva pero que, en definitiva, lo condena.

Será un violinista, amigo de la familia, para quien las combinaciones en el ajedrez eran como melodías (de hecho podía “oír las jugadas”), quien le despierte la curiosidad por un juego que le ofreció un orden y un estado de armonía que no podía hallar en su devenir cotidiano. Con el tiempo descubrirá en el juego cierta magia erótica, sublimando su imposibilidad de expresarse en el terreno afectivo, lo que se constatará al describir su sentir al dar simultáneas ´a ciegas´: “Encontraba (…) un profundo placer: no tenía que tratar con piezas visibles, audibles ni palpables, que por la singularidad de su forma y la textura de la madera le causaban permanente desazón, aparte que las veía tan sólo como la burda envoltura mortal de las exquisitas e invisibles fuerzas del ajedrez. Cuando jugaba a ciegas era capaz de sentir esas diversas fuerzas en su pureza original”.

Con quien mejor lo practica en los primeros tiempos es con un caballero que visitaba y cortejaba a su tía, quien le enseñará a anotar las partidas y, a partir de ello, se la pasará consultando las secciones especializadas en periódicos y revistas en busca de expresiones del ajedrez, para prontamente acudir al mundo de la competencia.  

En el marco de un torneo, su éxito le valdrá una foto en una revista de San Petersburgo, imagen que creyó iba a repercutir negativamente en la escuela, por lo que decide abandonarla. Las cosas se precipitan: huye de su casa aunque, al ir a lo de su tía, comprueba amargamente que su anterior maestro de ajedrez había muerto, por lo que decide regresar al hogar en donde se enferma. En su estado de delirio las imágenes ajedrecísticas se le presentan configurando en su mente “una monstruosa partida jugada en un tablero espectral, tembloroso y en permanente desintegración”.

Las obsesiones del juego las lleva rápidamente al plano de lo real, llegando a los extremos de pensar que, al caminar, “si movía como si fuera un caballo a un tilo que crecía en una pendiente bañada por el sol se podría comer al poste telegráfico que se elevaba más allá” o, mientras conversa, podía imaginar que se corporizan partidas pudiendo no obstante presentársele bellas imágenes como aquella en la que “el rey de la sombra debe ser salvado del peón de la Luz”. Es que todo lo que no fuera ajedrez, solo era un sueño. Lo real en la vida es el ajedrez que proponía una existencia ordenada, nítida y rica en aventuras. Medita: “¿Que podía existir en el mundo fuera del ajedrez?”; y de inmediato se contesta: “Niebla, lo desconocido, el no ser…”.

Su progenitor, que era escritor, en clara inspiración en su hijo concibe una novela sobre un joven ajedrecista a la que llamaría El gambito. Su argumento, por algún motivo, decanta hacia la idea de que el prodigio no deberá crecer, morirá joven y ello ocurrirá mientras juega su última partida tendido en una cama. No obstante, el que fallece, y en soledad, es el padre, mientras el hijo está de gira deportiva por el exterior.

Ya más adulto, los éxitos deportivos de Luzhin continúan, aunque se aprecia un menor brío quizás producto de una merma en la capacidad de innovación que había evidenciado otrora. Aparece un rival temible, un italiano llamado Turati, en un juego de palabras que podría aludir al jugador checo Richard Réti (1889-1929) y a la pieza de la torre, al que debe vencer para aspirar a ser campeón del mundo.

Simultáneamente conoce una joven que queda seducida por la extraña personalidad de Luzhin. Al serle presentada su familia,  la madre no terminaba de comprender al enigmático personaje a quien, además de no considerar “un hombre real”, cuestionaba por su profesión ya que el ajedrez, a su juicio, no era más que una “fruslería” que seguramente le permitía ocultar su actividad central (la de criminal, masón o alguna otra calamidad similar). El futuro suegro, por su parte, se mostraba algo más condescendiente ya que, si bien lo consideraba como un fanático de intereses muy estrechos, lo creía cándido y respetable.  

Llega el turno de la partida clave contra Turati, esa que Luzhin estuvo mentalmente preparando diseñando la respectiva mejor Defensa. El juego se alarga, por lo que se lo suspende para ser continuado un día ulterior. La posición era poco clara, aunque el italiano creía estar ganado. Ese momento fue precisamente el de la definitiva entrada en el desvarío del ruso. Dos desconocidos lo encuentran abandonado en la calle sin saber si estaba vivo o si se trataba de un borracho, por lo que lo suben a un taxi berlinés cuyo conocido emblema era ¡un tablero de ajedrez! Luzhin, es internado, determinándose que se hallaba vencido por “la fatiga del ajedrez”, por lo que el psiquiatra le prescribe dejar el juego aduciendo que es un “entretenimiento que seca y corrompe el cerebro. La partida con Turati nunca será completada, de hecho la perderá y, con ello, la posibilidad de arribar a lo más alto en el campo del ajedrez.

Abandona el juego. Al menos eso es lo que parece. Pero, como bien se sabe, el ajedrez inexorablemente regresa. En este caso precipitando el curso de los acontecimientos. Un Luzhin. por el momento más introspectivo, al recapitular su vida aprecia “…con qué elegancia y flexibilidad, jugada tras jugada, se habían repetido las imágenes de su infancia (la casa de campo… la ciudad… la escuela… su tía…), pero no lograba comprender por qué esa repetición le inspiraba tanto temor a su alma”, sostiene que “…un jugador de ajedrez ve a su madre en su propia reina y a su padre en el rey contrario” y se indigna por no haber reflexionado lo suficiente en el pasado, por no haber sabido tomar la iniciativa (siempre primó un estado de Defensa). En ese estado de amargura se ve tentado “…de detener el reloj de la vida, suspender para siempre la partida, permanecer inmóvil…”.

Cierta vez, al pretender distraer con algo a un niño algo cargoso que visitaba su hogar, ubica un juego portátil de ajedrez, afición que tenía tan abandonada. Casi sin darse cuenta coloca las piezas en la posición precisa de la partida interrumpida con Turati. El pasado volvía inexorablemente. En ese contexto se le presenta vívidamente una figura fantasmal: era el propio Luzhin, aunque de niño, que interpelaba a quien no había sabido llegar a campeón del mundo. El ajedrez aletargado regresa con renovados bríos, dedicándose primero a la lectura de las secciones correspondientes de los periódicos (¡como otrora!) y luego aplicando los conceptos del juego a cada actividad cotidiana. Incluso en el abandono de la vigilia, a semejanza de la Alicia de Carroll: “…soñó con sesenta y cuatro escaques, un tablero gigantesco en cuyo centro, temblando y completamente desnudo, estaba Luzhin, del tamaño de un peón, que miraba las vagas posiciones de unas piezas enormes, megacefálicas, con coronas o crines”.

