Denis Diderot, filosofía y ajedrez

Recordamos a Denis Diderot, su obra y su estrecha relación con el ajedrez.

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Por Sergio Ernesto Negri*

 

Existen pocos nombres que quedan indisolublemente ligados a la Revolución Francesa de 1789, la que legara a la Humanidad los principios de Liberté, égalité, fraternité y punto basal de la Edad Contemporánea. Denis Diderot (1713-1784) es uno de ellos.

Fue uno de sus principales precursores, junto a Voltaire y Rousseau. Todos ellos integraron un magnífico terceto de ese fenómeno cultural e intelectual que se dio en llamar Ilustración, que tanto influirá, en particular en Occidente.

Siendo un 31 de julio la fecha de la muerte de Diderot, una de esas egregias figuras, ocurrida en su amada París, al cumplirse entonces 232 años desde ese suceso, resulta oportuno recordar la estrecha relación que tuvo con el ajedrez.

Sabido es que el conflicto entre la razón y la sensibilidad estaba en el centro de las preocupaciones de Diderot. Pensador que siempre hizo gala de su erudición y a quien se le deben contribuciones intelectuales que abarcaron campos tan diversos que van de la filosofía a la literatura, pasando por la historia, las matemáticas, la física, la química y la medicina.

Tal vez su obra magna, a la que le dedicó buena parte de su vida, haya sido L’Encyclopédie, monumental trabajo de autoría conjunta con Jean-Baptiste le Rond d’Alembert (1717-1783). Allí, como no podía ser de otro modo, el ajedrez habrá de aparecer.

Será en el artículo respectivo, “ÉCHECS”, que fue escrito por un caballero de nombre de Jaucourt. Esa entrada figura en la taxonomía Juego a la que se adscribe en la categoría Moral. ¡Toda una definición!

_wsb_561x489_diderotAl respecto se comienza diciendo: “El juego  de ajedrez que todo el mundo conoce, y que muy poca gente juega bien, es de todos los juegos mentales, el más instruido, y uno en el que la extensión y la fuerza del espíritu se puede notar más fácilmente”.  Se sostiene que esta actividad es una prueba cabal del poder de la memoria y de la imaginación. Y se debate sobre si sus cultores son particularmente dotados para el pensamiento más general, lo que muy analíticamente se pone en tela de juicio. 

Dentro de un extenso tratamiento que se hace al échecs, que abarcará particularmente todo lo concerniente a sus reglas e historia, en este último sentido habrá de rechazare el origen griego (de quienes suponen que surgió cuando la guerra de Troya), una tesis muy en boga en ese tiempo. En cambio se habrá de sostener la tesis indiana como fuente, mencionándose la tan conocida leyenda del sabio Sissa, su mítico inventor, y la recompensa pedida de granos de trigo por cada casilla del tablero la que, como se consigna en el trabajo enciclopédico de los autores,  alcanza una dimensión descomunal.

Al describirse las piezas, sobre la introducción de la de la reina o dama se asegura algo muy interesante: como el ajedrez comenzaba a ser visto como imagen de la vida humana, sin figura femenina alguna en el tablero todo sería demasiado imperfecto; por ello es que se sostiene que el viejo visir desaparecerá dándole paso al nuevo trebejo.

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Análisis del juego de ajedrez, de Philidor.

Se sabe a ciencia cierta que Diderot era un aficionado al juego y que incluso sostuvo una amistad con Philidor (François-André Danican Philidor), el genial ajedrecista, reputado el mejor de su tiempo, y uno de los mejores por siempre, a quien se le debe Análisis del juego de ajedrez, el emblemático libro que, de algún modo, terminó por reconfigurar el juego dotándolo de una modernidad definitiva. Personalmente Diderot ayudó a su amigo a concretar ese propósito para que logre que su obra sea publicada en Londres: en 1777 se editó una versión simple, en 1790 otra ya ampliada. Para posibilitar su financiamiento se suscribieron a adquirirla personalidades de ambos lados del Canal de la Mancha, entre ellos el propio Diderot.

La relación estrecha entre ellos hizo que Philidor, que además de eximio ajedrecista era un notorio músico (como ejecutante y también en calidad compositor), fuera tutor de la hija del filósofo en esa otra rama artística.

