Oscar Panno, el mejor ajedrecista nacido alguna vez en territorio argentino

 

Semblanza del maestro incluida en La generación plateada (1950-1976), segundo volumen de la colección Historia del Ajedrez Olímpico Argentino, Senado de la Nación, en proceso de publicación. Autores: Sergio E. Negri y Enrique J. Arguiñariz. Enrique ha producido una biografía sobre Oscar: PANNO MAGISTRAL – VIDA Y AJEDREZ DE UN GRAN MAESTRO, Edición de Autor, Buenos Aires, 2009.

De aquellos héroes que lograron la conquista de los subcampeonatos en los años cincuenta, sólo sobrevive el jugador de menor edad del grupo, el Gran Maestro Oscar Panno, quien nació el 17 de marzo de 1935, en Buenos Aires. Su acercamiento al ajedrez se inició a sus siete años, cuando Francisco Panno, su padre, le compró a él y a su hermano una serie de juegos de mesa para que no salgan tanto a jugar a la calle.

Este hecho, que justo le vengan a regalar un juego de ajedrez a Panno, para muchos parecerá un milagro, pero no es para tanto. A todos, alguna vez, nos han regalado algún juego de ajedrez, algún instrumento musical (aunque sea de juguete), o alguna caja de témperas y pinceles. En el 99% de los casos esto no produce ninguna consecuencia, pero cuando estos regalos caen en manos de gente como Magnus Carlsen, Daniel Barenboim o Salvador Dalí, todo suele ser bien distinto.

Sí, en cambio, puede estar más cerca de considerarse un golpe de suerte que el niño Panno fuese a recalar en un medio muy estimulante para su desarrollo ajedrecístico, como era el Club Atlético River Plate. A esa institución ingresó en 1947, a los doce años de edad, junto con su hermano mayor, César. El objetivo era que ambos niños fuesen a la pileta, ya que el pediatra de ambos les había recomendado practicar natación. Pero, recorriendo el club, entraron en la sala de ajedrez, y aquí se iniciaría un romance con el juego que duraría para siempre.

Pronto se vio a César y a Oscar participando de torneos infantiles, junto con otro niño que pronto sería amigo de ambos, Aldo Salerno. La pasión de los hermanos por aprender cada vez más, los llevó a leer los artículos que Roberto Grau escribía para la Revista Leoplán. Y, por una diferencia de sólo tres años, no se lo encontraron al autor de esos artículos, en persona, en River: había sido el profesor de la sala hasta su fallecimiento, en 1944. El club estaba buscando un reemplazante, no lo había conseguido todavía, pero gracias a la gentileza de destacados maestros del ámbito local, casi todos los sábados –el sábado era y aún hoy es el día de mayor actividad ajedrecística en ese club- alguien daba una clase comentando alguna partida importante en el tablero mural.

Imagen de Oscar Panno

Fue en el transcurso de alguna de esas conferencias informales cuando se produjo un hecho que también se verá como arquetípico en estas semblanzas que estamos desarrollando. Nos referimos a “la revelación”,  al momento en que la participación en un torneo, o alguna otra situación, pone de manifiesto que el personaje que mencionamos en cada caso posee un talento fuera de lo común para el juego. En este caso, se dio el día que el maestro Alfredo Espósito estaba mostrando y comentando una partida del genial Capablanca. Haciendo uso de un recurso didáctico habitual, Espósito, cada tanto, interrumpía la reproducción de la partida para preguntar  “qué creen ustedes que jugó Capablanca en este momento”. Profundo silencio en el auditorio de 12 o 15 personas, de todas las edades. Hasta que la respuesta acertada partía de un niño de doce años, de pelo engominado y cejas en forma de “v” invertida. Ante la reiteración de los aciertos de Panno, le preguntó al chico si había visto esa partida alguna otra vez. “Es la primera vez que la veo”, respondió Oscar. “Entonces, si podés encontrar tan fácilmente las jugadas de Capablanca, me parece que te espera un gran futuro en el ajedrez”- concluyó Espósito. Y todos sabemos que acertó.

River cada vez se ponía más a gusto de Oscar. Unos meses después del hecho que acabamos de relatar, por fin fue nombrado el sucesor de Grau en la docencia de ajedrez. Era otro grande, Julio Bolbochán, que pronto cautivó a todos con sus profundos conocimientos, su didáctica y su bonhomía. Panno se enganchó muy bien con el nuevo profesor. No sólo prestaba total atención a lo que trasmitía Bolbochán, sino que cada semana le traía partidas de maestros que había estado reproduciendo pero sobre las cuales había aspectos que no había llegado a comprender. Esta actitud tan activa de un alumno le causó a Julio la mejor motivación para seguir enseñando. Y con el tiempo, cuando justamente le tocó a Panno ejercer la docencia, se dio cuenta de que eso era lo mejor que le podía pasar a alguien que enseña ajedrez o cualquier otra temática.