Todo vuelve. Reaparece su viejo entrenador, ahora dedicado al cine, quien concibió un guión que tenía de protagonista a un aficionado al ajedrez, por lo que quería filmar una escena de un torneo en la que iban a aparecer Luzhin y su némesis Turati. Esa fue la estocada final. En esa oportunidad recordó “…con la exquisita y húmeda melancolía característica de los recuerdos amorosos, las mil partidas que había jugado en el pasado. No supo cuál de ellas elegir para saciarse de ella, entre lágrimas; todo atraía y acariciaba su fantasía, así que voló de una partida a otra, repasando en un instante esta o aquella emocionante combinación. Había combinaciones puras y armoniosas donde el pensamiento ascendía por escaleras de mármol hasta la victoria; había tiernos movimientos en una esquina del tablero, y una apasionada explosión, y las músicas acompañaban a la reina cuando se dirigía a su predestinado sacrificio… Todo era maravilloso, todos los matices del amor, todas las evoluciones y sendas misteriosas que había elegido. Y ese amor era fatal”.

Amor fatal, hacia el ajedrez. Amor fatal, que lo enajenará de la realidad. Amor fatal, del que sólo podrá escapar con una drástica determinación: el suicidio. En palabras del personaje: Es la única salida —dijo—. Tengo que abandonar el juego”. Así se despidió de su esposa. Así se despidió de la vida. Así se libera de la obsesión enfermiza, y fatal, por el ajedrez.

Ese recurso de escapatoria final es caracterizado por el propio Nabókov, apelando a sus conocimientos en materia de estudios ajedrecísticos, como un jaque mate de autoayuda. Sobre el mismo el autor, ratificando la relevancia del ajedrez en el argumento,  en el prólogo de una de sus ediciones dirá que “…los golpes de efecto de ajedrez que he colocado no se limitan a escenas aisladas: en realidad se suceden a lo largo de la estructura básica de esta atractiva novela”. De inmediato brinda pistas sobre la forma en que lo elaboró asegurando que no sólo en el contenido, sino también en el propio estilo de narración, el ajedrez desempeño un rol vital. De hecho admitirá: “Toda la secuencia de movimientos en estos tres capítulos fundamentales nos recuerda —o debería recordarnos— ciertos problemas de ajedrez cuya solución no consiste en hacer jaque mate en determinado número de jugadas, sino en el denominado «análisis retrospectivo», en el cual se requiere que el jugador demuestre mediante un estudio desde el principio de la posición esquemática que las negras no podían haber enrocado en su última jugada o que debían haber tomado al paso un peón blanco”.

El autor además aseguró que: “Al releer hoy día esta novela, y al volver a jugar los movimientos de su acción, me siento un poco como Anderssen y rememoro con afecto su sacrificio de ambas torres en favor del desdichado y noble Kieseritzky, quien se ve obligado a aceptarlo una y otra vez en las páginas de una infinidad de manuales, con un signo de interrogación como monumento”, en clara referencia a la famosa partida que, disputada en 1851, y por su preciosa factura, recibió el calificativo de “La inmortal”. Esa conceptualización, la de inmortal, también podría aplicarse, en tanto novela, a La Defensa Luzhin.

La profesora lituana Leona Toker entiende que sería una simplificación adscribir a La Defensa al conflicto de arte y vida ya que en la novela se aborda preferentemente el problema del equilibrio entre la búsqueda intelectual y el compromiso humano. Reconoce la ambivalencia de un juego que tiene ciertos patrones que son útiles para la propia actividad, pero matiza el argumento al asegurar que ellos no necesariamente se corresponden a los que rigen en la vida. Termina su análisis diciendo, en un concepto que se comparte: “La conclusión ética es inseparable de otra de índole estética: el arte y la vida no son defensas una de la otra; la vida entra dentro del ejercicio del arte y el arte es parte de la vida”. Luzhin pareciera no haber podido comprender especialmente esta distinción.

Por su parte, para el norteamericano Terry Anderson: “Nabokov eligió el ajedrez como la metáfora unificadora de su novela para demostrar que la vida es un microcosmos del tablero de ajedrez”, resaltando que hay que tener adicionalmente en cuenta que el juego posee cualidades inherentes para desarrollar la conciencia y el sentido de la realidad del jugador que es visto en tanto artista. En Luzhin, en su mirada, el ajedrez en definitiva se convierte en la antítesis de la rechazada realidad.

Concluyendo este repaso por La Defensa, de la que mucho más podría decirse, habría que enfatizar que con ella Vladimir Nabókov alcanza el cénit en cuanto al tratamiento de la problemática del mundo del ajedrez en su labor literaria. Adicionalmente, otro punto alto en su relación con el juego, como quedara expresado, fue su actividad como compositor de problemas. Podríamos creer que es un caso único ya que escribió en tres idiomas: en ruso; en inglés; en el lenguaje, algo críptico, que se usa para concebir y presentar los estudios de ajedrez.

A los fines de resaltar el estrecho vínculo de Nabókov con el ajedrez podemos emprender ahora una recorrida por su obra integral, más allá de las ya revisadas La Defensa y Poems and Problems. Comencemos pues  con su primer trabajo, Mashenka, que fue escrito en 1925/26 correspondiendo por tanto ya a su estancia en Alemania, aunque la lengua utilizada fuera el ruso. Allí el juego hace su aparición, aunque en un modo muy incidental. Cuando en el texto se dice lo siguiente: “Ganin, que había quedado absorto en intentar solucionar un problema de ajedrez planteado en una de las hojas de papel que yacían en la cama, levantó bruscamente la vista…”. Pese a su relativa relevancia, esta mención brinda pistas sobre una de las obsesiones del autor: los problemas de ajedrez y, además, apuntala la impresión de que Ganin podía llegar a ser una suerte de alter ego si se considera esta confesión ulterior de Nabókov: “Los lectores de mi obra Speak, Memory, comenzada en los años cuarenta, advertirán ciertas semejanzas entre mis recuerdos y los de Ganin”.

En Rey, Dama, Valet, su segunda novela, que es de 1927/8, escrita también en Berlín y siempre en ruso, en la que retrata algunos aspectos de la sociedad alemana en tiempos previos al nazismo, si bien en el título se hace clara alusión a otra clase de juegos, los de baraja, la trama otorga cierto protagonismo al ajedrez. Los personajes principales del relato son un matrimonio compuesto por la aludida Dama (Martha) y ese Rey (Dreyer), siendo el tercero en cuestión un sobrino de éste, el mentado Valet (Franz). Éste, seducido por la mujer, es instado por su amante para que concrete el asesinato de su pariente, por lo que será una mera pieza “jugada por la Dama” quien, contrariando las reglas habituales del juego, y los mandatos del matrimonio, pretende desembarazarse del omnisciente Rey. En esa línea de análisis, un episodio de seducción de los amantes es descripto a este modo: “Franz encendía un cigarrillo y Martha ponía una mandarina en un plato. De la misma manera siente el jugador de ajedrez, con los ojos vendados, que el alfil caído en la trampa y la veleidosa reina de su adversario se mueven en irreversible relación recíproca”. En otro momento de la trama se aprecia a sendos muchachos jugando al ajedrez: se trataba de los señores Black y White (Negro y Blanco), como la coloratura de las propias piezas del pasatiempo, en un pasaje en el que  se dice: “Los dos levantaron la vista del tablero para saludar a Dreyer, que se paró un momento con ellos y advirtió jovialmente a White que el caballo de Black planeaba atacar al rey y a la reina de White con un jaque en zigzag”.