Pero el filósofo hubiera preferido que el músico-ajedrecista se hubiera concentrado más en el arte que en el juego. Por ejemplo, al cuestionarle su afición a jugar bajo la modalidad de “a ciegas”, a la que consideraba un “peligroso experimento”, lo que hizo infructuosamente en una carta de 1782, le expresó que era una tontería “correr el riesgo de volverse loco por cuestiones de vanidad” máxime que, por esa práctica, Philidor no obtenía recompensa financiera alguna.

En ese orden, un Diderot algo contrariado, le anticipó a Philidor un triste final cuando le vaticinó que, si seguía prefiriendo el juego por sobre la música, podrían en el futuro llegar a decir de él: “Aquí Philidor, él no es nada más; perdió todo lo que tenía, moviendo pequeñas piezas de madera sobre un tablero”. ¡Cómo se equivocaría en este punto el filósofo!

En otra carta de Diderot, se le asigna al ajedrez una mirada moral. Lo hace al referirse a una máxima de otro ajedrecista, François Antoine de Legall de Kermeur (1702–92), para quien si se aprecia una mala jugada, la rectificación que hubiera que realizar, frente a una eventual duda, siempre debería hacerse en contra de quien hubiera actuado con mala fe.

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El sobrino de Rameau, retrato de 1821.
A Diderot se le debe la novela El sobrino de Rameau. ¡Y el tío de ese personaje, de nombre Jean-François Rameau, que es en sí mismo músico, no es otro que el gran compositor francés, y por ende colega de Philidor, Jean-Philippe Rameau (1683-1764)! ¡Y en esa obra, dado su impacto en la cultura, el ajedrez tiene una poderosa presencia!

Esa sátira, escrita en 1761, que se ubica en la delgada línea entre el relato ficcional y el que no lo es, que será publicada póstumamente,  refleja el clima de bohemia parisina por lo que se apreciará que, en parte, tendrá como escenario el mítico Café de la Régence. Es que en ese ámbito departían intelectuales, tanto locales cuanto extranjeros que visitaban la capital francesa. Es que en ese ámbito se jugaba el mejor ajedrez de su tiempo.

Diderot y  Philidor fueron dos de los selectos parroquianos que lo frecuentaban (también lo fueron Montesquieu y Rousseau). Allí Marx, por ejemplo, conoció a Engels; allí jugó Benjamin Franklin; allí Morphy demostró sus dotes venciendo a calificados rivales locales. Allí reinaron los ajedrecistas Alexandre Deschapelles y Louis-Charles Mahé de La Bourdonnais, entre tantos otros.

Por lo visto, y gracias a esta actividad que se desarrollaba en el parisino Café de la Régence (y en muchos otros ubicados en diversos puntos europeos, como Londres, Viena y Budapest), el juego podía dejar de ser un coto más exclusivo de la aristocracia para, desde ahora, y ser practicado por intelectuales, varios de ellos mentores de los valores republicanos. Es que comenzaba a verificarse una época de profundos cambios culturales, a partir de la Revolución Francesa. El propio Philidor, por su lado, impulsará un nuevo sentido al milenario juego al reconocerles la máxima importancia a los siempre relegados peones que, desde ahora, podrían ser vistos como “el alma del ajedrez”.

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Café de la Régence

En El sobrino de Rameau, al reflejarse el clima de época, se resalta la relevancia de ese Café, expresándolo de este modo: “…Mis pensamientos, esos son mis rameras. Si el tiempo es demasiado frío, o demasiado lluvioso, me refugio en el café de la Regencia (Nota: Así figura en la traducción al castellano del libro de Diderot); allí me distraigo viendo jugar al ajedrez. París es el lugar del mundo, y el café de la Regencia es el lugar de París, donde mejor se juega a ese juego. En casa de Rey es donde se enfrentan: Legal, el profundo, Philidor, el sutil, el sólido Mayot; donde se ven las jugadas más sorprendentes, y se oyen las frases más absurdas; pues si bien se puede ser una persona inteligente y gran jugador de ajedrez, como Legal, se puede ser también un gran jugador de ajedrez y un necio como Foubert y Mayot…”. Todos los nombres que se apuntan, salvo el del dueño del café que es el tal  Rey, corresponden a jugadores de ajedrez reconocidos, entre los cuales, desde luego, relumbra uno: el de Philidor,