La adolescencia de Panno transcurrió muy ligada a River Plate. Los sábados, las clases de Bolbochán, y luego a jugar partidas blitz con los amigos, y especialmente con Aldo Salerno, un excelente jugador de esta modalidad de juego. Y  los domingos, los dos hermanos iban a la cancha, a ver jugar al equipo de la banda roja, en compañía de Salerno. Aldo jamás se perdonaría perderse un partido de su querido River Plate.

De la mano de Julio Bolbochán, el ascenso de Panno fue meteórico. En 1953, con apenas 18 años, obtuvo tres títulos que confirmaron que era un elegido del juego de la Diosa Caissa: fue campeón argentino, campeón del Club Argentino de Ajedrez, y también, campeón mundial juvenil, título que obtuvo en Copenhague, Dinamarca, lugar a donde viajó con su profesor. Hasta ese momento, el único ajedrecista latinoamericano que había obtenido una corona mundial era Capablanca. Además, junto con el campeonato mundial, venía automáticamente el título de Maestro Internacional.

Y los éxitos continuaron: en 1954 obtiene la primera colocación en el Zonal Sudamericano  disputado en Mar del Plata. Esto le otorga un pasaporte directo para disputar, en 1955, el Interzonal de Gotemburgo, exigente competencia en la que participaron todos los mejores jugadores del momento, a excepción de tres: el campeón mundial, Botvínnik; el subcampeón mundial Smyslov (que pasaba directamente al Torneo de Candidatos) y el Gran Maestro estadounidense Reshevsky, que por compromisos personales no pudo disputar el interzonal. El tercer puesto que finalmente obtiene Panno en la competencia (detrás de Bronstein y Keres), lo colocó, para el consenso de la afición mundial, nada menos que en el sexto escalón del ranking internacional. Y agreguemos que tuvo alguna chance de ganarle a Bronstein su partida individual. Si ello hubiera ocurrido, hubiese empatado el primer puesto con el soviético.

Las grandes hazañas –ya sea amorosas, deportivas o de cualquier índole- se disfrutan por lo menos en dos momentos: el primero, cuando se concretan. El segundo, cuando uno puede contarlas a sus amigos. Y así, imaginamos que al sábado siguiente de su retorno a la Argentina, habrá compartido el éxito con sus amigos de ajedrez, entre los que estaba Marco Finci, un muchacho ocho años mayor que él; pero el ajedrez iguala edades. Y el siempre presente Aldo Salerno, quien, quizá olvidándose de que ahora estaba jugando con un flamante Gran Maestro –su actuación en Gotemburgo le valió tal título- le habrá ganado alguna de las innumerables partidas rápidas que habrán jugado. Y al día siguiente, domingo, a encontrarse todos para ir a ver al equipo ¨millonario¨. Aldo jamás se perdonaría perderse un partido de su querido River Plate.

La afición argentina estaba casi convencida que se avecinaban años con un campeón mundial de ajedrez nacido en nuestras tierras. El campeonato mundial juvenil era un buen prenuncio del campeonato absoluto. Y si a ello le agregamos un virtual sexto puesto en el ranking internacional, con tan sólo veinte años, no quedaban dudas de que las posibilidades de Panno eran inmejorables. Después de todo, vivíamos nada menos que en un país que era la segunda potencia ajedrecística del orbe.

Pero el joven del barrio de Saavedra tenía otros planes que lo alejaban de esa posibilidad: había decidido terminar sus estudios de ingeniería y ejercer dicha profesión. En aquellos tiempos, a diferencia de lo que ocurriría décadas después, no entraba en la cabeza de casi nadie la idea de que alguien se convirtiese en un ajedrecista profesional.