Cuando Nabókov en 1974 publica su novela ¡Mira los Arlequines!, a la que la quiere dotar de aires de ficcionalizada autobiografía, rebautiza a  Rey, Dama, Valet bajo el título Pawn Takes Queen (El Peón captura a la Dama). Allí modifica el final ya que, ahora, se lo verá al peón que, tras eliminar al rey, se queda con la dama cuando, en el texto original, las cosas se terminan dando de un modo bastante distinto.

El norteamericano George Steiner, en sus reconocidas crónicas para The New Yorker, destaca que los recursos literarios de este libro aluden claramente al ajedrez, viendo a los personajes centrales que “juegan al ajedrez mientras la parodia de melodrama erótico se acerca a su anticlímax”. Más allá de este puntual trabajo, considera que en Nabókov el ajedrez aparece en su narrativa como metáfora subyacente y referente simbólico. En ese orden, también creyó advertir que el duelo por seducir a la niña que sostienen Humbert y Quilty sobre el final de Lolita “está tramado en términos de una partida de ajedrez donde lo que se juega es la muerte”.

De 1932 es Gloria, también publicada en castellano como La hazaña o Tiempos románticos, la cual es protagonizada por Martín Edelweiss, un joven exiliado ruso que recorre Europa. Sobre su figura dirá Nabókov en 1970 en el prólogo de una edición de la novela: “… tuve mucho cuidado de no incluir el talento entre los numerosos dones que conferí a Martin. Hubiera sido muy fácil convertirlo en un artista, en escritor. Fue muy difícil no hacerlo mientras le otorgaba la extraña sensibilidad que generalmente se asocia con la criatura creadora (…) El resultado me hace recordar un problema de ajedrez que planteé hace tiempo. Su belleza radicaba en un primer movimiento paradójico: la reina blanca tenía cuatro posiciones probables a su disposición, pero en cualquiera de ellas se interponía en el camino (una pieza tan poderosa, y «¡se interpone en el camino!» de uno de los caballos blancos en cuatro variantes de mate. En otras palabras, no pudiendo realizar ningún papel en el juego siguiente, tenía que exilarse a una esquina neutral tras un peón inerte y permanecer allí en clavada en la ociosa oscuridad. La construcción del problema fue diabólicamente difícil…”.

Luego de la ya mencionada La Defensa, que es de 1929/30, habrá que esperar a La dádiva, trabajo de 1935/37, el último de la saga escrita en ruso, para que el ajedrez, aunque sin tanto protagonismo como en aquella novela, regrese. La primera mención que se hace es sólo estética ya que, al describirse una mansión, se resalta que allí había un ajedrez en el que en vez de alfiles se podían observar camellos.

El relato se enfoca en Fiodot, un emigrado ruso en Berlín, poeta para más datos y con padre entomólogo, dando cuenta de su tono autorreferencial. En ese contexto es interesante que se lo describa a aquél como “un hipnotizador, un maestro de ajedrez o un músico”; entre sus aficiones estaba la de ser un compositor de ajedrez dándose detalles del respectivo proceso de creación. Se afirma que el protagonista, al hojear un ejemplar de la revista de ajedrez soviética 8×8 (y habría que recordar que 64, el resultado de esa operación matemática, fue una de las publicaciones especializadas más influyentes en la experiencia soviética), se deleitaba “en el lenguaje humano de los diagramas de problemas”. Si bien era un mediocre jugador, por lo que practicaba al ajedrez de mala gana (“Le fatigaba y enfurecía la disonancia entre la falta de nervio de su mente en el proceso de la competición y la hipotética brillantez a que aspiraba”), sabía resolver muy bien los problemas y concebirlos, encontrando en ellos “además de un descanso de sus esfuerzos literarios, ciertas misteriosas lecciones”.

Uniendo ámbitos de interés, tanto los de Fiodot como los de Nabókov, se agrega “Como escritor conseguía algo semejante a la misma esterilidad de estos ejercicios” y, trazándose una analogía entre el ajedrez y la literatura, expresa que “…la construcción de un problema difería del juego casi del mismo modo que un soneto verificado difiere de las polémicas de los publicistas. La composición de uno de estos problemas se iniciaba lejos del tablero (como la composición del verso empieza lejos del papel), con el cuerpo en posición horizontal sobre el sofá…”.  Se abunda sobre el punto al expresarse: “Durante un rato se recreaba con los ojos cerrados en la pureza abstracta de un plan sólo realizado en el ojo de su mente; entonces abría con premura su tablero de tafilete y la caja de pesadas piezas, las colocaba de cualquier modo, al azar, e inmediatamente se ponía de manifiesto que la idea surgida con tanta pureza en su cerebro exigiría, sobre el tablero— a fin de liberarla de su gruesa y tallada cáscara —inconcebibles esfuerzos, un máximo de tensión mental, infinitos intentos e inquietudes y, sobre todo, ese ingenio constante con el cual, en el sentido del ajedrez, se construye la verdad”.

Detengámonos un poco. Podemos creer que hemos llegado al fondo del asunto y determinar a ciencia cierta cuál es el punto central en la concepción de Nabókov. Es esta, la de que al componerse problemas de ajedrez se está en condiciones de poder construir la verdad, una idea que es a la vez muy subyugante y esclarecedora.

Para describir el proceso de creación sigue diciendo: “Lograba la máxima exactitud de expresión, la máxima economía de fuerzas armoniosas. Después de cavilar sobre las posibilidades, excluir de uno y otro modo construcciones engorrosas, los riesgos y trampas de los peones de apoyo y de luchar con duales. Si no hubiera estado seguro (como lo estaba también en el caso de la creación literaria) de que la realización del plan ya existía en algún otro mundo, desde el cual la transfería a éste, el complejo y prolongado trabajo sobre el tablero habría sido un peso intolerable para su mente, puesto que debería conceder, junto con la posibilidad de realización, la posibilidad de su imposibilidad. Poco a poco, piezas y escaques empezaban a cobrar vida e intercambiar impresiones. El crudo poder de la reina se transformaba en un poder refinado, restringido y dirigido por un sistema de brillantes palancas; los peones se hacían más inteligentes; los caballos se movían con un caracoleo español. Todo había adquirido sentido y, al mismo tiempo, todo quedaba oculto. Cada creador es un intrigante; y todas las piezas que personificaban sus ideas sobre el tablero estaban aquí como conspiradores y hechiceros. Su secreto no se revelaba de forma espectacular hasta el instante final. Uno o dos toques más de refinamiento, otra verificación —y el problema estaba terminado. Su clave, la primera jugada de las blancas, se ocultaba bajo su aparente absurdo— pero era precisamente en la distancia entre esta jugada y el deslumbrante desenlace donde residía uno de los principales méritos del problema; y el modo como una pieza, como engrasada con aceite, seguía con suavidad a otra después de deslizarse por todo el campo y lograba introducirse bajo su brazo, constituía un placer casi físico, la estimulante sensación de un acierto ideal”.