Diderot, más adelante, pone en boca de uno de los personajes una velada crítica a quienes practican ajedrez al decir que ellos sólo “empujan maderas; lo hace en el siguiente diálogo: “Me aborda. «Ah, ah, heos aquí, señor filósofo; ¿y qué hacéis vos con esta panda de holgazanes? ¿Es que también perdéis el tiempo empujando maderas?» Así es como se llama, despectivamente, a jugar al ajedrez o a las damas./YO.— No; pero cuando no tengo nada mejor que hacer, me entretengo mirando un rato a los que las empujan bien./ÉL.— En ese caso, os entretenéis raramente; excepto Legal y Philidor, el resto no sabe nada de esto./ YO— ¿Y el señor de Bissy?/ÉL.— Ese es, como jugador de ajedrez, lo que la señorita Clairon es como actriz. Saben de esos juegos, el uno y la otra, todo lo que se puede aprender sobre ellos./YO.— Sois exigente, y ya veo que solo perdonáis a los hombres sublimes./ÉL.— Sí, en el ajedrez, en las damas, en poesía, en elocuencia, en música y otras pamplinas por el estilo. ¿De qué sirve la mediocridad en esas cosas?/YO.— De bien poco, estoy de acuerdo. Pero es necesario que haya un gran número de hombres que se apliquen a ellas para que aparezca el genio. Hay uno entre mil. Pero dejemos esto…”.

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Busto de Diderot, por Jean-Antoine Houdon

En otro segmento de la obra, con bastante gracia, y seguramente a fin de reflejar la gravedad del incordio que podía provocarse en los concentrados jugadores del Café, transmite: “Y, para que pudiera hacerme una idea justa de la fuerza de su víscera, empezó a toser con una violencia capaz de hacer temblar los cristales del café y suspender la atención de los jugadores de ajedrez”.

La concurrencia habitual de Diderot al Café de la Régence., le valió contratiempos con su esposa, Nanette, con quien compartían escasas inquietudes intelectuales. Ella estaba alarmada por sus prolongadas ausencias y sospechaba de sus amistades que eran “demasiado filósofos”. Quizás podría creerse que ellos eran también “demasiado ajedrecistas”.

En el análisis que Cristina Ochoteco hizo en “Diderot como lugar de encuentro: Estética, ética y retórica en El sobrino de Rameau” (Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad del País Vasco, Euskal Herriko Unibertsitatea, Donostia, 2010), se enfatiza que no resulta para nada casual que ese libro de Diderot comience con una partida de ajedrez, que es una imagen que encuadra, fija las posiciones y limita los movimientos posibles. Desde el punto de vista estilístico, esa autora destaca que el japonés Yoichi Sumi ha argumentado que El sobrino de Rameau desarrolla un diálogo que, en sí mismo, sigue la lógica de una partida de ajedrez. Advierte que el uso de los pronombres en los diálogos sigue la lógica del libro Analyse des échecs de Philidor en el cual, a fin de evitar equívocos, el autor utiliza la segunda persona para referirse a las piezas blancas y la tercera persona para las negras.

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Michel Foucault

Michel Foucault (1926-1984), al analizar por su lado este trabajo en el Volumen III de su Historia de la locura en la época clásica, entiende que el sobrino de Rameau sabe bien que está loco y, por ello: “…es una conciencia abierta a todos los vientos y transparente a la mirada de los demás”. Esa locura le hace jugar un rol de renovado bufón social ya que: “Como el bufón de la Edad Media, vive en medio de las formas de la razón, un poco al margen sin duda puesto que él no es  como los otros, pero integrado porque está allí como una cosa, a disposición de las gentes razonables, propiedad que se muestra y se transmite”.

Quizás este bufón, que departía en el Café de la Régence parisino, al tiempo que contemplaba el movimiento del lugar en el que las partidas de ajedrez ocupaban un magnifico protagonismo, haya podido encontrar una tabla de salvación que le permitiera pasar algo inadvertido.

Es que, en esa acción de observación, el sobrino de Rameau podía, al menos momentáneamente, escapar de una locura que  seguramente estaba influida por la acuciante realidad, y conectarse con otra realidad alternativa: la que le proponía la bohemia parisina y el desarrollo de las abstractas partidas que se proponían sobre los tableros. Preferimos suponer que, en el famoso café, el personaje pudo alcanzar cierto grado de felicidad, ya que no de cordura.

Tal vez, y no estamos para nada seguros de ello, en esta otra perspectiva posible, la de poder alcanzar una absoluta abstracción respecto de la realidad que se nos impone, muchos ajedrecistas nos sintamos identificados con un personaje de Diderot que, en esa mirada, podría ser bastante menos bufonesco de lo que se ha creído.

* Maestro FIDE e investigador en ajedrez.


 

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