La colisión entre el ajedrez y la Universidad llegó al clímax allá por el año 1958, en que luego de jugar la final del campeonato argentino, el Panamericano, el Interzonal de Portorož, y la Olimpíada de Münich, entre otros torneos, Panno había reclamado que al menos para el próximo campeonato argentino lo eximan de jugar las preliminares, cosa que resultaba innecesaria, habida cuenta de que Oscar ya había dado excelentes muestras de su nivel en la esfera internacional y necesitaba disponer de tiempo para su carrera universitaria. Su petición recibió una rotunda negativa, y entonces, Panno tomó la decisión de “suspender a la FADA” (son sus propias palabras), y retirarse de toda competencia hasta tanto haber logrado su título de ingeniero civil. Esto lo cumplió de manera casi meticulosa. Desde fines de 1958 hasta el verano de 1962, no participó de ningún torneo. Reapareció en el Magistral del Club Kimberley, de Mar del Plata, cuando ya había terminado de cursar todas las materias y sólo le restaba un final para recibirse.

La manera en que regresó al ajedrez de Oscar preocupó a quienes esperaban verlo campeón mundial, ya que quedaba claro que el juego había dejado de ser prioridad en la vida del joven. Comenzó a ejercer su profesión de ingeniero en una empresa de primera línea, que pronto, conociendo su capacidad, le confió importantísimos proyectos. Entre ellos, el complejo de puentes y viaductos que hoy marca la intersección de las avenidas General Paz, del Libertador, Cantilo y Lugones. En sus ratos libres, daba clase en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Y para completar el combo, ya se había casado con Guillermina, una joven holandesa con la que pronto tuvo tres hijos que, lógicamente, demandaron toda su atención.

Por su trabajo, comenzó a declinar su participación en torneos que implicaran viajar lejos de Buenos Aires, a menos que coincidiesen con sus vacaciones anuales. Y los torneos locales, los jugaba luego de una agobiante jornada laboral.

Para la Olimpíada de La Habana´66, hubo que hacer todo un complicado operativo a fin de que le otorguen la licencia deportiva respectiva, sin que ello implicase un perjuicio para Panno en su carrera profesional en la empresa. Por indicación de la secretaria del propio presidente de la compañía, en la nota que presentó la FADA solicitando la licencia, se hizo mucho hincapié en que la participación de Panno en el equipo olímpico era “una cuestión de interés nacional”. Como la empresa era frecuente contratista del Estado, no quería de ninguna manera quedar mal con el gobierno, y entonces no dudó en otorgar el permiso. Así, Panno no sólo pudo jugar el torneo. También lo pudo hacer sin el cansancio de competir después  su trabajo. El resultado fue su medalla de oro al mejor segundo tablero. Pero realizar un viaje de tales características fuera de su período vacacional no se pudo repetir otra vez, y Oscar hasta debió resignar su participación en torneos muy importantes, tales como el Interzonal de Túnez de 1967.

Tucumán, 1971

A comienzos de la década del setenta, esta situación cambió. Panno renunció a la compañía, y estableció, con un socio, su propia empresa de ingeniería, dedicada a la construcción de las obras de infraestructura –red de agua, cloacas y pavimentos- para el creciente conurbano de la ciudad de Buenos Aires. Tras la industrialización de la posguerra, las localidades aledañas a la capital argentina se poblaron a pasos agigantados, hasta el punto de alcanzar un tercio de la población total del país.

Esta decisión, que sin duda apuntó a mejoras en la economía del núcleo familiar del maestro, también tuvo su beneficio en el desarrollo de su carrera ajedrecística. Ya no tenía que solicitar permisos para jugar los torneos, porque se había transformado en su propio patrón. Y así fue como disputó una serie de certámenes que se computaron para el flamante sistema de ranking “ELO” (implementado en 1970), que para 1972, luego de sus éxitos en los Magistrales de Palma de Mallorca, le valieron la 18ª ubicación en el ranking mundial, nada mal para un ajedrecista que no se dedicaba exclusivamente al juego.

Por otra parte, un estudio retrospectivo de todos los jugadores de élite del mundo, encarado por el mismo creador del sistema de ranking, el profesor Árpád Élő, daba a Panno como el segundo mejor jugador argentino de toda la historia, detrás de Najdorf. O, también, el mejor ajedrecista nacido en nuestro país, recordando el origen polaco de Don Miguel.

Otra consecuencia del nuevo esquema de vida de Panno fue que a partir de marzo de 1973 pudo aceptar el cargo de profesor de ajedrez de River, función que mantiene hasta la actualidad, dando comienzo a un fructífero ciclo docente–ajedrecístico sobre el cual hablaremos enseguida. Así, Panno vino a completar una lista de muy prestigiosos profesores de River, como fueron Roberto Grau, Julio Bolbochán y Raúl Sanguineti. Todos ellos, dignos de integrar, junto con Najdorf, una suerte de seleccionado olímpico argentino de toda la historia.