Permitir arribar a un criterio de verdad y obtener placer físico: ¿qué más se le puede pedir a una actividad humana. En esas condiciones dice Nabókov: “Ahora brillaba sobre el tablero, como una constelación, una cautivadora obra de arte, un planetario de pensamientos. Todo había alegrado la vista del jugador de ajedrez: el ingenio de las amenazas y las defensas, la gracia de su movimiento concatenado, la pureza de los mates (sendas balas para el número exacto de corazones); cada una de las pulidas piezas parecía hecha especialmente para su escaque; pero tal vez lo más fascinante de todo era el fino tejido de la argucia, la abundancia dejugadas insidiosas (cuya refutación tenía su propia belleza accesoria), y de pistas falsas cuidadosamente preparadas para el lector”. Hermosas palabras desde el arte de la literatura para referirse a otro arte, el de la composición de ajedrez.

En La dádiva se aportan algunos datos de contenido histórico, como ser que el líder revolucionario ruso Nikolái Chernyshevski (1828-1889), en quien se inspiró Lenin era, como éste, un aficionado al ajedrez (aunque no se le reconocen demasiadas dotes para el juego). Se habla de la creación de un Club de Ajedrez en San Petersburgo en 1862, el que desapareció por un incendio de la ciudad, aunque se señala que su actividad era escasa ya que era meramente un centro literario y político en el que “Chernyshevski llegaba y se sentaba ante una mesa, la golpeaba con una torre (que él llamaba «castillo») y relataba anécdotas inocuas”. Asimismo, aludiendo a otro hecho real, se recuerda que jugando al ajedrez se conocieron el escritor Gotthold Lessing (1729-1781) y el filósofo Moses Mendelssohn (1729-1786), abuelo del reconocido músico de igual apellido.

En Invitación a la decapitación (Invitación a la ejecución), trabajo de 1938, entre otras referencias al ajedrez (por caso se habla de un tablero de tela de lana con piezas talladas en pan amasado conforme la “receta de un viejo prisionero” y de la idea de que los buenos jugadores “no piensan mucho”), se vuelve sobre el clásico concepto de Nabókov en cuanto a que estamos en presencia de una forma de arte, al expresarse: “Compartí con él mi experiencia sobre el amor, le enseñé el arte del ajedrez, le divertí con una oportuna anécdota…”. Por su parte en El hechicero, que es de 1939, al referirse a una persona que de forma casi irreflexiva seguirá los dictados de una intuición ciega dirá que es: “…como el jugador de ajedrez que penetra y acomete al contrario en cuanto la posición de este parece vacilante o acorralada”.

De 1941 es la novela La verdadera vida de Sebastián Knight, la primera escrita en idioma inglés en donde se pueden hallar rastros de la influencia del juego en el propio título. Baste recordar que knight, además de caballero, es el nombre que recibe la pieza de ajedrez en el mundo anglosajón (corresponde a nuestro caballo).

El personaje que da nombre al texto se trata nuevamente de un escritor quien tuvo primera esposa a Clare Bishop; claro, bishop, como la pieza de alfil en idioma inglés quien, para más, era aficionada al juego, igual que otros personajes del relato, entre ellos el “viejo y dulce Schwarz”, en otro metamensaje ajedrecístico ya que es sabido que ese nombre significa en alemán negro, el color de uno de los bandos del ajedrez (adicionalmente, aunque pluralizado y en italiano, ese apellido corresponde al autor de estas líneas).

Desde un punto de vista ajedrecístico lo más relevante se verifica cuando su hermano menor descubre que Knight tenía un cuaderno negro con poemas con versos románticos, llenos de rosas oscuras y estrellas y llamadas del mar, que ofrecían un detalle: al pie de cada uno de ellos la firma se consumaba dibujando en tinta china un caballo negro de ajedrez.

Una postrer mención alusiva se comprueba en el siguiente pasaje: “¿Quiénes serían los imbéciles que escriben en las paredes «Mueran los judíos» o  «Vive le front populaire»  o hacían dibujos obscenos? Algún artista anónimo había empezado a dibujar cuadrados…,  un tablero de ajedrez, ein Schachbrett, un damie…”.

El primer relato redactado en territorio norteamericano es Barra siniestra, que es de 1947, donde su protagonista, un profesor de filosofía llamado Adam Krug, es presentado como “un hombre fuerte y pesado en sus poco más de cuarenta años, con pelo algo canoso, desordenado y polvoriento, y una sugestiva cara ásperamente labrada de maestro de ajedrez tosco o de compositor moroso, pero más inteligente que el resto”. 

Al discutirse sobre socialismo y religión, y en particular sobre cierto criterio de igualitarismo que ambos en principio sostendrían (en los terrenos de la economía y la espiritualidad, respectivamente), se contrasta que hay personas con más cerebro y agallas que otras; al precisarse la nómina de los  favorecidos ubica a “…hombres de genio extraño, grandes cazadores de juegos, jugadores de ajedrez, amantes prodigiosamente robustos y versátiles, la mujer radiante que se quita el collar  después del baile) para quienes este mundo era un paraíso en sí mismo y para quienes siempre habría un punto mejor sin importar lo que le sucedió a todos en el crisol de la eternidad”.  

Por fin, al reflexionar sobre el proceso mental de “destrucción creativa“, lo compara con el hecho de que cualquier pobre filósofo, algo equivocado, se puede interpelar a sí mismo a través de un “yo” incómodo al que compara con “ese ajedrez-Mefisto oculto en el ´cogito´!”. Para entender más claramente el argumento habría que recordar que Mefisto era el nombre de un supuesto autómata que se lo exhibía públicamente jugando al ajedrez, el que tuvo gran furor, hasta entrado el siglo XIX.

La novela más reconocida de Nabókov es sin dudas Lolita que verá luz pública en 1955, teniendo que ver con su gran repercusión, no sólo su calidad intrínseca sino también la polémica que despertó su temática y el éxito del extraordinario film que hizo en 1962 el norteamericano Stanley Kubrick (otro amante del ajedrez), en donde  se lo podrá ver a Humbert (James Mason) jugando una partida con Charlotte Haze (Shelley Winters). Muchos años después se conocerá otra versión protagonizada por Jeremy Irons dirigida por Adrian Lyne.

La novela presenta al juego en varios pasajes. Se lo apreciará a Humbert Humbert, el erotizado amante de Lolita, practicarlo en su estudio con el profesor Gastón Grodin.  En otro tramo de la historia se lo verá enviarle de regalo a un amigo una caja de cobre con un diseño oriental, algo complicado en su tapa, para reemplazar otra que se había roto en la que guardaba las piezas de ajedrez, la que de hecho mucho no le gustó al obsequiado ya que la consideró una baratija seguramente comprada en Argel; además, no le resultó agradable su forma ya que era ”…demasiado chata para albergar mis voluminosas piezas, pero la conservé… destinándola a un fin totalmente distinto…”.