Pero el marco económico, en países emergentes como el nuestro, varía en forma constante. A comienzos de la década de los ochenta, Panno se vio obligado a dar un nuevo golpe de timón a sus negocios. La importante crisis financiera en que desembocó la gestión del Ministro de Economía Martínez de Hoz generó el abrupto corte en las contrataciones del Estado, de duración incierta. Panno no tuvo otra solución mejor que bajar la persiana de su emprendimiento personal, y dedicarse a otra cosa. Esa otra cosa era el ajedrez. Por fin Panno se convertiría en un ajedrecista profesional, con dos potenciales fuentes de ingresos: sus premios en torneos por un lado, y sus retribuciones como docente de ajedrez. Entonces, a su cátedra de River le agregó varias instituciones más: el Club San Fernando, el Colegio Nacional Buenos Aires, la Municipalidad de Vicente López, el Círculo de Villa Martelli, el Círculo de Villa Ballester y el Club Gimnasia Esgrima de Buenos Aires.

Tal como hubiesen querido sus fans de los años cincuenta, ahora Oscar había dejado de ser un amateur talentoso, para convertirse en un ajedrecista profesional hecho y derecho. Además, entre agosto 1998 y marzo 1999 publicó Ajedrez con Panno, fascículos coleccionables que enseñaban ajedrez. Se vendían en todos los quioscos de diarios y revistas.

Esta profusa actividad docente llegó a centenares de alumnos, o aún a miles, si consideramos el alcance de los fascículos. Y hubo numerosos discípulos que alcanzaron títulos internacionales, como los grandes maestros Rubén Felgaer, Alejandro Hoffman, Diego Valerga o Pablo Lafuente, los maestros internacionales Maximiliano Ginzburg, Enrique Scarella, Guillermo Llanos, Nahuel Díaz, Alejo De Dovitis o la Gran Maestra Femenina Claudia Amura, la mejor ajedrecista mujer de toda la historia argentina, junto a Carolina Luján.

A pesar de ello, Panno destaca que el objetivo de su docencia del ajedrez no es fabricar maestros: el juego es un modelo que sirve para aprender a tomar decisiones en la vida, a partir de la previsión de sus consecuencias. Sólo por ello, sostiene que si la enseñanza del juego fuese masiva, contribuiría muchísimo a la formación de una sociedad pensante.

Emparentado con la docencia, merece mencionarse también su tarea de entrenador de grandes maestros para diversas competencias. El caso más conocido: fue segundo de Korchnói en el match por el título mundial ante Kárpov, en Baguío 1978.

En marzo de 2008, con su tercer puesto invicto en el Memorial Bobby Fischer organizado por el Círculo de Villa Martelli, Panno parece haber dado por terminado su nutrido ciclo competitivo, con más de dos mil partidas registradas en las bases de datos y más de doscientos torneos jugados.

Haciendo una apretada síntesis de esa trayectoria, encontramos que  obtuvo tres campeonatos argentinos (1953, 1985 y 1992) y cuatro subcampeonatos (1958, 1967, 1975 y 1993).

En cuanto a las preliminares del título mundial registra, sobre ocho Zonales jugados, dos primeros puestos (Mar del Plata´54 y Río de Janeiro´57), dos subcampeonatos (Mar del Plata´69 y São Paulo´72) y tres terceros puestos (Río Hondo´66, Fortaleza´75 y Santiago de Chile´87). Con ello accedió a seis Interzonales (Gotemburgo´55, Portorož´58, Sousse´67, Palma de Mallorca´70, Petrópolis´73 y Manila´76), cuyo mejor resultado fue el mencionado tercer puesto en 1955, que le dio acceso a su único Torneo de Candidatos, Ámsterdam´56, en el que obtuvo el 9° puesto. Recordamos lo dicho con respecto al de 1967: se clasificó, pero no pudo ir a jugarlo.

En competencias de otro orden, en 1954 participó del match Argentina–URSS, defendiendo el tercer tablero ante el GM Averbakh, perdió 3 a 1; Campeonato Panamericano´58, 1°, delante de Lombardy, Cuéllar y Najdorf; Ciudad de Buenos Aires´70, 3°, detrás de Fischer y Tukmakov; Caracas´70, 3° detrás de Kavalek y Stein, y delante del emergente Kárpov; Magistral de Palma de Mallorca´71: 1°/2°, empatado con Ljubojević; Magistral de Palma de Mallorca ´72, 1°/2°, empatado con Kavalek; Santa Fe de Bogotá´76, 1°, delante de Cuéllar; Santa Fe de Bogotá´77, 1°, delante de Gilberto García; Biel´77, 2°, detrás de Miles; Lone Pine´77, 1°/2° empatado con Balashov; IBM Ámsterdam´90, 3°, detrás de Ree y Unzicker. Su último triunfo en un torneo se registró en Mendoza, en el Memorial Manuel Pereyra Puebla en el 2003, invicto delante de 114 jugadores.

Merece mencionarse también su título de campeón del Club Argentino de Ajedrez. Como dijimos antes, lo logró por primera vez en 1953, ganándole un match a Luis Piazzini, y no lo defendió al año siguiente. Luego lo recuperó en 1965, ante Rubén Rollansky, y lo defendió sucesiva y exitosamente hasta 1992, año en que decidió renunciar al título. Mantuvo el cetro un total de 28 años.

En la faz que interesa a nuestra crónica, Panno participó en once Olimpiadas. Fue, junto con Miguel Najdorf y Pablo Ricardi el argentino que disputó mayor número de torneos olímpicos. Ganó medalla de bronce al segundo tablero en 1958, alcanzando en 1966 la medalla de oro para dicho puesto. Su perfomance total, desde Ámsterdam´54 hasta Manila´92, fue de 151 partidas jugadas, 51 ganadas, 87 tablas y sólo 13 derrotas, conformando un rendimiento del 62,6%.  Curiosamente nunca ocupó el primer tablero a lo largo de su dilatada trayectoria olímpica en la que quedó invicto en cuatro Juegos: Münich´58; La Habana´66; Siegen´70, y Manila ´92.



Panno para Chessmetrics fue el jugador N° 18 del mundo en noviembre de 1955, teniendo en octubre de ese año un ranking de 2.680 puntos, que asciende al impresionante 2.755 correspondiente al Interzonal de Gotemburgo que fue, sin dudas, la actuación más descollante de toda su historia. Para entonces sólo lo superaban en el listín mundial: Smyslov; Keres; Bronstein; Botvínnik; Reshevsky; Petrósian; Taimánov; Géler; Najdorf; Spassky; Kótov; Szabó; Gligorić; Boleslavsky; Ivkov; Matanović, y su maestro Julio Bolbochán. Y atrás de Panno quedaban: Pachman; Averbakh; Korchnói; Darga; Unzicker; Benkö, y Filip.

Durante el transcurso de la primera década del Siglo XXI, Panno se jubiló como ingeniero y renunció a sus cargos docentes, en las instituciones que ya hemos mencionado. Sólo retuvo sus funciones en River y en su Ajedrez con Panno, que ahora es un portal de ajedrez destinado a docentes y alumnos de los ciclos regulares de la educación primaria y secundaria.

¿Por qué eligió a River para quedarse? Suponemos que por una cuestión claramente afectiva. Cada sábado se produce el rencuentro con sus amigos de siempre, como Marco Finci, que a sus 87 años no falta un solo sábado al club; o con sus alumnos, a quienes reúne en su clase, puntualmente a las tres y media de la tarde, para continuar hasta largamente pasadas las siete.

Y de alguna manera está cerca del entrañable Aldo Salerno, que aunque ausente de la sala quiso, a su manera, hacerse presente en el Club y en cada partido de su equipo favorito. A tal fin, cumpliendo sus expresos deseos, sus familiares y algunos amigos del ajedrez entraron cierta vez en la cancha principal de River y en los lugares de los mejores goles de Ángel Labruna, Beto Alonso o Enzo Francescoli, o de las espectaculares atajadas del gran Amadeo Carrizo, vaciaron el cofre que guardaba sus cenizas. Es que Aldo jamás se perdonaría perderse un partido de su querido River Plate.

En el Olimpo del ajedrez argentino, con Gelly, Villegas, Reca, Grau, Palau, Guimard, Pléci, Julio Bolbochán (y su hermano Jacobo), Pilnik, Rossetto, Sanguineti, Eliskases, Quinteros, Cámpora, Ricardi, entre tantos otros que han sido, son y seguirán siendo fieles custodios de la llama encendida que representa el talento vital de los ajedrecistas argentinos, allí, en lo más alto, y junto a un Najdorf que llegó a dimensiones históricas universales tras transformarse en el más argentino de los argentinos, en ese sitial de honor, al lado del hijo de Polonia, está Panno, el mejor ajedrecista nacido en suelo patrio.


Pueden ver sus partidas ingresando al siguiente link


Oscar Panno, el mejor ajedrecista nacido alguna vez en territorio argentino