Sobre Gastón Humbert decía que, cuando jugaba al ajedrez: “Parecía un ídolo apaleado cuando se sentaba con las regordetas manos en el regazo y escrutaba el tablero como si hubiera sido un cadáver. Meditaba unos diez minutos, resollando… para hacer una mala jugada. O bien el buen hombre, después de pensar aún más murmuraba: Au roi!  Con un resoplido de perro viejo seguido de una especie de gargarismo que agitaba sus carrillos. Al fin levantaba sus cejas circunflejas con un profundo suspiro cuando yo le indicaba que él mismo estaba en jaque”. Al describir sus encuentros se verifica esta poética alusión al ajedrez: “Supongo que soy especialmente susceptible a la magia de los juegos. En mis sesiones de ajedrez con Gastón veía el tablero como un estanque cuadrado de agua límpida, con conchas extrañas y estratagemas rosadamente visibles en el fondo teselado, cuando para mi ofuscado adversario era todo fango…”. Por otra parte es interesante destacar que Humbert decidirá casarse con la hija de un doctor que lo atendía, a quien vio por vez primera mientras jugaba al ajedrez con su futuro suegro.

Al analizar este trabajo, el académico noruego Thorvald Baarsrud pone el acento en una escena de Lolita en la que se aprecian una tetera, un platillo y piezas de ajedrez, considerando que podrían ser referencias sutiles a los libros de Alicia de Lewis Carroll, un autor que había influido mucho en Nabókov (de hecho éste traducirá al ruso las obras del inglés). Ambos, como bien lo sabemos, compartieron la pasión por el juego.

Ya alcanzado por el éxito, en 1957 aparece Pnin, una obra que se enfoca en la vida de un profesor de idioma ruso que trabaja en una universidad secundaria de provincias en los EEUU por lo que, nuevamente, observamos una historia novelada que trasunta rastros autobiográficos. Siendo así, el ajedrez no podía dejar de aparecer, lo que sucede cuando el protagonista es desafiado por un compañero de travesía en barco, situación que se describe a esta guisa: “Ninguno de los dos era buen jugador; ambos eran adictos a sacrificios de piezas espectaculares aunque enteramente innecesarios; cada uno tenía ansias excesivas de ganar, y el juego sólo resultaba animado por el fantástico alemán que hablaba Pnin…”.

Pronto, aparecerá un espectador más ducho en esos menesteres quien, a la par de indicar en cierto momento una jugada que era técnicamente más correcta y decisiva para la suerte en el juego de Pnin, le dirá a éste en tono filosófico: “En la vida, como en el ajedrez, es mejor analizar siempre los propios motivos e intenciones”. En otro momento del relato, al hablar de Víctor, otro de los personajes (hijo de una ex esposa de Pnin), se plantea una de las obsesiones ajedrecísticas de Nabókov, la del “solus rex”, expresión que alude al soberano que, pese a su gran poder, en rigor está profundamente solo, concepto que se lo define así: “…el Rey solo (solus rex: así es como los fabricantes de problemas de ajedrez designan la soledad real)…”. Por fin se menciona que el mentado Víctor era una persona muy curiosa que: “Cierta vez, colocó varios objetos en sucesión (una manzana, un lápiz, un peón de ajedrez, una peineta) detrás de un vaso con agua, y, a través de éste, escudriñó cada uno con minucia (…) Si movía de un lado a otro el peón negro, se dividía en un par de negras hormigas…”.

En Pálido fuego, otro ´capolavoro´ de Nabókov que es de 1962, se lo aprecia al profesor Charles Kinbote hacer notas para editar un poema de John Shade su amigo pero, al cabo de todo, terminará hablando de sí mismo y de un enigmático y lejano reino en el que había nacido, el de Zembla. En el Canto Tercero aparecen estos versos: “Qué es ese curioso crujido, lo oyes?”/Es el postigo de la escalera querida/Si no duermes encendamos la luz/¡Detesto ese viento Juguemos un poco al ajedrez! “De acuerdo.”/“Estoy segura de que no es el postigo. Mira otra vez.”/“Es el zarcillo de una planta que golpea contra el vidrio.”/“¿Qué es lo que se ha deslizado por el tejado con ese ruido sordo?”/“Es el viejo invierno que rueda en el barro.”/“¿Y ahora qué haré? Mi caballo está clavado.”/ ¿Quién deambula tan tarde en la noche y el viento./Es la pena del escritor…”. Lo de “caballo clavado” en ese pasaje es una clara referencia al juego habida cuenta de que es una expresión típicamente ajedrecística que se utiliza para señalar una situación en la que una pieza queda de hecho inmovilizada por otra del rival.

En los Comentarios a esta obra se dice que se la comenzó a escribir mientras Kinbote estaba en su país jugando al ajedrez con un joven iranio en el Club de Estudiantes.; luego se aclarará que biógrafo y poeta también se habrían entreverado en alguna que otra partida. Además, a la hora de firmar, junto a la rúbrica de Kinbote, se aclara que se hace aparecer una corona negra de rey de ajedrez. Por su parte, en un debate algo filosófico entre Shade y Kinbote sobre las reglas y la posibilidad de su existencia, el poeta asegurará “Hay reglas en los problemas de ajedrez: prohibición de las soluciones duales, por ejemplo”.

En la trama se aprecia que el último monarca de Zembla, Charles Xavier, es definido como un “solus rex” (¡otra vez la apelación a esta figura!) en el contexto de una rebelión que hacían caer al observador en “la divertida impresión de que era la única pieza negra de lo que un inventor de problemas de ajedrez podría calificarse de rey bloqueado en el rincón”. En cierto momento se lo observa a un músico, un irlandés de nombre Odón, desmentir su conocimiento sobre la existencia de un pasadizo “con el fastidio de un jugador de ajedrez a quien se le muestra cómo hubiera podido salvar la partida que ha perdido”. Otro personaje menor, un tal Bretwit (cuyo nombre significa “Comprensión del Ajedrez” según se dice en cierta parte del texto): “…resolvía problemas de ajedrez publicados en diarios viejos”. Y, al hablarse de los alcances de la imaginación, se asevera que la que se podía llegar a proyectar “se detenía en el acto, al borde de todas las consecuencias posibles; consecuencias fantasmagóricas, comparables a los dedos fantasmagóricos de un amputado o al despliegue en abanico de casillas que un caballo de ajedrez (esa pieza saltadora), de pie en una fila marginal, «siente» en extensiones espectrales más allá del tablero, pero que no tienen ningún efecto sobre sus movimientos”. Finalmente, cuando se menciona a Aros se la caracteriza como una “bonita ciudad de Zembla oriental, capital del ducado de Conmal; en un tiempo, alcaldía del apreciable Ferz («reina de ajedrez»)”. Y, al hacerse lo propio con Odevalla, se aclara que es una “bonita ciudad situada al norte de Onhava, en la Zembla oriental, en otro tiempo alcaldía del honorable Zule («torre de ajedrez»)”.

En  Ada o el ardor, uno de los trabajos más espléndidos de Nabókov, que es de 1969,  se los verá a la mentada Ada y a Van Veen quienes, siendo hermanos, aunque creyéndose primos, se enamoran perdidamente. Al analizarse la cuestión de las desemejanzas se dice que ellas “….servían más bien para confirmar la viva realidad orgánica del «otro mundo», mientras que, por el contrario, la semejanza perfecta sugeriría un fenómeno especular y, por tanto, especulativo; y que dos partidas de ajedrez, iniciadas y acabadas con movimientos idénticos, pueden presentar, en un mismo tablero, pero en dos cerebros, un número infinito de variaciones en cualquier fase intermedia de su desarrollo, inexorablemente convergente…”.

Algunos de los personajes de la novela no se privan de ser aficionados del ajedrez, entre los que se destacaba un tal Yan. Ada, por su parte, la principal figura del relato, parecía ser más habilidosa con el scrabble. Al respecto se apunta que “Yan,  jugador de ajedrez emérito (en 1887 ganaría un campeonato en Chose, derrotando a Pat Rishin, de Minsk, campeón de Underhill y Wilson, N. C), siempre se había asombrado de que la brillante Ada fuese incapaz de elevar la calidad de su juego por encima de un nivel que podría satisfacer a una joven salida de una novela de la Biblioteca Azul o de esos anuncios de loción anti caspa que exhiben, fotografiada en Archicolor, una linda modelo (muchacha hecha para juegos que no son de ajedrez) con los ojos fijos en los hombros de su antagonista, no menos compuesto que ella, por encima de un absurdo embotellamiento de piezas rojas y blancas tan elaboradamente esculpidas que resultan irreconocibles —el ajedrez de Lalla Rookh —con las que ni un cretino accedería a jugar, aun cuando hubiera sido retribuido regiamente por el envilecimiento de la idea más simple bajo el cuero cabelludo más sarnoso”. Pese a sus limitaciones, se reconoce que Ada: “…llegaba a imaginar en ocasiones un sacrificio táctico, abandonando, por ejemplo, su reina, y conseguía una engañosa victoria en dos o tres movimientos; pero sólo veía un aspecto de la cuestión, y, por una extraña parálisis del pensamiento, prefería ignorar la contra-combinación, sin embargo evidente, que la habría llevado inevitablemente a la derrota si el heroico sacrificio hubiese sido rechazado. Por el contrario, en la mesa de Scrabble, la misma débil y alocada Ada se transformaba en una especie de elegante computadora…”.

Una comparación curiosa surge cuando una interlocutora de Van le dice que: “…hay una cosa que nunca he llegado a comprender, y es cómo la herencia puede ser transmitida por los solteros… a menos que los genes puedan saltar como los caballos de ajedrez”. Esa expresión la dice antes de recordarle que la última vez que jugaron ella casi lo venció y, si bien quiere volver a desafiarlo, esa no es la oportunidad ya que está triste. ¿Es que el ajedrez debe estar necesariamente asociado a la alegría? Apostamos por ello.

Cosas transparentes es una novela de 1972 en la que se menciona un episodio en el que una gitana predijo a Alekhine que le mataría en España un toro muerto. La pitonisa fallaría geográficamente, aunque por muy poco, ya que ello se dará en Portugal y, si bien siguen en un cono de sombras las causas del deceso del excampeón del mundo, difícilmente un toro haya estado implicado. En otro pasaje se dice que un asesino se convirtió en la cárcel en un preso ejemplar a punto tal de que le enseñaba a sus compañeros esperanto, los signos del Zodíaco, cómo hacer un buen pastel de calabaza, el gin rummy y, en ese eclecticismo de saberes, se incluía a nuestro ajedrez.

En la ya mencionada ¡Mira los Arlequines!, que es de 1974, se describe una casa de una forma obsesivamente ajedrecística: “…estaba oscura excepto por tres ventanas: dos rectángulos adyacentes de luz en el medio de la fila del piso superior, d8 y e8, notación continental (en donde la letra denota la columna y el número la fila en el cuadrado del ajedrez) y otra luz justo debajo en e7. Dios mío, ¿he olvidado en casa la nota que había garabateado para la desconocida señorita Blagovo? No, todavía estaba allí en mi bolsillo del pecho debajo de la vieja, atesorada, terriblemente caliente y larga bufanda del Trinity College. Dudé entre una puerta lateral a mi derecha – marcada Magazin – y la entrada principal, con una corona de ajedrez encima de la campana. Finalmente, elegí la corona. Estábamos jugando un juego Blitz: mi oponente se movió de una vez, encendiendo el ventilador del vestíbulo en d6. Uno no podría dejar de preguntarse si debajo de la casa no podrían existir los cinco pisos inferiores que harían completar el tablero de ajedrez…”. Lugares indicados como casillas de un tablero imaginario correspondiendo a una residencia de tres plantas que debía ser considerada incompleta al no tener los ocho pisos requeridos (las ocho filas) para que pudiera hacerse una más perfecta asociación con el tablero de ajedrez.

En un tono del todo autobiográfico el personaje llamado McNab (Nab apócope de Nabókov, por supuesto) se pregunta si debería recomponer toda su vida y, entonces: “… abandonar mi arte, elegir otra línea de logros, tomar al ajedrez en serio, o convertirse, digamos, en un experto en lepidópteros, o pasar una docena de años como un oscuro erudito haciendo la traducción al ruso de Paradise Lost…”. Una mujer, muy conmovida por la muerte de su madre, parece no haber comprendido una pregunta; finalmente responde, como si se tratara de: “un jugador de ajedrez que abandona la partida después de un abismo de meditación”, en una hermosa imagen, la de abismo de meditación, utilizada para caracterizar el momento previo en el que un ajedrecista decide inclinar su rey.

En el contexto de su rol de divulgador de la literatura de su país de origen, habida cuenta de que impartió cursos de literatura en el Wellesley College de Massachusetts y en la Universidad de Cornell, cuando se refiere a la obra de Dostoyevski, Nabókov resalta que su compatriota “…es básicamente un escritor de relatos de misterio, en los que cada uno de los personajes, una vez que nos ha sido presentado, permanece tal cual hasta el fin, con todos sus rasgos particulares y sus hábitos personales, y que todos ellos aparecen tratados a lo largo de la obra como piezas de un complicado problema de ajedrez”.

Nabókov ha recibido estudios de distinto talante sobre su estrecho vínculo con el ajedrez, siendo uno de los más notables el del profesor norteamericano Strother  Purdy. En él se afirma: “El extraño mundo de Nabokov está gobernado por estos dioses del ajedrez, tan tapado por alusiones y matorrales de posibilidades improbables que apenas evitan la manía referencial, y acoge las formas más leves de la paranoia. Puede ser que la belleza intelectual esté siempre teñida de locura, porque consiste en ver patrones donde la mayoría de la gente no los ve. La mayoría de las personas no ve las trampas, estratagemas, persecuciones y capturas del ajedrez en la vida, particularmente cuando el oponente debe ser imaginado como un maestro de la ilusión en la que uno vive. Muchas personas más imaginativas detestan el frío intelectual inherente en la idea de maniobrar personas, ficticias o no, en un juego que no se les permite entender. El novelista como compositor de problemas de ajedrez es, en el mejor de los casos, una figura ´joyceana´, sacando lo mejor del exilio y de la astucia, de la indiferencia y del artificio. Él conoce los placeres peculiares de la mente que no están disponibles para nadie. Así es con los lectores que se preocupan por seguir la palmadita peligrosa que Nabokov les impone”.

Nabókov fue, además de novelista consumado, un espléndido cuentista,  género literario en el que también habrá de incluir al ajedrez en forma regular. Sus primeras narraciones fueron publicadas desde 1921 en Rul´, una revista creada por los exiliados rusos en Berlín (entre ellos su padre) donde, también, presentó obras de teatro, traducciones y, ya desde entonces, problemas de ajedrez.

De su corpus integral de cuentos el primero a revisar es Una cuestión de suerte que es de 1924, y por ende se constituye en uno de sus primeros escritos, en el cual presenta a Luzhin, homónimo del protagonista de la novela que aparecería ulteriormente. En este caso, en vez de ser ajedrecista, Luzhin es un exiliado que, tras diversos empleos y destinos, termina siendo camarero en un tren expreso alemán. Hacía cinco años que había debido abandonar a su país y que no veía a su esposa. Su vida comenzaba a perder sentido por lo que cayó en las garras de la cocaína y de los fantasmas de un suicidio, al que planeaba puntillosamente. En su estado de desesperación, más que del destino final, sólo le interesaban los detalles para lograr alcanzar su propia muerte. En ese contexto, enfrascado en sus cuitas imaginaba “… por centésima vez cómo iba a organizar su muerte. Calculó hasta el más mínimo detalle, como si estuviera ante un problema de ajedrez…”.  

Navidad es una narración de las postrimerías de 1924, aunque fue publicada en enero del año siguiente, correspondiendo al periodo de residencia berlinesa de su autor. Sobre la misma Nabókov expresó que su trama, que se centra en un personaje de nombre Sleptov quien es dueño de una mansión a la que regresa muy apesadumbrado tras asistir al funeral de su hijo, “Se parece extrañamente al problema de ajedrez conocido como jaque propio”. Este personaje, al abrir una caja con las pertenencias del niño, halla un cuaderno azul con sus anotaciones manuscritas, una de las cuales decía: “Hoy ha estado lloviendo. He jugado al ajedrez con mi padre, y luego he leído la Fragata de Goncharov, tremendamente aburrida”. Los recuerdos se agolpan en la cabeza de Sleptov quien, evidentemente, no podía en principio compartir el clima navideño reinante, siendo rescatado cuando advierte que un gusano de seda que se escapa de una lata de galletas se transforma en mariposa.

En 1927 se publica Una cuestión de honor, historia basada en la comprobación que hace Anton Petrovich de la infidelidad de su mujer con su amigo Berg, todos exiliados rusos residentes en la capital alemana. Al detectar la situación, sin querer ver a la culpable de sus pesares, Anton va a lo de otro amigo donde hay una fiesta; allí, como testigo de la situación, se podía observar un “…tablero de ajedrez en el que se jugaba una partida como a saltos”, en el cual jugaba el dueño de casa con otra persona. Se dan algunos detalles del juego: “Es mi turno, Henry, te prevengo, si después de este movimiento, te comes a mi alfil, te haré jaque mate en tres jugadas”, luego su rival le espeta: “Te olvidaste del peón en h5” pero, Mityushin, el amigo de Anton, dice “Al diablo con h5” de forma de instarlo a éste a que comente el motivo de sus visibles pesares. El vodka fluía, tal vez en busca de un clima de confesiones; en esas circunstancias  “El tablero de ajedrez estaba a punto de chocar contra las botellas”. El ajedrez debía pasar, por excepcional vez, a un segundo plano: de hecho Mityushin, que antes miraba de reojo al tablero prestándole mediana atención a su interlocutor, expresará “La partida ha sido cancelada” cuando, muy sorprendido, es invitado a ser el padrino del duelo que Anton le planteó al culpable de las afrentas contra su honor marital. En esas cavilaciones el ajedrez podía ser una parábola de lo que podría llegar a suceder en el reto ya que: “…Mityushin no dejaba de señalar al tablero de ajedrez, repitiendo pesadamente: «Te deshaces de él como si fuera el rey, jaque mate en tres jugadas y se acabó la cuestión»”.

Elfo patata es un cuento escrito y publicado en 1929 en el que el protagonista es un enano quien, tratando de olvidar un amor que resultó imposible y del que tendrá una simiente (cuestión que más adelante precipitará el desenlace), se refugia en una casa en la pequeña localidad de Drowse donde: “Sólo de vez en cuando el médico, un hombre de pelo blanco con penetrantes ojos negros, venía a jugar una partida de ajedrez, y, al otro lado del tablero, consideraba con placer científico aquellas suaves manos diminutas, aquel rostro pequeño de bulldog, cuyo ceño prominente se fruncía cuando el enano se ponía a pensar en la próxima jugada”. Su rival será un doctor apellidado Knight, un caballero, utilizando por ende nuevamente esa expresión que connota la pieza del ajedrez respectiva.

Un hombre ocupado, que es de 1931, trata de Grafitski, un hombre amable y temeroso de la muerte  ya que, como estaba en vísperas de su 33er. aniversario, creía que iba a tener el mismo sino que Cristo; uno de sus vecinos es descripto así: “…caballero fornido de pelo gris, que respondía al tipo clásico de compositor de música o de maestro de ajedrez, pero que, de hecho, era representante de alguna compañía extranjera (muy extranjera, quizá, del Lejano Oriente o incluso celestial)…”.

Solus rex es el título que recibe una de sus narraciones que aparecerá en París en 1940, la que iba a ser el segundo capítulo de una novela escrita en inglés, la que nunca concluirá. Nabókov aclara que la expresión “Solus Rex” la tomó de un libro de Stewart Shirley Blackburne (1857-1934), homónimo del excelente ajedrecista que descolló en el siglo XIX de nombre Joseph, llamado Terms & Themes of Chess Problems (Londres, 1907) el cual, en rigor, es una compilación realizada en un periódico de Nueva Zelanda, el Canterbury Times, en el que se reprodujo  el trabajo del ajedrecista Henry Hookman (1824-1898). En ese texto se aclara que el uso de ese término corresponde a la siguiente situación: “Si el Rey es la única figura negra en el tablero, entonces nos hallamos ante el problema que se conoce con el nombre de Solus Rex”. Yendo al cuento, se habla de un rey (R, como en las notaciones ajedrecísticas) que transcurría cinco años de su mandato quien, al levantarse cada día lo hacía “apoyando en su enorme puño derecho una mejilla, donde se marcaban las formas de un tablero de ajedrez, huellas del escudo bordado en la almohada“.

De los trece relatos que Nabókov publica en 1958, en cuatro de ellos aparece el ajedrez. 1) En ´Érase una ve en Alepo…´ se presenta a un hombre a quien había abandonado su esposa que encara: “un deprimente, largo viaje por mar”, en cuyo contexto un viejo conocido, con quien había sabido jugar al ajedrez en París, no dejará de preguntarle por su mujer. 2) En Signos y símbolos apreciamos a una persona inmersa en sus recuerdos afectada por la situación del hijo que está internado por un extravío mental quien, al observar  fotos viejas de cuando éste era niño, verifica que en una de ellas aparece un primo que, con  el  paso del tiempo, se había transformado en un jugador de ajedrez famoso. 3) En Escenas de la doble vida de un monstruo se muestra a dos niños siameses que participan en espectáculos ofrecidos por un abuelo en busca de recursos, pudiendo en ellos practicar algunos juegos como el de ajedrez. 4) En Lance, relato que se adscribe al género de ciencia ficción, se aclara que un distante planeta, al ser escrutado con lentes cada vez más precisos, se presenta del todo abigarrado siendo pasible de exhibir en su superficie un esquema de líneas y agujeros similares al ajedrez chino que pueden ser considerados “alucinaciones geométricas”.

Dentro del trabajo en verso de Nabókov se conoce un poema largo escrito en ruso en 1923 titulado Solnechnyy Son (El sueño del sol) en el que se presenta a un rey enviando a Yvain, uno de sus campeones, a combatir contra un reino vecino. Mientras que aquel monarca tenía el cabello blanco, su colega y adversario ostentaba una barba negra; con esos colores, la forma en dirimirse la disputa no podía ser otra que sobre un tablero de ajedrez a lo largo de diez partidas.

En 1924 presenta en Rul´ tres sonetos sobre ajedrez (los que el investigador Bill Wall presenta traducidos al inglés en http://billwall.phpwebhosting.com/articles/nabokov_vladimir.htm). En el primero de ellos se imagina una partida de un extraño gnomo, en el mismo sitio en que alguna vez jugara el gran Filidor, en el que el sacrificio de un alfil es el preludio de un hechizante jaque que conduce al mate. En el segundo se dan características de ese juego, que es desigual, ya en él  las blancas cuentan con siete piezas mientras que las negras disponen sólo de tres, en donde se verá a los reyes que “como sirvientes, esperan la decisión”. En el tercero y último, en una nueva muestra de simbiosis entre literatura y ajedrez, el poeta aclarará que “en el tablero compuso este soneto”.

En 1927 Nabókov escribe el poema Shakmatnyy kon (El rey de ajedrez), al que se considera antecedente directo de La Defensa, en el cual un viejo maestro en una taberna comienza a ver todas las cosas del mundo en clave de ajedrez; por ejemplo, los tablones del piso, a los que visualiza en blanco y negro; por caso, a dos parroquianos a los que distingue como rey y peón; también, al intentar escapar, haciéndolo moviéndose como la pieza de caballo. En este contexto terminará en un asilo… ¡siendo capturado por el rey negro!

Entrevistado el escritor en 1962 por la BBC de Londres (en http://lib.ru/NABOKOW/Inter02.txt), al preguntársele sobre el tema de la subjetividad en la percepción de la realidad y del deleite casi perverso en el engaño que, a juicio del entrevistador, se observa en su obra literaria, Nabókov responde con la idea del movimiento falso en un problema de ajedrez que implica la ilusión de un solución o la magia del conjuro a la que solía apelar cuando niño, sosteniendo la teoría de que todo arte, y aún la naturaleza, es un engaño; abundará en el punto afirmando: “Me gusta el ajedrez, pero el engaño en el ajedrez, como en el arte, es sólo parte del juego; es parte de la combinación, parte de las deliciosas posibilidades, ilusiones, fragmentos de pensamiento, que pueden ser vistas falsas, tal vez. Creo que una buena combinación siempre debe contener un cierto elemento de engaño”.

En otro reportaje, en este caso uno producido en 1975 por el reconocido periodista francés Bernard Pivot para el programa televisivo Apostrophes (su traducción al castellano se le debe a Lluis María Toddó y se la puede consultar en http://www.enfocarte.com/1.11/entrevista.html), al inquirírsele sobre La Defensa, la relevancia del ajedrez y más puntualmente sobre el jugador norteamericano Bobby Fischer (1943-2008), Nabókov dará pistas muy claras respecto de su vínculo con el juego, al responder: “Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un “Gross Meister” (literalmente Grueso Maestro) como dicen los alemanes. Pero era un buen jugador de círculo, capaz de tender una trampa a un campeón aturdido. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados “suicidas” en los que las blancas obligan a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no sea normal, que sea así. Hubo el caso del gran Rubinstein, a principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café donde se celebraba el torneo y después lo devolvía a su casilla negra, después del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía más allá de su tablero todavía le irritaba más. Entonces ponían un espejo y el veía su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein”, negando que Fischer sea un caso de psicoanálisis ya que a su juicio sólo “es un gran jugador de ajedrez que tiene pequeñas manías”.

Nabókov será por siempre recordado por su literatura. Nabókov será por siempre recordado por su pasión por el ajedrez, la que desplegó en sus escritos y en los resultados de su oficio en tanto compositor de estudios ajedrecísticos.

En sus propias palabras, como bien lo recuerda su colega Arturo Pérez-Reverte, otro amante del juego: “Las piezas del ajedrez eran despiadadas. Lo retenían y absorbían. Había horror en esto, pero también la única armonía. Porque, ¿qué existe en el mundo además del ajedrez?”/“En el ardiente intervalo había visto algo con intolerable espanto: todo el horror de las profundidades abismales del ajedrez”.

Un ajedrez abismal. Un ajedrez que despierta pasiones. Un ajedrez como el único elemento que puede llegar a existir en el mundo. Un ajedrez que Nabókov supo enaltecer con la vastedad y calidad impar de una obra integral que dejaría como legado principal, desde su especial perspectiva, a La Defensa, la que podría ser considerada la más relevante novela que alguna vez se escribiera teniendo como eje argumental al milenario juego.

 


 

Fuentes bibliográficas

 

Ada o el ardor; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

A formal analysis of the theme of art in Nabokov’s Russian Novels; Terry Patrick Anderson, a thesis submitted to the Faculty of Graduate Studies and Research, Department of Russian and Slavic Studies, McGill University, 1973. En  http://digitool.library.mcgill.ca/webclient/StreamGate?folder_id=0&dvs=1518111876639~613.

Bend sinister; Vladimir Nabokov, Henry Holt and Company, Nueva York, 1947.

Cosas transparentes; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2012.

Cuentos completos; Vladimir Nabokov, Alfaguara, Madrid, 2009.

Curso de literatura rusa; Vladimir Nabokov, Zeta Bolsillo, Madrid, 2016.

Desesperación; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

El hechicero; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

George Steiner en The New Yorker; George Steiner, Siruela, Madrid, 2012.

Gloria; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2017.

Habla Memoria; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 1986.

Invitation to a Beheading; Vladimir Nabokov, Weidenfeld and Nicolson, Londres, 1960.

La dádiva; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

La defensa; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

La verdadera vida de Sebastián Knight; Vladimir Nabokov, Anagrama, Barcelona, 2006.

Mashenka; Vladimir Nabokov, Col. Palabra en el tiempo N° 82, Lumen, Barcelona, 1984.

¡Mira los Arlequines!; Vladimir Nabokov, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1976.

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Nabókov y su pasión por el ajedrez
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